¡Sola, perdida, abandonada!
Perdido y abandonado se hallaba Giacomo Puccini en 1889 cuando, tras el fracaso de "Edgar", su segunda y desdichada ópera, estuvo a punto de embarcarse desde su Italia natal hasta la quebrada de Humahuaca. Pero un golpe de la suerte cambió aquel destino de expatriado, por una gloria merecida. El Deus ex machina se llamó Giulio Ricordi, auténtico artesano de la carrera del músico, y el primer fruto fue esta "Manon Lescaut", que a partir del martes próximo contará y cantará sus desdichas desde el escenario del Colón.
Por esas curiosas casualidades históricas, la Manon pucciniana se estrenó en Turín ocho días antes del estreno de "Falstaff", de Verdi, en Milán. Cierre de la trayectoria de un genio y punto de partida de la de Puccini, a quien la crítica consagró como el gran músico para ocupar la sucesión verdiana. No era, sin embargo, la opinión del propio Verdi, que años antes, cuando La Scala dio a conocer "Le Villi", el primer título pucciniano, encontró a la orquesta demasiado elaborada, con un protagonismo que llegaba, en su opinión, a cubrir las voces. Sin embargo, tuvo la última palabra el público, encandilado, precisamente, por el modernismo de su unidad sinfónica, embellecida por melodías fascinantes, por la pasión del canto y por la fuerza formidable de algunas escenas. Es decir, lo mismo que nos cautiva hoy, a ciento once años del estreno, y a ochenta de la muerte del músico, que se evocó el lunes pasado.
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Porque ya entonces Puccini fue capaz de describir, con timbres orquestales fríos y armonías de acordes huecos, sin terceras, a una Manon gélida, que ha perdido su humanidad a cambio del lujo, que suspira en una alcoba dorada de París, en la que no hay lugar para las voluptuosas caricias. "Nada hay más peligroso que describir el aburrimiento sin ser aburrido", comenta un estudioso de la obra. Pero Puccini demuestra que ya conoce su oficio magistral.
Difícil es también sustraerse a la desolación que se desprende en el último acto, cuando en la tremenda soledad del desierto americano la muerte se apodera de ella encontrándola "sola, perduta, abbandonata". Aunque quizás el gran momento, por su memorable fuerza trágica, es el del puerto de Le Havre, donde Rosetta, Madelon, Manon, Regina, Claretta, Violetta..., los nombres de las prostitutas deportadas, resbalan sobre un movimiento lóbrego de marcha fúnebre.
Buenos Aires conoció "Manon Lescaut" en el Teatro de la Opera, apenas seis meses después de su estreno mundial, con la misma protagonista de entonces, la soprano Cesira Ferrari. ¡Qué suerte tenían los aficionados de aquellos tiempos no globalizados!



