
Plácido Domingo, tenor sagrado
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El origen de "Sacred songs" (canciones sacras), el último trabajo discográfico de Plácido Domingo, se puede rastrear en una fecha trágica: el 11 de septiembre de 2001.
Producido el atentado terrorista que derrumbó las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono, en Washington, el tenor español, como muchos artistas, acompañó el dolor de los familiares de las víctimas haciendo lo que mejor sabe: cantar.
Fue en un servicio conmemorativo realizado en Nueva York donde entonó el célebre "Ave María", de Schubert, y le produjo una conmoción tal que, según confesó, por primer vez en su vida se le hizo difícil mantener el control sobre su voz.
Para Domingo, dueño de una dilatada y exitosa carrera de más de cuatro décadas, esa breve presentación le sirvió para refrescar el carácter único de la música, que puede ir mucho más allá del mero entretenimiento: "La música es importante para sobreponerse al dolor. La música puede curar", aseguró entonces.
"Sacred songs" es un álbum que contiene 16 obras sacras desde el barroco hasta el presente. Y entre las que se cuentan las más famosas de todas, como el "Panis Angelicus", de César Franck; el "Ave María" que Gounod realizó sobre el Preludio en do mayor de Bach, y el ya mencionado "Ave María", de Schubert.
En todas ellas, la inconfundible voz de Plácido Domingo se adueña del centro de la escena, con el acompañamiento eficaz de la Orquesta Sinfónica y el Coro de Milán dirigidos por Marcello Viotti y Romano Gandolfo, respectivamente.
En general, el "tono" que el tenor pretendió darle al disco es lógicamente reconcentrado y pasional. El enfoque tanto para el cantante como para los demás artistas participantes es que el modo en que se hace la música debe ser sagrado. Según la explicación de Viotti, "la pasión significa sufrimiento, pero en un sentido positivo".
Ahora bien, este concepto se traduce en un modo de interpretación cercano a la mejor tradición romántica y es en esos títulos donde Domingo más se luce. Así ocurre con el "Domine Deus", de Rossini, y las piezas de Gounod, Franck y Schubert, que es donde puede dar rienda suelta a su natural y célebre expansión lírica.
Incluso funciona más que bien la experiencia de haber transformado el intermezzo de la más famosa ópera de Pietro Mascagni, "Cavalleria rusticana", en un dueto. Con la participación de la cantante noruega Sissel, dueña de una bellísima voz, más cercana eso sí a la tradición de la música popular que a la lírica, el disco comienza con algo novedoso e interesante a la vez.
Pero, se sabe, para Plácido Domingo cruzar fronteras musicales no es ningún problema, aunque lo haga sin modificar un ápice su modo de cantar. Así, el "Climb Ev´ry mountain", en la garganta del tenor español vuelve a sonar como si de un aria de Puccini se tratase.
A estas alturas ya no es una sorpresa, Plácido está dispuesto a terminar su carrera habiendo dejado una fenomenal producción discográfica, con un repertorio casi sin límites. Así como ya lleva interpretados nada menos que 119 papeles de óperas diferentes, él sigue dándose el gusto de cantar todo lo que le gusta. Y lo hace a sabiendas de que, en estos casos, cuenta también con un público fiel.
Asoma lo rústico
También habría que mencionar la generosidad de Plácido para con amigos, parientes y conocidos en general.
Sólo así puede entenderse que, después del ya mencionado Intermezzo de Mascagni, que abre el disco a toda orquesta, pueda sucederlo un "Kyrie", de Paolo Rustichelli, acompañado por un teclado que imita las cuerdas de una orquesta, voces, piano y guitarra, a cargo del propio autor.
En la información de prensa se dice que Rustichelli es "compositor y productor de músicos populares como Carlos Santan, Herbie Hancock y Miles Davis" (sic). El tema desentona no sólo por su orquestación -inexplicable, ya que hay orquesta y coro reales en todo el álbum-, sino por ser un rústico producto diseñado para circular por radios de tipo new age. No tan cerca del kitsch está el tema de su hijo Plácido Jr., pero sí queda lejos de Wagner, Franck o Rossini.






