Tango para una fiesta mexicana
Actuaron Lidia Borda y la Orquesta de Cámara de Veracruz
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El Día de los Muertos es una antigua tradición en México, que también se practica en buena parte del noroeste argentino, con similares características. Ese día se pide por el tranquilo reposo de los difuntos queridos, a los que se le ofrece un "banquete" con sus platos y bebidas preferidas. Es una forma también de exorcizar la muerte de todos los hogares.
En el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco se repitió ese ritual en homenaje a Carlos Gardel y Agustín Lara, uno el símbolo del tango, el otro del bolero. Fue la excusa para unir dos culturas, una que presume de europea y otra que se enorgullece de su raíz indoamericana.
Con elementos traídos especialmente de México se armó la instalación, un enorme altar en una de las alas del museo, con distintos niveles construidos con flores (que simbolizan el cielo, el purgatorio y el infierno). En el centro, los cuadros de los cantores, con sus pertenencias, recuerdos, comidas preferidas, y rodeando a los "muertos", calaveras de dulces y catrinas (la muerte) de diferentes tamaños como una forma de burla a la parca. Una calavera "zapatista" custodiando el altar y papeles de barrilete, que indican el camino a los muertos. El incienso impregna todo el ambiente. La impactante instalación es el complemento de un festejo donde -siguiendo las reglas del ritual- debe haber mucha música.
La Orquesta de Cámara de Veracruz, dirigida por Eduardo Sánchez Carrasco, llegó especialmente de México para ejecutar danzones, un género que es una mixtura de lo español y mexicano, poco conocido por estos lares, y piezas del popular compositor Agustín Lara. Mientras, el numeroso público disfrutaba de esa suerte de happening, recorriendo las instalaciones del museo, aprovechando para visitar la increíble muestra fotográfica del aymara Martín Chambi, tomando tequila y cerveza mexicana, comiendo nachos con palta o panes dulces de muertos (similar al pan madrileño).
La agrupación veracruceña, que tocó al aire libre, ofreció la exquisita cadencia del danzón, más propio para salones de la aristocracia, que combinó con las piezas mas populares del cancionero mexicano. El bolero de Lara nació en los arrabales mexicanos, en un contexto de clases sociales bajas y se desarrolló en los cabarets, como le sucedió a su primo el tango. Por eso, cuando la voz de Lara aparece por las cajas de sonido, está más cerca de ese aliento de alcohol, propio de su música, que de las sutiles versiones de la orquesta de cámara, que no dejan de tener una contundencia en su sesión de cuerdas más que interesante.
Así pasaron las versiones de temas populares y no tanto como "Señora tentación", "Solamente una vez", "Piensa en mí" o la fantasía española de "Granada", que marca ese nexo inevitable con la cultura ibérica.
En el intervalo, otra vez, la voz melodramática y pasional de Lara, invadiendolo todo, patios, salones y altares, puso el clima justo a un homenaje que se viene desarrollando paralelamente en otros puntos de México.
El cierre fue con la propuesta tanguera de Lidia Borda, que eligió de su repertorio lo menos gardeliano. La cantante volvió a sorprender por su manejo vocal, por su interpretación siempre sensible y profunda, sin excederse ni en gestualidades ni adornos interpretativos. Junto al pianista Diego Schissi hizo la milonga rante "Apología tanguera", que dio pie a los primeros bailarines; "Callejón", "Malena", el vals "Sueño de juventud" y hasta una ranchera.
El Día de los Muertos se llenaba de noche. La catrina ya se había despedido antes de que a algún mortal se le ocurriera cantarle un tango o un bolero al oído.


