
Stone Temple Pilots y el eterno regreso a los 90
STP volvió al Luna Park con un show similar al de 2010
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Un pogo, un real y palpable pogo que no está dividido en dos, ni en tres partes. Un salto uniforme y un coro que arenga "Olé, olé, olé, olé, Pilots, Pilots". Cuatro. Cada uno con lo suyo. Scott, todo se trata de Scott. Megáfono en mano, arranca con toda su artillería, tal como lo hizo hace casi exactamente un año en el mismo lugar, el Luna Park. "Crackerman" es la primera canción de la selecta lista.
Mucho se ha dicho este último tiempo sobre el boom de las bandas noventosas, del grunge, del rock alternativo y, sobre todo, de la distorsión. Todo empezó con Sonic Youth, siguió con Chris Cornell, y con el recital autocelebratorio de Pearl Jam en La Plata. A menos de una semana, terminó con Stone Temple Pilots. Parece que el grunge está más vivo que nunca, o al menos su espíritu se conserva intacto.
Eran casi las 10 cuando los Pilots irrumpieron en escena: Scott Weiland, en voz; los virtuosos hermanos DeLeo en bajo y guitarra y Eric Kretz en batería. Como una formación perfecta, cada cual tuvo su momento. Scott, con su bagaje de drogas, rock’n roll y algunas temporadas tras las rejas, parece más calmado pero no pierde la esencia; Dean hace uso y abuso de esos riffs , buenos arreglos y un oportuno manejo del slide; Robert pasa casi todo el recital abajo del escenario, rodeado del público, y Kretz hace estallar al Luna Park en cada uno de los temas (al final va a abandonar su instrumento para levantar a una chica del público e invitarla a esbozar las estrofas de "Dead & Bloated" desde el megáfono).
La puesta de luces es un bonus al rock que a veces linda con el hard rock y el metal que estos irreverentes californianos le van a poner al Palacio de los Deportes. Los flashes coloridos parecen sincronizados con los palillos mágicos de Kretz. Aunque el problema más grave (sí, a pesar de todo, va a haber un pero…) es el sonido. Un efecto bola, acartonado y por momentos de acople va a teñir un poco esta noche de reencuentro entre la banda y el público que a pesar de la cantidad de ofertas que tuvo estos últimos días acudió como a una cita obligada.
El setlist es casi idéntico al del año pasado. Van a pasar por los ya clásicos "Vasoline"; "Big Empty", donde Dean le pone esos arreglos necesarios; "Plush" (uno de los momentos más intensos de la noche) y "Big Bang Baby", donde todos se dejan invadir por la energía poguera. También van a sumar temas de su último disco, como "Between The Lines" y "Hickory", pero sólo esos dos. No vienen a presentar nada, vienen a interpelar.
El campo se mueve a su compás, una cadena sucesiva de personas va a subir entre los brazos de ese resto. Un "muchas gracias", y los bises. No termina aún, y ellos lo saben. Por eso siguen saltando, arengando al ritmo de las distorsiones y ese ruido tan rockero como el mismo Scott, que luego de dejar Velvet Revolver volvió a la formación inicial, esa que por los 90 se armó después de que el vocalista y el bajista se dieran cuenta que compartían novia. Hoy lo que siguen compartiendo es vicios y rock’n roll.




