
Omar Pacheco: "Si no trabajo con el hombre, nunca podré trabajar con el artista"
Único en su estilo, este director insignia de la escena independiente acaba de lanzar un libro sobre su técnica, que trabaja desde la transformación total del actor
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A lo largo de estos 34 años de carrera no podría decirse que el teatro de Omar Pacheco sea prolífico. Pocos, muy pocos espectáculos son los que ha montado y esto se debe a algo que cualquier espectador que se haya acercado a alguno de ellos pudo corroborar en apenas segundos: la precisión técnica y el rigor de sus intérpretes es de tal magnitud que se puede comprender por qué la media de ensayos en el Grupo Teatro Libre es de tres o cuatro años. Lo que sucede es que la estética de Pacheco es en extremo singular comparada con el típico teatro porteño: está profundamente alejada del naturalismo y más próximo a un teatro físico. Memoria, Cinco puertas, Cautiverio, Más allá del mar, La cuna vacía son algunos de los espectáculos que le permitieron mostrar un método de trabajo que le ha generado un enorme respeto en torno a su obra, pero no pocos detractores. "Yo hago el único teatro que puedo. A mí no me interesa hacer un teatro naturalista con un buen texto, un buen actor y un decorado. Necesito otro tipo de teatro. No critico a los que lo hacen, pero para mí el teatro es otra cosa. Y la gente que está conmigo lo tiene que entender así".
Luego de vivir en Estados Unidos y en Brasil, donde trabajó en el mítico grupo de Augusto Boal, llegó a la Argentina en las postrimerías de la dictadura. Desde entonces fue desarrollando una estética, a la que él define muy próxima también a una ética. "Creo que en estos 34 años he demostrado que en mi caso es más importante el hecho educacional que el meramente teatral. Yo entiendo que el teatro se hace desde lo grupal y en contacto con el hombre, no únicamente con el actor".
A la hora de definir su método señala más que nada las dificultades con las que se encuentra dentro del mapa teatral porteño contemporáneo. "Cada vez que alguien llega con ganas de integrarse a nuestro grupo de trabajo, tengo que iniciar un trabajo de análisis de ese cuerpo que llega atravesado por valores y características con las que se me vuelve imposible encarar cualquier creación. Necesito provocar la crisis para que ese cuerpo se aleje de lo vulgar, lo cotidiano y lo psicológico. El cuerpo en mi estética es el punto de partida y de llegada y se permite producir metáforas porque está despojado de cotidianeidad.
-¿Cuántos años tarda un actor en despojarse de lo necesario para trabajar en tu grupo?
-Un actor mío necesita de, al menos, cinco años para decir que está recién comenzando a caminar. Con cada uno de los que se integra realizo un trabajo de diagnóstico individual donde analizo cuáles son sus fobias, sus crisis y trabajo con muchos estímulos. En ese sentido diría que hay en el proceso de formación tres etapas. En la primera trabajo con lo que trae tratando de sacar lo aprendido desde la escuela primaria, que son conocimientos óptimos para la estética naturalista-psicológica pero no para la mía. Una vez que logré sacar la contaminación del sistema, se pasa a la segunda etapa que es cuando se comienza a desarrollar la técnica. La tercera es la etapa meramente narrativa que consiste en comprender cómo se cuenta desde este método de trabajo que rechaza el modelo lógico-racional literario que ha organizado al teatro que más se hace. Es por eso que puede pensarse que mi creación es elitista, porque demanda un trabajo de alteración de las leyes que rigen la modelación del cuerpo para poder resignificarlo y metaforizarlo.
-Ese rigor y ese trabajo sobre el cuerpo, ¿implica algún tipo de dolor?
-No sé si es dolor. Es forzar los límites. Creo que siempre los límites están puestos en un proceso intelectual en donde la gente se acomoda. No es únicamente en una Olimpíada en donde la gente debería poder ampliar sus marcas. Nosotros nos marcamos un ritmo de vida que nos lleva a acomodarnos. Es por eso que yo hablo de un "teatro inestable". Porque en mi teatro no hay certezas. El hombre que responde con una velocidad absoluta a las demandas de la vida va a responder de manera automática. Ese hombre responde lo que se espera que responda. Este trabajo demanda una gran humildad en donde uno entienda que no está para agradar a nadie. La gente que elige esto es gente especial. Por eso alguna vez me han preguntado si yo era "gurú" porque trabajaba mucho con una concepción profunda y filosófica del hombre. Y no lo soy, pero sé que si no trabajo con el hombre nunca podré trabajar con el artista. Yo necesito saber quién es el hombre con el que estoy y cuáles son sus límites para poder forzarlos y eso, tal vez, implique una cuestión de dolor, pero por sobre todo dolor de aquello que perdés. Porque si vos elegís estar en mi grupo, en mi proyecto, estás dejando otras cosas, resignándote a ser un tipo sin mucha plata, sin mucha fama. Pero sos un convencido. Y un convencido es alguien que deja un surco.
La cuna vacía
De Omar Pacheco
La Otra Orilla, Urquiza 124.
Viernes, a las 22; sábados, a las 21.
Cuando se detiene la palabra
Un libro y una nueva obra para el año que viene
Como parte de la celebración por sus 34 años de carrera acaba de publicar su nuevo libro, Cuando se detiene la palabra. En él realiza un recorrido por sus años de trabajo y por su estética. Y mientras el libro comienza a recorrer las librerías, Pacheco sigue trabajando, a su estilo -esto es, sin fecha posible de estreno- su próximo espectáculo. La última vida, tal será su nombre, refiere a la sensualidad del encuentro con la muerte. "Nuestra cultura, afirma, nos enseña a temer y odiar la muerte. Lo que yo propongo desde una filosofía muy concreta es que lo que no quiero es el deterioro. Y dado que la muerte es algo natural puede ser visto con sensualidad. La historia sería la de un individuo que decide que ya terminó su tiempo pero la muerte, su compañera, ha decidido otra cosa: otorgarle la eternidad. Así se ve condenado a la repetición perpetua".
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