Una promesa cumplida en Rosario
El cantante y compositor cerró el año con un multitudinario concierto en el Monumento a la Bandera
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ROSARIO.- Fito Páez cumplió su promesa. Había dado su palabra de que, en agradecimiento a la generosidad con que la ciudad lo había acogido para el rodaje de ¿De quién es el portaligas? , iba a proyectar la película y dar un recital gratis, y lo hizo. Sus fans rosarinos aplaudieron el gesto, desbordando la capacidad del Monumento Nacional a la Bandera, donde el músico, durante dos horas de un show vibrante, repasó los grandes éxitos de su carrera.
Unas 20 mil personas se reunieron anteanoche para disfrutar del recital que el creador de "El amor después del amor" ofreció en su ciudad natal acompañado por la banda de su colega y amigo, Coki Debernardis, los Killer Burritos. A lo largo de la presentación, que se extendió hasta el filo de la medianoche, se pudieron escuchar un puñado de los temas más exitosos del compositor y cantante en versiones renovadas e intensas.
"La ciudad de los pibes sin calma" abrió la presentación con Fito Páez vestido de riguroso traje, camisa y corbata negras y tocando la guitarra eléctrica, como un genuino maestro de ceremonias de una celebración del rock. El público, en su gran mayoría adolescentes y familias con hijos pequeños que desde muy temprano habían llegado para conseguir un lugar cerca del escenario, festejó la elección coreando a viva voz el estribillo de la canción.
El primer tramo del concierto, uno de los más emotivos de la noche, siguió con "Lejos de Berlín", que el rosarino presentó con un cómplice "Madrid, Nueva York, Santiago del Estero, Rosario...", que la gente coronó con una ovación. Después llegaron un par de hits del álbum Giros , "Taquicardia", con el acelerador a fondo, y la balada rosa "Narciso y Quasimodo". También, una versión incendiaria de "Dando vueltas en el aire".
"Es un lujo poder despedir el año con un show en Rosario", fue el escueto saludo con el que Fito Páez, trató de poner paños fríos al fervor incontenible que arrasaba la explanada del Patio Cívico. Y no era para menos. Apenas había pasado media hora de show y el público estaba en llamas, señal de que el romance entre el músico rosarino y la gente de su ciudad se mantiene intacto y es puro entusiasmo.
Al piano
Para bajar el ritmo, se sentó al piano y solo, con el rostro iluminado por un haz de luz blanca, cantó "Si es amor", el tema que abre su último álbum, Rodolfo . "¿Cómo no va a ser amor, Rosario?", susurró al terminar el tema, y justo antes de dar paso a "Sofi fue una nena de papá" y "Vas conmigo". Un silencio tenso acompañó a la presentación, por primera vez en Rosario, de las nuevas canciones. Un silencio que evidenció un profundo respeto y admiración.
"Ahora los voy a dejar con los Killer Burritos, una de las bandas más poderosas del mundo", disparó Páez, cuando aún resonaba en el aire el último acorde que había tocado en el piano. La banda rosarina, que acompaña al músico en sus correrías nocturnas cada vez que visita la ciudad, arremetió con "Desaparecer", un rock potente con reminiscencias del viejo Led Zeppelin, que desembocó en "Religion Song", el éxito inoxidable de "Tercer Mundo".
"Ambar violeta" sumió al público en un sopor hipnótico que conjuró cantando una a una las estrofas del tema, el primero del álbum Ciudad de pobres corazones que ofrecería a lo largo de la noche, en un homenaje nostálgico a los tiempos en que, religiosamente, bajaba hasta Rosario para celebrar las fiestas de fin de año junto a sus amigos de siempre, en los bares de siempre. Una ceremonia que, después de una larga ausencia, repitió para cerrar 2007.
"Eso que llevas ahí", el último gran éxito del rosarino, volvió a subir las pulsaciones de los espectadores que, con "Enloquecer", otra de las festejadas canciones de El mundo cabe en una canción , se elevaron a tal punto que el corazón parecía a punto de estallar. No hizo falta pedir atención coronaria. Bastó con que Gonzalo Aloras y Carlos Vandera subieran al escenario para cantar "Normal 1", en una versión ralenteada, para que volviera la calma.
Pero el remanso de las versiones "slow food" de "La rueda mágica" y "Dar es dar" fueron apenas un espejismo. Una ilusión de sosiego que explotó por los aires cuando, después de un cambio de vestuario -el calor de la noche obligó a dejar el traje colgado en el ropero-, Fito Páez arremetió con una versión hard rock de "El amor después del amor".
Era el comienzo del fin. Por más que la gente, desbordante de entusiasmo, quisiera más y más.
"Polaroid de locura ordinaria", "Ciudad de pobres corazones", "A rodar la vida" fueron un vendaval que culminó con Fito Páez parado en el borde del escenario, con los brazos abiertos y la mirada perdida en la marea de gente que coreaba su nombre. "Apagá la luz, Piedra", rogó con la voz quebrada por la emoción antes de empezar a cantar suave, "Te vi", antes de que la noche se encendiera con los destellos de miles de celulares, como un espejo del cielo.
Parecía el final, pero no lo era. Todavía había más y más, como la gente quería. "Circo Beat", "Mariposa tecnicolor" y una fiesta que, después que se apagó el último acorde, siguió un largo rato más.
Con la gente bailando en la vereda, asomada a los balcones de los edificios que rodean al Monumento y que titilaban con las guirnaldas de luces navideñas, coreando las canciones que con el correr de los años se le metieron debajo de la piel y hoy ya son parte del aire.
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