A qué se dedica Darío Giordano y quién es su actual mujer
Trabajaba como técnico en Telefe y se casó con Romina Yan en 1998; su nombre quedó en la mira tras el testimonio de uno de sus hijos sobre los malos tratos que habría recibido en su infancia
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Darío Giordano quedó en el ojo de la tormenta tras las declaraciones de su hijo, Valentín Yankelevich. El joven contó las actitudes violentas que habría ejercido su padre contra él durante su infancia y, horas más tarde, Giordano negó las acusaciones a través de un comunicado.
De bajo perfil, con escasas apariciones en los medios de comunicación, el productor televisivo y de espectáculos musicales se casó con Romina Yan en 1998 y tuvo tres hijos -Franco, Valentín y Azul- con la recordada actriz. Además, es padre de un cuarto hijo, fruto de su segundo matrimonio.

Giordano es el propietario de Nuba Producciones, una empresa que se encarga de la organización de distintos eventos vinculados al mundo audiovisual. Según el sitio IMDb, estuvo a cargo de la producción de las tiras televisivas Provócame (2001) y Kachorra (2002). Más cercano en el tiempo, se desempeñó como productor ejecutivo de los espectáculos musicales de Tini Stoessel (Tini Tour 2022 y TINI Tour 2022: la despedida del año) celebrados en el Hipódromo de Palermo y el Campo Argentino de Polo.
Después de la abrupta muerte de Romina Yan, en 2010, de a poco Giordano fue reconstruyendo su vida amorosa. En 2012, conoció a Miren Algañarás, una chef rosarina que tenía un negocio en Palermo, y en ella se refugió de tanto dolor vivido en el pasado. Su nombre había resonado en los medios un tiempo antes de que se supiera que estaba con Giordano debido a un breve romance que mantuvo con el actor Mike Amigorena. Se casaron en 2014, en una ceremonia secreta, y juntos tuvieron otro hijo, Dante.

Actualmente Argarañás se describe en su cuenta de Instagram como una “cocinera estacional” y tiene su perfil privado. Según trascendió, la chef gestiona un emprendimiento gastronómico en Chapadmalal y Giordano se encontraría trabajando junto a ella.
El comunicado de Darío Giordano
Soy una persona simple. Me crié en un barrio, rodeado de amigos y, sobre todo, de mucho amor. Nos enamoramos profundamente con Romina y decidimos formar una familia. De ese amor nacieron nuestros tres hijos, que fueron y siguen siendo lo más importante de mi vida. Fuimos padres muy jóvenes, aprendimos mientras construíamos nuestra propia historia y compartimos sueños, alegrías y dificultades, como cualquier familia.
La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella. De un día para otro perdí a mi compañera, a la mujer que amaba y a la persona con la que había imaginado pasar el resto de mi vida.

Pero no tuve tiempo de detenerme. Había tres chicos que también habían perdido a su mamá y que necesitaban a su papá. Desde entonces, todo cambió.
Muchas personas quisieron ayudarme. Todos tenían una opinión sobre lo que debía hacer, cómo debía seguir y cómo tenía que criar a mis hijos. Agradezco la ayuda de quienes estuvieron cerca en ese momento, pero viudo a los 36 años y en medio de ese dolor había algo que tenía absolutamente claro: quería estar con mis hijos y seguir siendo su papá.
Sin embargo, a la pérdida de Romina se sumaron conflictos y situaciones que jamás hubiera imaginado atravesar. En el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida, cuando intentaba reconstruir una familia atravesada por una ausencia irreparable, también me encontré teniendo que defender mi lugar como padre.
Y no siempre fue en igualdad de condiciones. Hay personas poderosas que tienen la posibilidad de instalar su versión de una historia. Otras, como yo, apenas tenemos nuestra palabra. Pero la exposición pública, los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.
Tuve que aprender a vivir con la ausencia de Romina y, al mismo tiempo, acompañar a tres chicos que también habían perdido a su mamá. No fue fácil. Seguramente cometí errores. Nunca pretendí ser un padre perfecto. Hice lo que pude, con las herramientas que tenía y en circunstancias que jamás hubiera imaginado atravesar.

Pero una cosa es reconocer mis errores como padre y otra muy distinta es aceptar que se construya sobre mí una imagen que no reconozco. Hoy me encuentro frente a acusaciones públicas de una gravedad enorme que me producen un profundo dolor.
Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia. Estas cuestiones fueron objeto de una causa judicial y considero importante que se conozca lo que efectivamente resolvió la Justicia, se trata de una causa en la cual fui sobreseído en el año 2018. Como siempre sostuve, esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron y por lo tanto nunca fueron comprobados.
Además de Franco y Valentín, tengo dos hijos más, Azul y Dante. Estoy seguro que ellos no reconocen vivir ni haber vivido ninguna situación como las que escuchamos estos días en los medios. Siempre me resultó extraño que alguien ayudara a salir de un hogar supuestamente violento a dos menores y dejara allí a una pequeña de apenas siete años. Hoy una hermosa mujer de 20, que estudia en el exterior, y cada vez que retorna al país vuelve a nuestra casa.
Pero hay algo que para mí es todavía más importante. No voy a discutir públicamente con mi hijo Valentín. No voy a responderle a través de los medios de comunicación. No voy a cuestionar sus sentimientos ni a exponer episodios de nuestra intimidad familiar para intentar demostrar que tengo razón. Lo amo y siempre lo amaré con toda mi alma, como lo amamos con Romina desde el momento en que decidimos traerlo a este mundo. Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso y puedo entender su angustia.
No escribo esto para enfrentarme con nadie ni para volver a abrir heridas del pasado. Pero tampoco puedo seguir aceptando que mi silencio se interprete como una confirmación de todo lo que otros dijeron sobre mí.
Durante todos estos años elegí mantener mi vida familiar en la intimidad. Nunca quise convertir nuestro dolor en un espectáculo público, porque siempre entendí que mis hijos necesitaban preservar sus recuerdos, sus sentimientos y su historia. Aún cuando en el dolor tuve que entender que la historia no era como yo la había vivido. Entre otras cosas, nunca pudimos entender con claridad que paso aquel 28 de septiembre de 2010.
Mis hijos tienen derecho a sus sentimientos, a sus recuerdos y a construir su propia mirada sobre nuestra historia. Yo también tengo mi historia, mis recuerdos y mis dolores, que por respeto decidí guardármelos, por eso no creo que debamos discutirlos frente a las cámaras.

Lo que sí me resulta profundamente injusto es que una historia familiar tan dolorosa termine convertida en una disputa pública en la que parece tener más razón quien tiene más poder para hacerse escuchar.
Durante años vi cómo se hablaba de mi familia, de mis decisiones y de mi rol como padre. Muchas veces sentí que se juzgaba mi vida desde afuera, sin conocer lo que verdaderamente significaba atravesar esa pérdida y tratar de seguir adelante.
Nunca quise utilizar ni lucrar con el dolor de mi familia. Nunca busqué cámaras ni titulares para defenderme. Y sigo creyendo que el amor por mis hijos debería estar por encima de cualquier diferencia personal, de cualquier disputa de poder y de cualquier necesidad de tener la última palabra. En ese camino he resignado muchas veces cuestiones de índole personal e incluso material.
Proteger a una familia no debería significar enfrentar a quienes la integran, y mucho menos convertir el dolor de mis hijos en una discusión pública entre adultos, aun cuando entiendo que alguno de ellos no puedan procesar el dolor que la partida de Ro significó para todos nosotros.
Sé que esta decisión puede tener un costo enorme para mí. Sé que habrá quienes me me condenen sin escuchar mi versión. Pero ser padre también significa estar dispuesto a soportar ese costo antes que iniciar una batalla mediática que solo puede provocar más dolor.
No escribo estas palabras para pedir compasión ni para convencer a nadie de que fui un padre perfecto. Las escribo porque tengo derecho a defender mi nombre, mi historia y mi lugar como padre.
No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros.
Por encima de cualquier acusación, de cualquier conflicto y de cualquier diferencia, hay algo que nunca cambió: soy el papá de mis hijos. Los amo profundamente. Los amé desde el primer día y los voy a amar siempre.
La respuesta de Gustavo Yankelevich
Este martes, horas después de que el comunicado de Giordano saliera a la luz, Gustavo Yankelevich volvió a hablar sobre la denuncia de su nieto Valentín y rechazó las afirmaciones vertidas en la defensa de su exyerno.
“Él dijo que fue sobreseído, pero fue porque la causa cayó, no porque no haya sido culpable. No es inocente”, explicó el productor. Yankelevich detalló que las pericias fiscales obligaban a sus dos nietos a encontrarse cara a cara con su padre y que, debido a que los niños “le tenían miedo” y se negaron, la causa se cerró sin una condena.

La notificación que hizo pública Giordano expresa que la causa por “lesiones leves agravadas por el vínculo” fue archivada por prescripción, es decir, porque pasó demasiado tiempo sin que el proceso avanzara hasta una sentencia firme.
“La gente de la Oficina de Violencia contra Niños, Niñas y Adolescentes actuó de oficio al tratarse de golpes y violencia; ellos hicieron la denuncia penal, no nosotros. Lo que nosotros queríamos era la tenencia, no hacerle un juicio al padre”, explicó Yankelevich en diálogo con Radio Mitre. “Ellos lo veían y se hacían encima, tenían pánico. Cuando citaron a los chicos para la cámara Gesell, ellos fueron, iban a entrar pero el que estaba parado en la puerta era el padre. Me dijeron que no podían hablar porque él estaba parado ahí”, relató.
El productor de televisión detalló que le comunicó la situación a la fiscal responsable y que ella le respondió que Giordano estaba amparado por la ley y tenía permitido estar ahí. “Yo les dije: ‘Chicos, no va a salir’, y ellos me dijeron que no les importaba porque igual no le iban a hacer un juicio. Fui a hablar con la fiscal y le dije ‘los chicos se van’. Ella respondió: ‘Si ellos se van, esto se cierra’”, recordó.
Sin embargo contó que más tarde Valentín, el menor de los dos hermanos varones, tuvo que enfrentarse a su padre. “La asistente social dijo que le pidieron que se vea con el padre y él no quería, así que la causa iba a seguir. Yo le pedí a Valen que hiciera el encuentro en la oficina de los asistentes sociales así esto se terminaba. Pusieron la fecha y se encontraron los dos ahí; le dijo de todo y ese día me dieron la tenencia definitiva”, señaló.
“Los chicos están contando la verdad, no ‘su’ verdad. No hay nada de poderoso ni nada. Estuvimos tres años y medio lidiando en Tribunales. Primero un juez; después una jueza que siguió el caso; más tarde una apelación de él que fue a Casación”, contó el empresario y remarcó: “Ellos lo grabaron, presentaron como pruebas videos y varios audios. Yo tenía un objetivo: salvar a los chicos de ese infierno. Esto no es de un tipo poderoso, es de un abuelo. No habla un empresario, habla un abuelo que le puso mucha garra a que esto suceda, a que los chicos salieran adelante”.

También contó cómo fue la reacción de su nieto Valentín —quien hizo pública la denuncia al contar lo sucedido en una entrevista— al leer el comunicado de su padre. “Me llamó Valentín y me dijo: ‘¿Vos leíste esto? Tenía la posibilidad de pedir perdón, de decir que se equivocó. Lo hubiera dejado mejor parado que insistir con que es inocente y no tiene nada que ver…’. Pero cada uno es lo que es", reflexionó.
Luego Yankelevich cerró: “Los que niegan pueden ser psicópatas que niegan todo. Nosotros aprovechamos para ver si esto puede servir para que los chicos que tienen temas en su casa tengan la oportunidad de ser escuchados. En las familias hay algunos que niegan y otros que la dejan pasar: a los que niegan no se les va a pedir que no nieguen, pero a los que la dejan pasar, que no lo hagan, que se metan. Es un daño físico y psíquico, y cuesta remontarlo después”.
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