
Otra estrella para el rock
Hoy sale a la venta el esperado nuevo disco de La Renga
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"La Renga", a secas. El nuevo disco de la banda no necesita presentaciones retóricas o, en todo caso, alcanza con una estrella de cinco puntas, colmada de sentidos para quien quiera leer. Eso es todo lo que se ve. Por dentro, en cambio, no hay tregua. Once temas y cuarenta y dos minutos de un rock sólido y potente que sirve para poner la pasión en el lugar de la búsqueda. No en la de las máquinas o experimentaciones con sonidos, sino en ese punto en que el rock es la expresión del camino que inevitablemente el guerrero ha debido tomar. Y los músicos de La Renga lo hacen de la única manera en que puede ser hecho: sin dudas ni titubeos.
La banda no da respiro y suena potente hasta en los temas menos fuertes de los once que componen este quinto disco. Un rock visceral, apasionado y cada vez mejor trabajado y producido -nuevamente, como en "Despedazado por mil partes", la producción artística volvió a estar en manos de Ricardo Mollo-, pero que no pierde el norte de su brújula: como dice la letra de "El terco", es el instinto el que limpia el cristal del que busca los caminos con corazón.
La Renga, además, devuelve el mensaje y, cuando Chizzo canta que "es tu canción la que quiero oír en mi voz", se hace eco de aquellos que encuentran en la banda las palabras y el sonido que dibujen sus propios ensueños y batallas.
Las bases potentes del bajo de Tete y la batería del Tanque permiten que las guitarras dibujen. O que, cada uno de los instrumentos diga lo suyo en ese espacio más allá de la palabra. Además se suman los bronces y la armónica de Manu y Chiflo que agregan matices y fuerza.
Salvo "El terco" y "Reíte", que ya habían sido presentados el año pasado en los recitales, el resto de los temas fueron cocinados en unas cuantas semanas intensas en las que todo sucedió. Las músicas y las letras aceptaron la cita para que la música tenga lugar y que pudiera ser llevada, en el estudio El Pie y con Gustavo Borner en los controles, a su definitiva forma de disco.
Allí está la potencia de "Tripa y corazón", un acelerado "El hombre de la estrella", ese que canta a aquel que pervive y habla de las rabias que no mueren aunque maten al perro, el que fue para que "sin perder la ternura jamás, aprendieras a endurecerte" y "Me hice canción", con letra de Fernando Vera, un nombre que los seguidores de La Renga conocerán por El Precipicio, la habitual publicación que la banda reparte desde hace unos años en sus recitales.
La vida y la muerte están por allí agazapadas -y no es la primera vez- en dos temas que se suceden. El primero, "Cuando estés aquí" es una hermosa canción de bienvenida. En "El twist del pibe", en cambio, la voz de Chizzo se hace más ronca aún para hablar de citas irremediablemente pendientes. Y no es de vaivenes del amor de lo que está hablando, sino del definitivo revés entre la vida y la muerte. Tema enérgico, con saxos a pleno, en el que la muerte no es ya una enemiga, sino esa conocida que camina al lado nuestro.
Pero para fiesta, cuando por fin toquen en vivo, estará "El revelde" (así con v corta, de valentía y vencer). Himno de rock que sintetiza la sensación de fuera de lugar de aquellos que no creen en partidos políticos ni en religión, de los que ven el mundo al revés de lo habitual. Que aman el "rock , el maldito rock" y saben que "ser socio de esta sociedad me puede matar".
Es el "caminito al costado del mundo" que es el que la Renga eligió transitar. Y que tiene su historia. No sólo por los diez años de la banda, sino porque se entronca con un rock argentino que comenzó hace treinta años y que aunque a veces parece diluirse, allí sigue, buscando la ruta de su pasión. Aquí no hay sonidos alternativos, sónicos, grunge ni electrónicos, éste es el rock argentino que supimos parir, el que aprendió a ser, casi desde su inicio, algo más que un estilo más dentro de una galería. Aquel en el que la música era una parte dentro de una manera diferente de ver el mundo.
Por eso, "Ser yo", último tema del disco, suena a los setenta locales por sus cambios de ritmo y su no sujeción a los tres acordes básicos, pero también por su letra, que apela nuevamente a la sed verdadera, a que no te distraigas, a que no te roben tu oportunidad de ser vos mismo, ni "quieras que otros sangren tu herida". A recordar que uno no puede parirse a sí mismo sin dolor.





