Y pensar que uno quería ser un Beatle
A propósito del divorcio de Paul
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Corrían los últimos años de la década del sesenta. Uno estaba en el colegio secundario, eran tiempos del Onganiato y si no se quería tener problemas el pelo había que llevarlo cortado a la media americana, estilo astronauta de la NASA. Con los muchachos del secundario, la barra del Mariano Acosta, una sola cosa teníamos en claro. Queríamos ser como los Beatles. Su música, literalmente, nos había volado la cabeza y le había puesto color a una vida que ya no sería la misma.
Pero no era sólo eso. Acá no estamos hablando de música nada más. Módicamente, los Beatles se corporizaban en artículos periodísticos o en alguna secuencia de su mítico recital en el Shea Stadium de Nueva York, el 15 de agosto de 1965. Allí los mirábamos, con sus saquitos claros tipo Mao, unas figuras pequeñitas, transpiradas, desgañitándose en el medio de un imponente estadio. El griterío ensordecedor de las fans tapaba sus entradas a destiempo, mientras John Lennon aporreaba su piano eléctrico con los codos, bastante drogado. Un show brevísimo, pobre, desprolijo. Nada importaba, sin embargo, para las casi 55.600 adolescentes que los miraban extasiadas, mientras gritaban, lloraban y se desmayaban. Ahí, precisamente, fue que muchos decidimos que eso era precisamente lo que queríamos ser cuando fuéramos grandes: Beatles. Y tener, aunque fuera, una milésima parte del arrastre con las chicas que tenían los melenudos de Liverpool.
Así empezó el imposible proceso de la imitación. El talento, por supuesto, no se podía copiar, pero las melenas y la ropa eran otra cosa. Que vinieran los flequillos entonces. A las escondidas, claro, porque en la escuela nos esperaba cada lunes un examen tipo servicio militar
Había que conseguirse, además, alguno de aquellos cardigans de tiempos del Sargento Pepper, o las camperas de cuero de la tapa de "Rubber Soul". Por último, hacerse de una guitarra eléctrica, aun sin saber más que tres acordes. Suponíamos, ingenuos, que con el ruido y las melenas, las chicas vendrían solas.
Para colmo, los recortes de revistas y diarios que hablaban de los Beatles nos incentivaban continuamente. John Lennon visto con Eleanor Bron, la exótica belleza del filme "Help". Paul McCartney, paseándose con la rubia Jane Asher, linda y talentosa actriz de teatro. Cuando este noviazgo prolongado se terminó, el tipo (que ya desde Hamburgo era el galán de la banda) se dio el lujo de ahuyentar bellezas que se le aparecían por su casa londinense, como la rubiecita Peggy Lipton, de la serie "Mod Squad".
George Harrison, el Beatle misterioso, reservado, también muy admirado por las chicas, se había casado con una bella y delgada modelo inglesa, Pattie Boyd, a la que parecía quedarle todo bien. Ringo, por su parte, estaba por entonces felizmente casado con Maureen y no entraba demasiado en el cuadro.
El problema fue que en algún momento toda esta magia se esfumó, las chicas bonitas del Shea simplemente enmudecieron y se fueron a casa, y los Beatles se quedaron solitos, como nosotros, con su propia vida. ¿Y qué hicieron? ¿Se buscaron, como hubiéramos pretendido sus lejanos admiradores porteños, a la Deneuve, a la Bardot todavía en su plenitud, a la siempre deliciosa Romy Schneider, o a Jane Birkin, tal vez? No, por ahí apareció Yoko Ono, con su fealdad agria, ofensiva, su absorbente deseo de figurar y de aislar a Lennon de amigos y familiares de su otra vida, la anterior a ella.
Yoko Ono, la que contribuyó como nadie a destruir a los Beatles. La que se llevó a Lennon a Nueva York "donde iba a estar seguro y nadie lo iba a molestar en la calle para pedirle un autógrafo". Bueno, nadie excepto Mark Chapman, que le pidió el último antes de matarlo a la entrada del edificio Dakota. La misma Yoko que como esposa fue una excelente albacea testamentaria y hasta el día de hoy sigue agrandando su cuenta bancaria editando CD de material de descarte que Lennon hubiera terminado destruyendo, si ella, o Chapman, no hubieran llegado antes.
Y en cuanto a George, bueno, la bella y casi etérea Pattie se enamoró del mejor amigo de su marido, Eric Clapton. Tuvieron un prolongado affaire y hasta éste le dedicó su hermoso tema "Layla", convirtiendo así a Harrison en el "cornudo" más célebre del ambiente del rock. Después mejoró algo su suerte. Su nueva mujer, Olivia, módicamente fea, fue una buena esposa, le dio un esperado hijo e incluso lo defendió a brazo partido cuando un demente entró en su mansión al filo del año 2000 para intentar asesinarlo.
El caso de Paul fue más dramático, o cómico, según se lo mire. Tras separarse de Jane Asher apareció Linda Eastman, otra rubia algo desabrida que sería su esposa por largos años. Con ella, Paul descubrió los placeres de la vida doméstica, se hizo ecologista, vegetariano, engordó, se alistó en defensa de focas y lobos marinos del mundo, y terminó por aburguesar su talento. Sus canciones perdieron filo, profundidad, se hicieron melosas, simplonas. Pero el tipo fue feliz.
Claro, Linda se murió y podía haberse quedado ahí. Pero no, siendo un Beatle, tenía que intentarlo de nuevo. Y ahí apareció Heather Mills, otra rubia con aire de yo no fui, de ojitos redonditos, fríos, pierna ortopédica que se quitaba en las entrevistas televisivas, y más rápida que Jesse Owens en las Olimpíadas de Berlín del 36.
Y ahora lo vemos al bueno de sir Paul (con su imagen casi de una abuela del rock) transpirando euros ante el juicio que se le viene encima. El, que era el más tacaño de una banda a la que contribuyó a quebrar precisamente por una disputa de porcentajes, ironías de la vida, terminará entregando considerable parte de su más que considerable fortuna a la rubia rápida de los ojitos bien redondos.
Y entonces uno, algo entristecido, pero aliviado también, comprende y dice, bueno, después de todo, y a la hora de los balances, en realidad no fue tan malo eso de no haber sido un Beatle. No habremos tenido chance con las 55.600 gritonas del Shea, pero tampoco nos quedamos con Yoko o Heather, no.


