Víctor Torres brilló; Gandini, desparejo
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Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Gerardo Gandini. Solistas: Víctor Torres (barítono), Oscar Vetre y Lilian Beatriz Noguera (pianos). Programa: Canciones de los niños muertos, de Gustav Mahler; Concierto N° 10, en Mi bemol para dos pianos y orquesta, de Wolfgang Amadeus Mozart, y Sinfonía en Re menor, de Cesar Franck. Primera función del abono a 16 conciertos. Teatro Colón.
Nuestra opinión: bueno.
En líneas generales, el concierto inaugural de la temporada de la Filarmónica de Buenos Aires fue bueno desde el punto de vista musical, pero el cambio de día (el viernes en lugar del tradicional lune) seguramente provocó una merma de la concurrencia habitual al ciclo y una disminución en la venta de las localidades altas, por razones lógicas frente a la actual crisis que vive el país.
El momento de mayor mérito artístico del programa propuesto fue la versión de Kidertotenlieder (Canciones de los niños muertos), de Gustav Mahler, una de las obras en las que con mayor evidencia se advierte la representación de la muerte en la mente del compositor, más allá de la circunstancia dolorosa de la pérdida de la hija María, víctima de la escarlatina o de haber tomado los textos del poeta Friedrich Rückert que había perdido a dos de sus seis hijos.
La dolorosa atmósfera de los cinco textos fue expresada por el barítono Víctor Torres con muy buen nivel vocal, timbre cálido y acertada articulación en el decir, logrando en conjunción con la orquesta equilibrio y flexibilidad. Una vez más el cantante argentino mostró su calidad y solvencia, más que suficiente para no requerir de publicidad, estudio de mercado ni marketing, para desarrollar su carrera.
Por su parte, Gerardo Gandini logró la atmósfera característica del lenguaje de Mahler. Fue en "In diesen wetter!" (¡Con este tiempo!), último de los poemas, donde la expresividad dramática orquestal no llegó a transmitir acabadamente la intensidad del relato.
La primera parte se completó con el concierto de Mozart para dos pianos, K 365 ejecutados por dos argentinos de mérito, Lilia Beatriz Noguera y Oscar Vetre. Toda la gracia de la escritura mozartiana, la belleza de sus ideas melódicas en los pasajes lentos y el clima siempre amable y aristocrático de su sonoridad general, fueron logrados por los intérpretes, a pesar del desequilibrio sonoro en cuanto al timbre y color que se escuchó entre los dos pianos utilizados.
Mientras el piano de Noguera, el de aspecto exterior lamentable, dejaba escuchar un sonido redondo y aterciopelado, el de Vetre, nuevo y todavía sin marcas de golpes y rayaduras, sonó ahogado en los graves y punzante en el registro agudo.
Entonces el entramado musical que buscó Mozart, en conjunción con la orquesta que no deja de tener vital importancia en un autor inclinado por el lenguaje concertado, quedó algo desteñido, sin por ello desmerecer las buenas dotes de los pianistas, poseedores de buen criterio interpretativo y aceptables medios técnicos.
Por fin, Gerardo Gandini fue fiel a la estética de Cesar Franck, con un rendimiento aceptable de la Filarmónica, al punto que la Sinfonía en Re menor se escuchó con agrado, pero sin el atractivo de una versión más profunda y medulosa.
Es que el músico, al abordar con mayor intensidad una labor nueva en su carrera, seguramente, no ha tenido el tiempo para ahondar en los vericuetos expresivos y en los detalles sutiles como sorprendentes, contenidos en la partitura del notable compositor y pedagogo belga.


