Orfeo, ese antiguo transgresor

Orfeo y Eurídice, ópera de Christoph W. Gluck / Dirección escénica: María Jaunarena / Dirección musical: Hernán Schvartzman / Dirección de coro: Hernán Sánchez Arteaga / Iluminación y escenografía: Gonzalo Córdova / Elenco: Martín Oro (Orfeo), María Goso (Euridíce), Victoria Gaeta (Amor) / En el Teatro Avenida / Nuestra opinión: muy buena
En el mito de Orfeo y Eurídice se traza la genealogía misma de la ópera: la primera que sobrevivió en la historia fue Eurídice, de Jacopo Peri, y la más antigua en ser todavía representada es L'Orfeo de Monteverdi. Gluck, con su versión de esta tragedia, viene a darle un giro estilístico decisivo al género, en el que la simpleza de la trama -que no alude jamás a la falta de profundidad- está expresada por la poesía servida de la música, sin más distracciones.
En una puesta audaz, María Jaunarena no esquiva los desafíos y se juega por las intervenciones: asistimos a la muerte de Eurídice, sabemos explícitamente el porqué, el cuándo, el cómo. Y sabemos que en ese momento Orfeo estaba absorto en su hacer musical. Todo esto, lejos de distraer con trivialidades anecdóticas, enriquece la lectura de una tragedia clásica y aporta un giro moderno sin abusar del sentimentalismo. Obligado por la fatalidad, Orfeo atraviesa su propio infierno en busca de su amada, lleno de culpa y rodeado de un oscuro erotismo, abrazado a su instrumento como única arma contra los demonios.
Martín Oro (Orfeo) lleva adelante, con gran capacidad en su cuerda y presencia escénica, una compleja tarea: sostener vocal y dramáticamente una obra que encuentra su devenir atomizado en su personaje. María Goso (Eurídice), quien ya ofreció una fantástica Viuda Alegre en esta temporada, vuelve a deleitarnos con su musicalidad y naturalidad interpretativas. La soprano Victoria Gaeta (Amor) se lució vocalmente, y con sus juguetonas entradas aportó momentos de gozo en medio de tanta adversidad.
La iluminación es una clave en la lectura de la puesta, instalando con gran precisión las atmósferas y transiciones entre escenas. El uso del video es sutil y completamente justificado, lo que constituye toda una proeza para una propuesta contemporánea. Los textos órficos recitados se cuelan en el registro imaginario de Orfeo en su travesía por el infierno, y junto a los gritos de los enfermeros (en las fatídicas horas de la muerte de la esposa) se constituyen como un señuelo para la atención sobreexplotada y multitasking de nuestra época.
En la convergencia de los lenguajes se podría pensar que el coro y la orquesta corren peligro de quedar solapados bajo el tráfico de información; nada de eso ocurre en este Orfeo, en el que la tarea de los directores de coro y orquesta hace de la música un sutil y contundente soporte del drama, como Gluck lo hubiese deseado.
Esta puesta es tan desafiante como enriquecedora. Jaunarena aporta una lectura psicológica, actualizada, íntima, en la que finalmente el héroe sólo puede volver al lado de su amada a través de su arte.
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