En una charla íntima con ¡Hola!, habla de su vida al lado del artista: "Nuestra relación estuvo basada en la locura y la admiración"
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Lo último que me propuso fue si quería pintar con él. Cuando lo internaron estaba pintando un cuadro y, en la clínica, me preguntó: ‘¿Te animás a terminarlo?’. Obviamente, la obra quedó inconclusa, pero fue importante esa conversación, que me pidiera eso me dio un orgullo tremendo". Así recuerda Naná Gallardo su última conversación con Rogelio Polesello, el gran artista plástico que murió el 6 de julio de 2014, a los 74 años.
A poco más de un año de su partida, ella –su musa inspiradora, la mujer que estuvo a su lado durante veinte años– abre en exclusiva para ¡Hola! Argentina las puertas de la casa que compartieron en Colegiales. Rodeada por obras que resumen más de cinco décadas de actividad, se sincera en una entrevista única –la primera– tras la partida de su queridísimo "Pole", que la cautivó con su genio a principios de la década del 90, en la galería de Ruth Benzacar.
–El 25 de junio, se inauguró en el Malba una retrospectiva de Polesello, algo que él mismo quiso hacer pero nunca concretó. ¿Por qué?
–Marcelo Pacheco [crítico de arte y excurador en jefe del museo] y Eduardo Costantini tuvieron la idea de hacerla hace cinco años. El tema es que él [Polesello] postergó la muestra tres veces. Su plan era hacer una gran retrospectiva, pero como nunca llegaba a juntar toda la obra que quería mostrar, la dejaba para más adelante. Además, soñaba con hacer instalaciones y fantaseaba con tirar abajo una pared del museo, ¡como si el Malba no fuera lo suficientemente grande para su producción! [Se ríe].
–"Polesello joven" finalmente vio la luz días antes del primer aniversario de su muerte…
–Victoria Giraudo [coordinadora ejecutiva del Malba] me llamó para comentarme que estaban pensando en enfocar la muestra en su producción más joven: querían aprovechar su archivo, que es muy rico y prolijo, para apuntalar y "sostener" la selección de obras. No lo dudé: fue automático. Cuando me preguntó, le dije que sí, que bajo ningún punto de vista dejáramos el proyecto trunco, e inmediatamente pusimos manos a la obra con el equipo del museo y con Verónica Rossi, que es una gran historiadora y archivista.

–¿Qué te motivó a decir que sí?
–Me movió la admiración que siempre sentí por él. Soy la fan número uno de su obra, estuve detrás de su talento y de su trabajo siempre, apuntalando su producción con registro fotográfico, con archivo, con los títulos de los cuadros… Llevo su obra como bandera desde siempre y, de hecho, fue lo que me atrapó de él desde un principio. No fallarle en su útimo deseo y lograr que todo volviera a tener un sentido era fundamental para mí.
–¿Qué sentiste cuando la muestra estuvo lista?
–Tardé varios días en verla: no podía enfrentar la situación, no sabía cómo lidiar con la idea de que el proyecto que lo desveló durante tanto tiempo fuera realidad y que él no estuviera. Cuando la vi, me largué a llorar de la emoción. No podía parar, sentí un orgullo inmenso y mucha tristeza. Supe, en ese instante, que él habría estado feliz con lo que logramos. Le hubiera fascinado ver cómo la gente interactúa con su obra, que sigue siendo joven y moderna, como él.
–Poco se sabe de cuándo y dónde se conocieron con Polesello.
–Te cuento lo que quieras, pero ¡no empecemos con los años para sacar mi edad, que es secreto de Estado! [Se ríe]. Nos conocimos a principios de los 90 por un amigo en común, Federico Peralta Ramos [artista dadaísta que murió en 1992, ícono y figura de los 60], que un día me dijo: "Vamos a la muestra de un amigo en Ruth Benzacar". Cuando llegamos, Polesello estaba montando su muestra y Ruth lo retaba porque todas las obras estaban sin titular, algo que siempre le costó mucho.
–¿Fue amor a primera vista?
–¡Para nada! En aquel entonces él estaba de novio con una rubia divina y ni me miró. Pasaron tres años hasta que un día vino a hablarme en una muestra en el Centro Cultural Recoleta y nunca más nos pudimos soltar. Lo nuestro siempre estuvo rodeado por arte.

–¿Qué te atrajo de él?
–Siempre fue muy divertido. Recuerdo que me fascinó su pelo blanco, que llevaba suelto y sin peinar, y el piloto que usaba en ese entonces, que me hacía acordar a Darío Grandinetti en El lado oscuro del corazón, la película de Subiela.
–¿Y qué le gustó a él de vos?
–Lo mismo que después lo hacía renegar: ¡mi carácter! Si bien soy muy flexible en muchos aspectos –me encanta trabajar en equipo y que los otros brillen de verdad–, cuando algo es "no" es "no".
–¿Cómo describirías el amor que los unió?
–Tormentoso y un poco incestuoso, porque yo tenía una imagen un tanto paternal de él. Fue una relación basada en la admiración y en la locura, porque teníamos una conexión rara o un entendimiento medio psíquico. Un día yo le contaba de una muestra a la que había ido y él aparecía con un catálogo del mismo artista que había comprado en una librería esa misma tarde, por ejemplo.
Después, nos unía la pasión por el arte en general. Eso era algo muy lindo de él: era talentoso y, a su vez, sentía avidez por el conocimiento y por el contacto con otros artistas.
–Desde afuera se los veía apasionados y explosivos.
–Sí, eso era lo que causábamos en los demás. Lo que pasa es que cuando los artistas son tan geniales, su arte y su ego arrasan con todo.
–¿Tenían un método para recobrar la paz?
–No sé cómo hacíamos, pero de alguna manera resolvíamos las peleas. Nuestras personalidades eran muy fuertes y nuestra conexión también. El decía que yo era como un caballo de carrera, le encantaba ese costado mío indomable y animal. A su vez, si bien en la cotidianidad teníamos nuestras "guerras", en el fondo él tenía claro que yo siempre le sacaba las papas del horno. Podíamos discrepar en mil cosas, pero quien finalmente resolvía una situación equis era yo.
DECIR ADIOS

–El 6 de julio se cumplió un año de su muerte. ¿Qué es lo que más extrañás de él?
–El diálogo que teníamos y su presencia física porque, hasta la última internación, yo sentía que Polesello iba a vivir cien años. Si bien había estado internado bastantes veces porque nunca se cuidó, su contextura física era fuerte.
–Su muerte fue sorpresiva: no se sabía que estaba mal…
–No se sabía porque se lo veía superbien, pero el declive empezó cinco años antes, cuando le pusieron una prótesis de rodilla. Fue una operación de la que pensé que no salía porque ya no era joven, tenía sobrepeso, insuficiencia renal y cuatro stents. Desde ese momento, su salud fue una preocupación constante para mí. Los últimos años fueron de mucha angustia, de pasar noches enteras en el sanatorio a su lado.
–Se dice que cuando Polesello murió, ustedes ya no estaban más juntos...
–Si bien muchos creían que estábamos separados, nunca nos pudimos soltar del todo. Desde los comienzos fuimos una pareja de artistas, con sus propias reglas, sus propios códigos y su propia moral. Nunca dejé de vivir en la casa que compartimos, estuve en cada una de sus internaciones y en todos sus proyectos, porque si bien iba a algunas reuniones solo, yo lo acompañaba en todos los procesos.
–¿Lograste superar su muerte?
–El duelo es raro y creo que uno lo lleva consigo toda la vida. Lo más difícil de la muerte de alguien que querés es saber que podés vivir con eso, que lo sobrevivís. Su última internación fue muy traumática y muy dolorosa [Polesello estuvo internado veinticinco días antes de morir]. Quedé en shock, atrapada en esa película, y me costó mucho salir de esa sintonía. Después, me aferré a la organización de la muestra, que me mantuvo a flote.
LA VIDA SIN EL
–¿Te quedan cuentas pendientes con Polesello?
–No, después de la muestra ya no.
–¿Te hubiera gustado casarte con él, tener hijos?
–No se dio y fue por decisión mutua. El, de hecho, quiso casarse varias veces conmigo, pero nunca llegamos a concretarlo.
–¿Cómo es vivir rodeada por el arte de alguien que no está más?
–Este es un ámbito natural para mí, no podría vivir de otra manera que no sea rodeada por su arte. Su obra nunca me va a cansar. Vivir con ella y con la colección de libros de arte que construimos juntos me encanta. También me gusta escuchar música, otra pasión que compartíamos.
–La casa lleva su impronta, ¿cuál es la historia de este lugar?
–El proyecto fue de Carlos "Dudy" Libedinsky, pero hubo razones, que no tengo en claro, por las que no terminó la obra. Sé que el proyecto fue de él y todo estuvo basado en el gusto y en el criterio de Polesello, que quería tener una casa moderna, geométrica y con espacios generosos donde anclar la obra.
–Es llamativa la cantidad de objetos que coleccionaba, desde floreros de cristal hasta teléfonos inalámbricos, pasando por perros de Fu y juguetes.
–Se obsesionaba con objetos muy específicos durante un tiempo y era muy gracioso ver lo mucho que disfrutaba cuando finalmente adquiría lo que deseaba. Era casi como un juego para él y los objetos, como golosinas. Coleccionaba por tandas: hubo un momento en que se fascinó con los cepillos de dientes, entonces compraba de todas las formas, colores y formatos posibles y hubo otro momento en el que los teléfonos inalámbricos fueron furor. La obsesión por los peines, en cambio, fue permanente.
–¿Con qué soñás, qué te gustaría para tu futuro?
–Sueño con una vida llena de amor y con llevar adelante un montón de proyectos míos que quedaron suspendidos. En relación con Polesello, voy a seguir haciendo todo lo que esté a mi alcance para perpetuar su obra, su identidad y la magnitud de su legado. Sueño con que Polesello llegue a los jóvenes y que cada vez más personas conozcan su obra.
Texto: María Güiraldes
Fotos: Tadeo Jones
Asistente de fotografía: Hernán Balducci
Producción: Ana Markarian
Asistente de producción: María Belén
Bargiela y Darío Plant
Maquillaje y peinado: Cecilia Rezzio, para Sebastián
Correa Estudio, con productos Lancôme
Agradecimientos: Crisol Panadería, Didot
Estudio, Flores One Way, La Mercería, Luna Garzón
y Pablo Ramírez
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