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Amores sin ficción

Alfred Hitchcock y Alma Reville: una simbiótica sociedad que sobrevivió a las obsesiones del director

Guillermo Courau
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7 de agosto de 2019  • 00:52

Un año y un mes antes de su muerte, a Alfred Hitchcock le llegó el reconocimiento cinematográfico más grande de su carrera: el Premio a la Trayectoria otorgado por el American Film Institute. El director al que Hollywood le había negado cinco veces el Oscar, finalmente tuvo su esperado homenaje.

Débil, con dificultades para moverse pero con su habitual elocuencia, Sir Alfred dijo ante cientos de colegas y personalidades del cine, que lo escuchaban de pie y en reverencial silencio: "Pido permiso para mencionar por su nombre a solo cuatro personas a las que le debo el más profundo cariño, reconocimiento, apoyo y colaboración permanente. La primera de ellas es la montajista de mis películas; la segunda, la guionista; la tercera es la madre de mi hija Pat; y la cuarta es la cocinera que ha conseguido los más maravillosos milagros en una cocina doméstica. Sus nombres son Alma Reville. Si la hermosa señorita Reville no hubiera, hace 53 años, aceptado un contrato para toda la vida como Señora Hitchcock, el Señor Alfred Hitchcock quizás estaría esta noche aquí, pero no en esta mesa, sino como uno de los camareros más lentos de la sala. Comparto mi premio con ella, como he hecho con mi vida". A su lado, Alma Reville lloraba detrás de sus lentes de aumento. Era la noche del 7 de marzo de 1979.

Hitchcock y Reville, durante la ceremonia de los premios AFI de 1979
Hitchcock y Reville, durante la ceremonia de los premios AFI de 1979 Crédito: Imdb.com

Alma Lucy Reville había nacido un día después que su famoso esposo, el 14 de agosto de 1899. Su amor por el cine se despertó desde muy joven, desde chiquita para ella el mejor programa era ir con su madre, Lucy Owen, a ver las películas que se exhibían en Twickenham, al oeste de Londres. La nena vivía cerca de los estudios de la London Film Company, y cada tarde se iba en bicicleta a ver cómo filmaban. Así en 1915, a los 16 años, y a instancias de un vecino, consiguió trabajo como ayudante de montaje; al poco tiempo sumó labores continuista, revisando vestuario, gestos y todos los detalles lógicos que debían sostenerse entre una escena y la siguiente. Mientras hacía este trabajo, en 1921, conoció a un chico de su misma edad que andaba de estudio en estudio haciendo tareas menores. Nunca se imaginó que con los años se convertiría en "el maestro del suspenso", y también en su marido.

El inicio de una sociedad indestructible

Una noche, el teléfono sonó en la casa de los Reville, y Alma escuchó como del otro lado de la línea, una voz pausada le decía: "¿La señorita Reville? Habla Alfred Hitchcock. He sido contratado como ayudante de dirección de una nueva película, y me pregunto si aceptaría usted un puesto como montajista en ella". De férrea educación cristiana conservadora, Hitchcock se caracterizó toda su vida por su timidez casi fóbica y su inseguridad. Su personalidad nada tenía que ver con la intrepidez de los personajes de sus películas; por el contrario, la tarea de sus criaturas cinematográficas era precisamente exorcizar los demonios que cargaba desde la infancia.

El noviazgo de Hitchcock y Alma comenzó al poco tiempo de ese llamado, pero fue imperceptible para el resto por la excesiva precaución del novio. Apenas alguna charla posterior, casi siempre cinematográfica, después del trabajo y café de por medio. Era su manera de seducirla, la única que se sentía capaz de ejercer.

El director y la mujer que se convirtió en su mano derecha
El director y la mujer que se convirtió en su mano derecha Crédito: Imdb.com

Pasaron varios meses hasta que llegó el pedido de compromiso, en un entorno que bien podría haber sido una escena de película. Así lo contaba el realizador: "El día que me declaré a Alma ella estaba tendida en la litera superior del camarote de un barco. El barco se agitaba de modo desesperado, igual estaba Alma, tremendamente mareada. Cuando terminé, ella dejó escapar un gruñido, asintió con la cabeza y eructó. Fue una de mis mejores escenas, tal vez con poca fuerza en su diálogo pero magníficamente representada, sin exageraciones".

La mujer que sabía demasiado

Alma y Alfred se casaron el 2 de diciembre de 1926 luego de que ella, por exigencia de su futura suegra, se convirtiera al catolicismo. Por entonces, Hitchcock ya había dirigido tres películas. Este, lejos de ser un dato anecdótico era un síntoma de su rígido y conservador razonamiento: "Primero deseaba convertirme en un director de cine, y después en el marido de Alma. No debido a una preferencia emocional, por supuesto, sino a que tenía la impresión de que el poder implícito obtenido con lo primero era necesario para obtener lo segundo".

Desde aquel primer llamado telefónico, los destinos de "Hitch" y Alma se habían unido también profesionalmente, y no se separarían nunca más. Porque al mismo tiempo que él iba deslumbrando como director, ella lo hacía como montajista y consultora de guión. Gracias a su carácter, Reville fue siempre la del trabajo duro, era mucho más enérgica que su marido, y también la crítica más severa que él tuvo a lo largo de su carrera. Si no le gustaba el corte final de una película, se cambiaba. Si no le gustaba una historia, no se filmaba.

Al matrimonio le gustaba alternar películas con viajes. Eran esos momentos en el que Hitchcock estaba en el mejor de los mundos, rodeado de libros donde encontrar nuevos argumentos, con una mujer en la que podía apoyarse ante cada vacilación, y con el dinero suficiente para darse sus gustos de sibarita. Pero la tranquilidad le duró poco, en la Nochebuena de 1927 recibió una noticia que lo aterró: mientras él le regalaba a su esposa un tapado de piel por Navidad, ella le decía que estaba embarazada.

El nacimiento de Patricia Hitchcock el 7 de julio de 1928 vino a derrumbar esa vida aparentemente perfecta que tenía el matrimonio. Alma comenzó a dedicarse más a la bebé que al trabajo, y su marido tuvo que lidiar con decisiones e inseguridades que creía haber dejado atrás.

El matrimonio junto a su única hija, Patricia
El matrimonio junto a su única hija, Patricia Crédito: The Grosby Group

Mientras aceptaba que su vida estaba en constante cambio -algo que a priori no le gustaba, pero que luego asimiló convirtiéndose en un excelente padre-, el director iba ganando dinero y prestigio. Así comenzaron a pasar por su mesa, algunos importantes intelectuales de la época como los escritores James Hilton y George Bernard Shaw. Admirador de este último, la primera noche que Shaw cenó en su casa, "Hitch" lo esperó con todos los libros que había editado para que se los autografíe. El autor de Pigmalión aceptó, y escribió la misma frase en cada uno de los ejemplares: "Para Alma, que se casó con Alfred Hitchcock".

A lo largo de los casi sesenta años que permanecieron unidos, la línea que separaba lo personal de lo profesional se difuminó lo suficiente como para que, incluso sus amigos más cercanos, no pudieran distinguir si estaban ante un matrimonio o ante dos grandes compañeros de trabajo. Esta sociedad "virtuosa" tuvo el primero de muchos altibajos cuando Hitchcock se asoció con David O. Selznick para empezar a trabajar en Rebeca, una mujer inolvidable (1940).

Mientras Alma tomaba distancia del trabajo para dedicarse al cuidado de la hija de ambos, "Hitch" comenzaba a apoyarse cada vez más en Joan Harrison, su asistente y consultora de entonces, a quién había conocido en Inglaterra y se había empecinado en que lo acompañe a Estados Unidos. Él la adoraba, y a su esposa eso no le gustaba nada.

Atrapado por su pasado

La patólogica timidez de Alfred Hitchcock con las mujeres lo llevó a reprimir muchas veces el deseo de serle infiel a Alma. De acuerdo a sus colaboradores, Joan Harrison fue una de las mujeres con las que fantaseaba. También Ingrid Bergman, a quien dirigió en Cuéntame tu vida (1945), Tuyo es mi corazón (1946) y Bajo el signo de Capricornio (1949); Grace Kelly, su actriz fetiche en La llamada fatal (1953), La ventana indiscreta (1954) y Para atrapar al ladrón (1955); o Vera Miles, protagonista de El hombre equivocado (1956) y Psicosis (1960). Pero a ninguna de ellas le manifestó sus intenciones, apenas si mostraba un exceso de cordialidad y galantería. Pero todo cambió cuando conoció a Tippi Hedren, protagonista de Los pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964), quien por rechazar el acoso manifiesto del director, casi se queda sin carrera en Hollywood.

Hitchock se enamoró de Tippi Hedren luego de verla en una publicidad televisiva, e inmediatamente pidió más información sobre ella. El viernes 13 de octubre de 1961 la entonces modelo dejó sus fotos y videos en una oficina de Paramount, sin saber a quién iría destinado el material. Ese mismo fin de semana, Alfred y Alma acordaron que esa chica sería la protagonista de su nueva película, a lo que el director añadió que confiaba tanto en ella que a pesar de no tener experiencia le haría "un contrato de exclusividad por siete años".

En un primer momento, ni Alma ni los asistentes del director sospecharon nada raro. Lo obsesivo que se mostraba con la novel actriz era parte de su estilo. Como había hecho en el pasado con Grace Kelly y Vera Miles, Hitch pidió a la vestuarista Edith Head que le diseñara a la flamante actriz una serie de modelos para la película, "y otros para su vida cotidiana".

Fragmento de la película Los pájaros, de Alfred Hitchcock - Fuente: Youtube

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Hedren contaría mucho tiempo después: "Me pareció sorprendente. Gastó más dinero en regalarme ropa que en mi sueldo de un año, incluso había un collar de perlas. Más tarde supe que él pensaba que el collar que llevaba el día que nos conocimos era demasiado grande para el vestido que tenía. Y pensó que 'tenía que hacer algo al respecto'".

Sin embargo, las cosas se volvieron mucho más intensas y psicológicamente violentas. Las conversaciones a solas durante el rodaje de Los pájaros para discutir alguna escena eran casi diarias, lo mismo que la afición de él a darle Martinis para que "se relajara", y una serie de situaciones poco agradables. La diaria incomodidad de la actriz se mantuvo durante el rodaje, que además fue complejo y caótico. Cuando este concluyó, Hedren creyó que la pesadilla había terminado. Pero todavía faltaba lo peor.

Disparen sobre el director

Ya durante la gira de promoción de Los pájaros, el director confirmó a la prensa que su próxima película sería Marnie, la ladrona, y que veía muy posible que significara el regreso a la pantalla de Grace Kelly, quien había dejado el mundo del cine para casarse con el Príncipe Rainiero de Mónaco. Esto no sucedió, por factores externos a los deseos de todos. La situación del Principado por entonces le exigía a los monarcas una imagen de austeridad alejada de las frivolidades. Así fue como la princesa desistió del proyecto, y Hitchcock puso nuevamente el nombre de Tippi Hedren sobre la mesa. Y como ella estaba todavía bajo contrato, aceptó.

Los embates del director comenzaron desde la preproducción misma. Hedren comenzó a recibir regalos junto a cartas donde el realizador la llenaba de halagos apasionados. Para que "estuviera más cómoda" llegó a adaptarle un remolque con todo tipo de comodidades, una cava llena de carísimos vinos, y un acceso directo al trailer desde su oficina. Como precaución, a lo largo del rodaje Tippi se aseguró estar siempre acompañada por colegas y técnicos.

Tippi Hedren y Sean Connery, en una escena de Marnie, la ladrona (1964)
Tippi Hedren y Sean Connery, en una escena de Marnie, la ladrona (1964) Fuente: Archivo

Después de años de obsesión con diferentes mujeres rubias a quienes convirtió en heroínas de sus historias de suspenso, y con 64 años cumplidos, finalmente Hitchcock se atrevió a verbalizar lo que sentía por la última de ellas. Una tarde llamó a Hedren a su oficina y le contó el sueño que había tenido la noche anterior: "Estabas en el salón de mi casa de Santa Cruz y había un arco iris, un resplandor en torno tuyo. Avanzaste directamente hacia mí y dijiste: 'Hitch, te quiero, siempre te he querido'. Y nos abrazamos.¿No comprendes que eres todo lo que he soñado? Si no fuera por Alma.". Incómoda pero decidida a terminar con el tema, la actriz le contestó lacónicamente: "Fue solo un sueño, Hitch". Y se fue.

A Hedren, el rechazo a los avances amorosos de Hitchcock le costó que desde entonces, y en cualquier entrevista en la que el director recordara sus dos films, se refiriera a ella como "esa chica". También que hiciera valer el contrato que tenían firmado, interponiéndose en cualquier otro proyecto en el que ella quisiera trabajar. Al menos hasta La condesa de Hong Kong, el regreso a la pantalla grande de Hedren, en 1967.

Hasta que la muerte los separe

Luego de esta serie de incidentes -que los medios especializados de la época se encargaron de ocultar o minimizar, y con el tiempo fueron olvidados-, el matrimonio Hitchcock continuó con su vida normal, ese estadío de las cosas en donde Alma era el brazo ejecutor, y su marido la cara visible.

Fue durante el rodaje de Frenesí, en 1971, que su mundo comenzó a venirse abajo. El terror más grande que había experimentado el director hasta ese momento en relación a su esposa fue cuando a ella, en 1958, le diagnosticaron cáncer cervical y debió ser sometida a una operación de urgencia. La sola posibilidad de la muerte de Alma paralizó a Hitchcock, y fue un golpe del que le costó recuperarse. Trece años después volvía a sentir esa sensación de desamparo cuando Reville sufrió una apoplejía, quedando parcialmente paralizada y con problemas de habla. Durante la rehabilitación, su marido fue un fantasma, al que ya no le interesaba nada, mucho menos la película que tenía entre manos. En esos meses, su andar se volvió más lento y pausado, engordó mucho y envejeció de golpe. Solo pudo soportar la incapacidad de su mujer refugiándose en la comida y el alcohol, al igual que había hecho en cada momento difícil de su vida.

Hitchcock y Reville, una sociedad que se extendió por casi 60 años
Hitchcock y Reville, una sociedad que se extendió por casi 60 años Fuente: Archivo

Si bien Alma se recuperó parcialmente, Hitchcock no volvió a ser el mismo. Desmayos, dificultad para moverse, dolores, la colocación de un marcapasos; el "genio del cine" se iba consumiendo poco a poco. A pesar de todo aceptó filmar una película más, Trama macabra (1976), pero era una sombra del pasado. Durante el rodaje sus problemas de salud eran tales que ni siquiera tuvo fuerzas para hacer su esperada aparición en pantalla (su marca registrada desde 1927). A sabiendas de que era algo muy esperado por el público, zanjó la cuestión filmando su silueta a través de un vidrio con la leyenda "Registrador de nacimientos y muertes". Una broma final de quien ya no tenía ganas de hacer bromas.

Alfred Hitchcock falleció la mañana del 29 de abril de 1980. Alma Reville, el 6 de julio de 1982. Estuvieron casi sesenta años juntos, formando una curiosa simbiosis -tanto en lo personal como en lo profesional- que nunca más se volvió a repetir en la historia del cine. ¿Quién mandaba a quién? Cada uno tiene sus teorías. Y el que no, tal vez pueda guiarse por esta declaración de quien fue considerado el mejor director de suspenso de la historia del cine: "Si bien todos los hombres son asesinos potenciales, la mujer es siempre la figura dominante. Así es en la vida real. Mire a la esposa del productor que hace que su marido cancele una serie de televisión porque a ella no le gusta. Parece una frágil rubiecita sin la menor fuerza pero ella es la que vence. Quizás mi esposa me domine más de lo que yo creo. Quizás a lo largo de mi vida a mí también me haya ocurrido eso".

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