Un Beethoven a su medida
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Integral de los Conciertos para Piano (II) , de Beethoven. Séptimo concierto del Festival 2005 "Las tres "B", Bach-Beethoven-Brahms, organizado por Festivales Musicales de Buenos Aires. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Ligia Amadio. Solista en piano: Bruno Leonardo Gelber. Programa con obras de Ludwig van Beethoven: Obertura "Leonora" Nº 3 en Do mayor, opus 72; Conciertos para piano y orquesta: Nº 3 en Do menor, opus 37 y Nº 5 en Mi bemol mayor "Emperador", opus 73. Auspicia: Novartis Argentina SA. Teatro Colón.
Nuestra opinión: Muy bueno
Anteanoche le tocó a Bruno Gelber cerrar el ciclo de los cinco conciertos para piano y orquesta, escritos por Beethoven, tras haber entregado hace semanas, el 1º, 2º y 4º y lo hizo, por cierto, con el 3º y el 5º. Con una Filarmónica de elegante sport, presididos por una concertino de camisa colorida y pantalones negros, la directora brasileña Ligia Amadio honró las partituras beethovenianas con empuje, vuelo y musicalidad.
Fue la proteica obertura "Leonora" Nº 3, en Do Mayor, la que abrió esta sesión de despedida del genio de Bonn. La directora Ligia Amadio supo indagar y expresar, con la ductilidad de la Filarmónica, las abundantes ideas y los contrastes, donde se conjugan los acentos dramáticos con los pasajes de ternura, lo épico con lo bucólico, que desembocan en notas triunfales. Fue un digno pórtico para el ingreso de Bruno Gelber.
El mundo beethoveniano, el prometeico, el de la indomable energía interior que triunfa sobre la adversidad, comienza a manifestarse en este 3º Concierto para piano y orquesta. Gelber y Amadio alcanzan ese juego intenso que pide la partitura, entre el piano y la orquesta, tanto en el Allegro, con sus escalas, arpegios, apoyaturas y diversos trinos del piano, más las sucesivas modulaciones orquestales, los ritardando y accelerando, el colorido instrumental, como en el diáfano diálogo entre ambos. La confluencia espiritual entre solista y directora también cobra intensidad expresiva en el transcurso del extenso desarrollo del segundo movimiento: Largo, para transmitir con unción el clima de encantadora ensoñación nocturna, donde la armonía relega un tanto la expansión melódica del piano, salvo ese delicioso tramo en que el teclado adorna el canto que retoman la flauta y el fagot. Finalmente el Rondó-allegro, que sella ese intercambio en los episodios contrastantes, lúdicos y de nuevas modulaciones que culminan en un radiante Do mayor, cobra aquí, con la Filarmónica, rasgos de magnificencia.
Algún tropiezo fugaz y esporádico en algunas notas, en pleno despliegue virtuosístico, no entorpece la entrega de Gelber a un estilo que conoce en profundidad. Incluso sabe cuándo permitirse pequeñas licencias en el énfasis puesto en los fraseos, de algún modo empáticos con la libertad admitida por el propio Beethoven. En cambio sí resultó desagradable al oído la desafinación en las notas agudas del piano.
El momento más esperado en este cierre de ciclo es el Concierto Nº 5, otra explosión del genio. Beethoven, quien sólo contaba con pianos de la "escuela vienesa", de toque y sonido liviano, y no los más sonoros pianos ingleses, vislumbró el fastuoso y orquestal destino del instrumento. De allí que hoy, este "Emperador" se toca en pianos de gran cola y sus notas y empuje parecen haber sido destinados originalmente a ellos.
De esto dan cuenta aquí los dedos de Gelber -puestos a dura prueba por aquel ya referido accidente- en la majestad de la resplandeciente cadenza del Allegro inicial, con la que se abre este concierto tras el acorde orquestal en fortísimo. Gelber junto a Amadio logran transmitir con pasión el intenso júbilo, rubricado por el timbal, las zonas elegíacas, los diálogos en forma de variaciones entre el piano y la orquesta, los marcados contrastes forte-piano. En el expansivo y volcánico piano beethoveniano las escalas en octavas, arpegios y recurrentes trinos (incluso dificilísimos dobles) de desafiante pujanza encuentran en los dedos de Gelber un esforzado intérprete.
La meditación del Adagio un poco mosso -coral, casi de himno religioso- es cantada con unción por las manos de Gelber, para luego entablar nuevos diálogos con la orquesta, minuciosa y profunda por la batuta de Amadio. La coronación es el Allegro ma non tropo, inducido antes, a modo de suspenso en las últimas notas del Adagio, que anticipan su motivo central, hasta que ataca violentamente el teclado ese frenético aire de danza popular en tres tiempos.
Gelber se ha mostrado más sólido y preciso, pero sobre todo ha desentrañado nuevamente con libertad el estilo, el espíritu beethoveniano. Y la directora Ligia Amadio confirma su solidez desde el podio, tanto para marcar atinadas y entusiastas coloraciones y matices a la Filarmónica, como para captar el fuego de este Prometeo inmortal que es Beethoven.
Bruno Gelber ha saludado, amablemente hierático, insistiendo en tomar la mano de la directora y mirando sonriente hacia el paraíso, sin conceder bis. (Como corresponde en estos casos...).
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