
Tesoros escondidos en un viejo bar
En El Faro, bien lejos del circuito del tango para turistas, se presenta el tercer viernes de cada mes
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¿Qué música nocturna está invariablemente olvidada en los pliegues de esta gran ciudad? Encontrar el espíritu del tango es verdaderamente difícil cuando el mercado del turismo declama propuestas a pedido casi todo el tiempo. Sin embargo, la noche siempre esconde tesoros. En El Faro, un pequeño bar de 1931, ubicado en los límites de Villa Pueyrredón y Villa Urquiza (en Constituyentes y La Pampa), el tango vuelve al barrio de la mano del joven cantor Hernán "Cucuza" Castiello y su guitarrista "Moscato" Luna, y entonces nada parece perdido. En una atmósfera viciada y bulliciosa, un sonido discreto, un par de focos rojos como iluminación, un locutor engolado y un grupo de aficionados tan fervientes como una hinchada de fútbol, el tango recupera su emoción verdadera, su espíritu más auténtico y real.
Esta noche, como todos los terceros viernes de cada mes, canta "Cucuza" Castiello y la "fama" barrial del ciclo empezó a desparramarse entre el ambiente tanguero. Emilio Balcarce (vecino de Villa Pueyrredón, autor de "La bordona"), el guitarrista Horacio Avilano y el hijo de Armando Taggini, autor de "Marioneta", arengan como fanáticos a ese joven cantor de expresión sensible, que se luce con un repertorio de tangos inoxidables de la dupla Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez, Enrique Cadícamo, Charlo, José María Contursi, Francisco Brancatti y Alfredo Marino.
Los retratos de Nini Marshall, Ratin, Olmedo, Sandro y Discépolo contemplan el bar desbordado. La gente se acomoda, como puede, en mesas o parados junto al largo estaño del bar, donde circulan mazos de naipes, cortados, empanadas caseras, vino de la casa o cerveza de una sola marca, todo servido por sus dueños. Mujeres grandes, arregladas y pintadas como para un casamiento, féminas tangueras con tajos y taco aguja, parejas jóvenes con remeras negras y viejos aficionados con miles de noches sobre los hombros colorean la atmósfera del local, que tiene el clima de una reunión de viejos amigos.
Cuando los tubos fluorescentes se apagan, todas las miradas se dirigen hacia el único rincón vacío del local, donde el joven cantor de camisa negra, corbata de colores, arito en la oreja y calzado con botines de fútbol embarrados canta esas letras sin período de caducidad, existenciales, lunfardas y evocativas, que parecen fundirse con ese ambiente de grandes ventanales fileteados y paredes descascaradas.
El clima es casi cinematográfico. Los autos pasan veloces por la esquina de Constituyentes y La Pampa, iluminan con sus parpadeantes focos blancos la figura en sombras de Cucuza, de su compañero y de ese nutrido grupo de noctámbulos, que parecen compartir un ritual secreto. En el interior, el ruido del ventilador acompaña con su música nocturna los silencios que maneja Castiello con precisión exquisita, dándoles a cada frase y a cada palabra la emoción justa, capaz de poner los pelos de punta. Con el tango "Barrio viejo" hace su declaración de principios: "Calles donde mi lindo barrio se alzó, calles que guardan mis recuerdos de ayer, vuelvo lo mismo que una alondra, trayendo en mis canciones, los ecos de las frondas. Quiero que no olvides que traje al volver, toda la dicha que me hicieras gozar. Por eso al llegar, quisiera dejar, la dicha de mi cantar", canta orgulloso, viviendo el tango lejos de las luces del centro, y pasa el examen del maestro Balcarce que le grita: "¡Bravo!", con las manos en alto. Al final la gente estalla en aplausos.
A "Barrio viejo" le seguirán otros tangazos como "Contramarca", "Farolito de papel", "Tabaco", "El ciruja", "Carnaval" y "La novia ausente". Castiello se mueve con solvencia y naturalidad entre el repertorio evocativo, los temas urbanos y los paisajes criollos. Cada tema tiene el prólogo de una historia, un comentario risueño o la definición certera del gusto personal de Cucuza: "La dupla de Aieta-Jiménez es imbatible", comenta al pasar. Habrá un tango para el gusto de cada uno de los que asiste a esta ceremonia tanguera, y Cucuza los interpreta con sensibilidad y frescura. El público lo sigue y repite cada frase, entre murmullos tibios que salen de los labios, acompañados por la emoción de un gesto: los ojos vidriosos, la mirada perdida y nostálgica o la media sonrisa.
Una pausa instrumental le permite lucirse al joven guitarrista Moscato Luna, con su versión del tango "Silbando". Después llegará el final de la primera entrada, el concierto se prolongará por espacio de dos horas, con un tango que logra el punto más intenso y emotivo de la noche. "Este tango lo hizo conocido Alberto Marino, pero después llego el Negro Juárez y se lo apropio, lo hizo suyo cuando parecía que era imposible. Yo ahora lo quiero cantar", dice Cucuza. "Sin lágrimas" parece otra declaración de principios del cantor, que logra una versión para el recuerdo, irrepetible, entre el ruido de las copas, mientras afuera la noche oscura convierte las calles del barrio en un desierto.
El concierto terminará con ese mismo tono informal del principio, como un encuentro de amigos: con la cantante rosarina Verónica Marchetti, con Avilano y siete guitarristas tocando a pelo, sin sonido, y todo el mundo coreando "El conventillo".
La historia comenzó hace cuatro meses cuando "Cucuza" Castiello, vecino del barrio, quiso recuperar los viejos encuentros de tango en los bares. Con esa simple idea recobró aquel espíritu, que anidaba en cantores como Luis Cardei y sus madrugadas de tango, en las que sólo importa la expresión de un sentimiento sin tiempo y verdadero.



