
Un brujo de las típicas de tango
A los 88 años, sigue al frente de la Orquesta Escuela y habla de lo que pide el público
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El alumno toca en el bandoneón una versión de un tema de Piazzolla y demuestra su virtuosismo. El maestro escucha con atención hasta que la pieza termina y luego pregunta: "Está bien, pero ¿eso la gente lo entiende?"
El alumno es un joven que estudia en la Orquesta Escuela del Tango; el maestro es el director de esa típica, Emilio Balcarce, que deja la inquietud picando, al final del ensayo, sobre el escenario de la Casa del Tango. Enseguida se dirige hacia el bar, con la elasticidad de sus joviales 88 años, calzado con zapatillas, vestido con jeans, camisa y suéter, casi como uno de esos pibes que tiene de alumnos.
Minutos más tarde, sentado a una mesa del bar del primer piso y de charla con LA NACION, él mismo responde a la pregunta sobre lo que la gente "entiende", entre muchos otros comentarios de diversos temas. Porque tiene mucho para contar este hombre de 88 abriles y una carrera artística dedicada al tango, que comenzó en años de adolescencia, y actualmente cuenta con varias distinciones por su trabajo artístico. La más reciente es la de ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires, otorgada por la Legislatura porteña.
Emilio Balcarce es el músico que aparece retratado en el elogiado documental de Caroline Neal "Si sos brujo: una historia de tango", ese que lo tiene como protagonista y que cuenta la historia de la Orquesta Escuela dedicada a enseñar los estilos tangueros de los más famosos directores (Troilo, Pugliese, D Arienzo, Salgán, Gobbi, Di Sarli y Fresedo, entre otros). La película, que fue estrenada hace poco más de un mes y todavía se puede ver en la cartelera del Complejo Tita Merello, relata el proceso de la creación de la orquesta, desde el proyecto pensado por el contrabajista del grupo El Arranque, Ignacio Varchausky, hasta la puesta en marcha y los conciertos que los alumnos dieron en París y en el Teatro Colón.
La llegada de Balcarce a esta orquesta tiene bastante que ver con algunos giros impensados que tuvo la carrera de este violinista, bandoneonista, arreglador, director y fugaz estribillista adolescente que cambió su apellido real (Sitano) por sugerencia de un productor.
Emilio comenzó a estudiar violín, hasta que su padre, aficionado a la música, compró un bandoneón. Y no fue el padre sino el hijo quien le tomó el gusto al instrumento, influido por el sonido de Pedro Laurenz, y el que volcó toda su pasión al tango, al escuchar al sexteto de Julio De Caro. "Llegué a ser semiprofesional con el sexteto de Ricardo Ivaldi. En un momento dejaba de tocar el bandoneón y me acercaba al micrófono para cantar los estribillos de los temas."
Ahí fue cuando adoptó el apellido artístico Balcarce. El resto de la historia es muy conocida por los tangueros de ley, mucho antes de que apareciera el documental. La fama de buen músico se la ganó con los años. Su lista de composiciones no es extensa, pero incluye piezas como "La bordona" y "Si sos brujo", de excelente factura. Su trabajo como arreglador fue para su propia orquesta y para las de Troilo, Gobbi, Basso y Pugliese. También se encargó de la dirección de las típicas de dos Albertos cantores: Castillo y Marino. Desde 1949, participó como violinista y arreglador de la típica de Pugliese hasta que con un grupo de músicos de esa orquesta decidió crear el Sexteto Tango. Eso fue hacia fines de los 60 y su estada en el sexteto duró un par de décadas, hasta que comenzó a planear el retiro.
Dejó su adorado barrio de Villa Urquiza para instalarse en Neuquén, donde estaba radicado su hijo. "El problema es que, cuando llegué, la gente se empezó a movilizar para que yo hiciera algo. Empezamos a hacer recitales con violín, piano y contrabajo. Y también me puse a tocar el bandoneón. Entonces pensé: «¿A qué vine acá: a trabajar?»".
Volvió a Buenos Aires. Primero armó un cuarteto en el que cantaba su hija. Después se presentó con un noneto en El Viejo Almacén y en 2000 apareció Varchausky para proponerle que se hiciera cargo de la dirección de la Orquesta Escuela, cuando todavía era apenas un proyecto artístico-educativo.
En la película "Si sos brujo", hay momentos en los que se ve a Balcarce con problemas auditivos y con ganas de abandonar. Pero todavía está ahí, dando indicaciones a las chicas y a los chicos de la Orquesta Escuela. "Tengo falta de discriminación auditiva. Las posibilidades físicas no son las mismas: van disminuyendo. Pero no me dejaron ir", dice con una sonrisa que no parece de resignación.
-¿Cómo anda la orquesta?
-Bien; ya tenemos la séptima camada de músicos. Estamos haciendo diez estilos de orquestas. Los que están en segundo año salen a tocar. Siempre vamos agregando cosas. Siempre hay mucha voluntad de los chicos puesta en lo nuestro, en lo típico. Porque ellos son músicos formados en conservatorios. Incluso hay gente que viene de tantos países (Japón, Estados Unidos, Francia, Bélgica, Finlandia), pero traen unas ganas increíbles de entrar a fondo en el gusto, el color y el sabor de nuestra música. Esa voluntad crea un clima agradable.
-¿Qué cosas le quedaron pendientes en lo personal?
-Desarrollar mi estilo. Estando con Pugliese, uno ponía todo en esa orquesta. Lo mismo sucedía con el Sexteto Tango. Me hubiera gustado tener una orquesta propia que avanzara en el camino, según el gusto del público. Sólo en la Orquesta Escuela hice algunos arreglos a mi gusto.
-Claro, con su estilo orquestal. Pero ¿por qué no prosperó la orquesta propia?
-En un tiempo, trabajaba con mi orquesta en Radio Splendid y hubo una huelga. Ahí paró mi trabajo. Después se fue el cantor y me llamó Pugliese. Así se fue mi oportunidad de desarrollarla. La orquesta de Troilo fue en evolución y acomodándose al gusto del público. Pugliese hizo lo mismo. Lo de Salgán fue para un gusto muy determinado. Piazzolla hizo su camino.
-¿Sigue convencido de que hay que hacer un tango que la gente entienda?
-Es que estamos haciendo música popular. Además, la capacidad auditiva con el tango aumentó. Nosotros agregábamos repertorio mensualmente con mayor riqueza musical. El público aplaudía más o menos. Las más aplaudidas eran las que después grabábamos. Avanzábamos de esa manera.
La charla sigue durante la caminata entre la Casa del Tango y la estación Medrano del subte B. Desde ahí, Balcarce se irá arrimando al barrio al que siempre vuelve. En ese par de cuadras el maestro volverá a hablar de su posición acerca de la finalidad de hacer música y del aplauso. "¿Para qué se hace una silla? Para que alguien se siente. ¿Para qué se construye una casa? Para que alguien viva ahí. ¿Para qué se toca una música? Para que alguien la escuche."
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