
Soda Stereo, la nave volvió a partir
Ante 70 mil personas, un impresionante show marcó el regreso del trío
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Soda Stereo en el estadio de River, anteanoche. Gustavo Cerati en voz y guitarra, Zeta Bosio en bajo y Charly Alberti en batería. Músicos invitados: Tweety González, Leandro Fresco y Leo García. Ingeniero de sonido: Adrián Taverna. Puesta e iluminación: Martin Phillips. Repite esta noche y el 2 y 3 de noviembre.
Nuestra opinión: muy bueno
Después de tanto andar y tanto andar, Soda Stereo está en el mismo lugar: frente a los ojos de una multitud que percibe, otra vez, imágenes retro. Así es la trama del film, que seguramente llegará pronto en formato DVD, y que inició su rodaje anteayer, en el mismo estadio del barrio de Núñez donde todo había quedado, inmóvil, casi como su propio reflejo.
Así estuvo pensado y así fue el comienzo de la primera "gira-regreso" del rock hecho en América latina. Las gracias totales, un abrir y cerrar de ojos y Cerati que canta que "después de tanto descansar, tiempo al tiempo de volver a celebrar. Sin culpa" y remata: "Necesito al mundo para darme cuenta. Más consigues, más querrás". Todo parece estar en el mismo lugar, incluso la ambigüedad de conceptos y pensamientos con la que Soda Stereo se convirtió en el fenómeno más grande de la música pop al sur del Río Grande.
Túnel para desandar
No es tarea sencilla la de borrar una década en dos horas y media de concierto ni en dos meses de gira ni en un millón de años luz, pero ése es el camino, o el túnel si se quiere, que propone desandar Me Verás Volver, una y otra vez, el tour de veintiún conciertos y nueve países con el que Soda Stereo escribirá un capítulo más en su extenso bibliorato de hitos.
Una puesta en escena descomunal, Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio con gestos adustos, concentrados, lookeados de la zapatilla al sombrero, sin los raros peinados viejos, alienados al calor de las masas, si eso pudiera ser posible.
"¿Saben cómo se llama este acorde? Si", dijo Cerati como introducción y guiño a esa pregunta que tantas veces escuchó durante los últimos diez años y de allí en más, se lanzó hacia el juego de seducción que inscribe eso de que "la imaginación, esta noche, todo lo puede". Desde ese primer acorde positivo hasta el clásico saludo final con los tres músicos abrazados en medio de la espectacular escenografía con firma internacional (Martin Phillips, el mismo que ideó la pirámide lumínica de Daft Punk), las canciones de Soda Stereo volvieron a sonar como la primera vez. Literalmente hablando en lo musical, con la intensidad y la simpleza con la que fueron grabadas quince, veinte años atrás; algunas con las arrugas bien llevadas, otras, las menos, intentando en vano que no se notaran las cicatrices del lifting; todas, resignificadas en una noche especial para los músicos, para los fans, para la industria misma que la banda forjó a su alrededor en épocas de "sodamanía" y de conquista de mercados latinoamericanos.
"Una eternidad esperé este instante" mintió Cerati citándose a sí mismo y dio comienzo a la primera parte del show, que se extendió por dos horas sin interrupción. Ni saludos, ni miradas cómplices, apenas algunas frases arrojadas para la ocasión; música y un poco de delirio, con la guitarra de Cerati bien al frente, tan desafiante como su actitud, y su voz en estado envidiable; con Alberti y Zeta ajustados una y otra vez, compenetrados en aquello de volver el tiempo atrás, al menos por una noche, o por veinte nomás.
Burbuja en el tiempo
Con una lista de 28 temas que conectó toda la carrera del grupo, de 1984 a 1995 discográficamente hablando, y que se apoyó con ingenio y sabiduría en dos discos con impronta rockera como Canción animal y Dynamo , Soda Stereo cumplió con su propia profecía: "Este regreso será como una burbuja en el tiempo". Nada más. Nada menos.
Por eso las canciones devinieron más autorreferenciales que nunca; para los de arriba del escenario (donde, demasiado ocultos quizá, también estuvieron Tweety González, Leandro Fresco y Leo García) y para los de abajo. Si por momentos la imagen parecía la de un museo de cera, la de un simulacro demasiado real, como dice la canción, minutos después era un torbellino que reclamaba "por favor, déjame vivir este sueño, el mejor que he tenido", para luego dejar una consigna flotando en el viento: "No vuelvas sin razón, no vuelvas". El público -jóvenes en busca del mito y del rito y no tan jóvenes tras la pócima de Dorian Gray-, agradecido, emocionado, entregado, abandonado a la corriente.
Después del adiós, del último concierto, del divorcio con platos rotos, de los egos y la búsqueda de nuevos rumbos; después de diez años, la nave vuelve a partir en una travesía sin demasiados riesgos y con la obtusa convicción -incluso desde la estética marcada por afiches, logos, vestimenta y sombrero cowboy para el final con "Prófugos", "Zona de promesas" y "Nada personal"- de que se pueden retrasar las agujas del reloj, a pesar de todo, y devolver así algo de su propio reflejo.




