
Charo López: por qué la actriz que aprendió desde niña a hacer reír necesita escapar de la comedia
La actriz forma parte de Escondida en mi cabeza, uno de los estrenos que llegan a las salas este jueves; en diálogo con LA NACION, habló de sus comienzos y de su presente profesional
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En Escondida en mi cabeza, Charo López no necesita demasiado tiempo en pantalla para dejar su marca. Allí vuelve a encontrarse con uno de los registros que mejor conoce: la comedia. Para una actriz que construyó buena parte de su recorrido entre el humor absurdo, la improvisación y el juego, el proyecto resultó irresistible.
“Cuando aparece la palabra comedia para mí ya es un gancho perfecto”, cuenta López en diálogo con LA NACION. Leyó el guion, habló con el director y encontró rápidamente la posibilidad de construir un personaje con “un truquito”.
Dirigida por Lucas Vivo García Lagos, Escondida en mi cabeza tiene como protagonista a Nicolás Furtado y reúne además a Agustina “Papryka” Suásquita, Alejandra Flechner, Louta, Iair Said, Mike Chouhy, Maxi de la Cruz y Joaquín Levinton. La película llega este jueves a los cines argentinos.
La historia sigue a Erni (Furtado), un joven inmaduro que, después de perder su trabajo y atravesar una noche de excesos, invierte su indemnización en bitcoins y sufre un accidente que lo deja en coma. Cuando despierta, 14 años después, aquella inversión vale millones, pero existe un inconveniente: no recuerda la contraseña necesaria para acceder al dinero.
En diálogo con LA NACION, María Carolina López Schmalenberger se permite recorrer también zonas menos conocidas de su historia: habla de su infancia, de su familia y de la presión que todavía siente cada vez que tiene que hacer reír.
—¿Qué te atrajo del guion de Escondida en mi cabeza y de este personaje?
—Cuando la leí me pareció muy divertida, no le encontré ninguna objeción. Todo me parecía un buen juego. Tuvimos un par de charlas largas con el director y ya estaba adentro, con ganas de hacerla. Después, en el rodaje, fue uno de los trabajos en los que más me divertí, lejos. Me dejó hacer cosas que incluso sabíamos que probablemente no iban a quedar. Me dejó jugar muchísimo y me sentí muy libre.

—Tu personaje juega mucho con ese discurso de la bondad y de la religión, aunque finalmente descubrimos otra cosa.
—Justamente me parecía la herramienta más divertida: exagerar a esa gente que exagera tanto la bondad que parece que está tratando de tapar algo. Me parecía un juego interesante.
—La película, además, incluye referencias a la coyuntura argentina actual. ¿Te interesa especialmente que la comedia pueda hablar del presente?
—Sí. A mí lo que más me gusta es hacer humor con la coyuntura, con lo que estamos viviendo. Siento que en este momento, donde un poco la bajada cultural es mantenernos tristes, deprimidos, egoístas y autoconclusivos, salir, reírse y hacer chistes es de lo más vital que podemos hacer.
Del humor al drama
En paralelo con la comedia, López comenzó a explorar otros registros. En En el barro interpretó a Sabina, una de las reclusas de La Quebrada, y recientemente formó parte de Pepita, la pistolera, dirigida por Lucía Puenzo y protagonizada por Luisana Lopilato.
—Empezaste a aparecer en registros más dramáticos. ¿Sentís que estás entrando en una nueva etapa como actriz?
—Lo de Pepita fue un flash. Recibir el mensaje de Lucía Puenzo y saber que había pensado en mí fue un regalo. Sentí que confiaba en mí para hacer algo así. Y rápidamente entendí algo que ya presentía: el humor y el drama tienen algo muy en común, que es tomárselos muy en serio. Me gusta ver humoristas haciendo otras cosas. Siempre estuve muy en contra de la idea de que el humor es más fácil; es muy complejo, muy difícil y tiene una construcción muy riesgosa. Siento que es la misma herramienta yendo hacia otro lugar. No creo que una cosa sea mejor que la otra.
—¿Hoy te sentís más cómoda haciendo humor?
—Me gustan las dos cosas. Y también hay un alivio en no tener que hacer reír.
—¿Todavía sentís presión cuando tenés que hacerlo?
—Sí. En el streaming no tanto porque hay algo muy cotidiano y una naturalidad en la que las cosas pueden salir o no. En el teatro sí siento mucha presión. Hacés un chiste y no es que decís: “Bueno, hice uno, me voy a casa”. Es otro, otro y otro durante 40 minutos. Y la gente también va entrando en esa dinámica. Hay veces que es el infierno.
—¿Cómo fue trabajar con Lucía Puenzo y Luisana Lopilato?
—Con Lucía sentí una conexión muy fuerte. Por las cosas que me pedía y por cómo me las pedía, sentí que nos entendimos rápido. Y con Luisana fue un flash porque no la conocía, pero por verla en Casados con hijos ya presentía algo de ella, y es que es re payasa. Y eso me dejó muy tranquila. Ella busca descontracturar todo el tiempo, es muy cercana. Es muy buena sacándole solemnidad a las cosas. Yo con la gente solemne sufro mucho. Y ella no lo es. Lucía tampoco. Eso hace muy bien para trabajar.
—¿Hay todavía alguna faceta como actriz que te gustaría explorar?
—La fantasía me divierte muchísimo. Me fascina entrar en distintos mundos. Pero también me gusta escribir, me gusta dirigir y, a veces, siento que me está dando un poco de pereza actuar.
—¿En serio?
—No sé, son épocas. Recorrer otros roles también me divierte.
—¿Quién era Charo López antes de todo esto? ¿Cómo fue tu infancia?
—A veces me flashea cuando alguien me dice “cheta de Palermo”. Me encanta que exista esa distorsión porque me resulta divertida. Yo vengo del Conurbano, me crié en Banfield. Muy temprano me di cuenta de que me gustaba actuar. En mi casa estaba todo el tiempo disfrazándome, armando shows. Esa era mi diversión.
—¿Tu familia acompañaba esa inclinación?
—Mi familia es toda muy excéntrica, muy histriónica. Estábamos todos muy disfrazados siempre. Me crié en un mundo bastante de fantasía. Después empecé a tomar clases de teatro y pensé: “Ah, esto es lo que hago yo todo el tiempo. Esto es lo que me gusta. Quizás me pueden pagar”.
—¿Y cuándo les dijiste a tus padres que querías dedicarte a actuar?
—Yo dejé la escuela a los 17. Después volví, fui, vine, hice unos líos, pero no terminé nunca. Mi mamá se enojó porque es docente. Y mi papá me dijo: “Está bien, pero no trabajes para ningún gil”. Como si fuera tan fácil… Esa no la cumplí. Pero esa frase me dio una libertad y una responsabilidad a la vez, me ayudó.
—¿Cómo empezaste a formarte?
—Antes de terminar la secundaria ya iba a un taller de teatro de la Municipalidad de Lomas. Tomaba todos los cursos gratuitos que podía. También empecé danza ahí. Siempre iba buscando recovecos para poder estudiar.
—Y después apareció la improvisación.
—Sí. A los 23 un amigo me dijo: “Tenés que conocer a Mosquito Sancineto”. Lo fui a ver, él daba clases en el Rojas y yo no tenía un peso partido al medio. Hablé con Mosquito y me dijo: “Vení mañana a clase”. Después se enteró de que yo no tenía un mango y me empezó a dar trabajo. Volanteaba a cambio de las clases, era asistente de escenario, pintaba escenografías, iba a los ensayos, bajaba las improvisaciones a papel. Todo eso me sirvió muchísimo. Después terminé arriba del escenario.

—¿Qué conserva hoy la improvisación para vos?
—Sigo enamorada. Me parece una disciplina muy noble: está armada sobre la escucha, el respeto y las propuestas que se construyen sobre las ideas de los demás. Es como una idealización de la construcción en equipo.
—¿Y cómo te llevás con los trabajos en los que el director marca todo de manera muy precisa y hay poco espacio para improvisar?
—Me hace mierda [se ríe]. He intentado ensayar cosas donde era: “Ahora con la izquierda, ahora caminás para acá...”. Y encima yo soy disléxica, entonces esas cosas tan pautadas me apolillan el cerebro.
Uno de los proyectos decisivos de aquella etapa fue Cualca, el ciclo de sketches que compartió con Malena Pichot, Julián Kartún, Julián Lucero y Julián Doregger. El programa comenzó en 2012 como parte de Duro de domar y luego encontró una segunda vida y una fuerte circulación en internet.
—¿Qué significó Cualca dentro de tu recorrido?
—Ahora, cuando la paso muy bien en alguna situación, digo: “Esto es Cualca”. Es un estado de juego. Con los años lo veo y pienso que éramos todos muy valientes. No porque hubiéramos dicho: “Vamos a romper todo”. Simplemente no nos importaba demasiado qué iban a decir. Nada era solemne. Todo era divertirnos. Y por eso funcionó.
El streaming y las redes
—Hoy hacés cine, teatro, streaming, escribís, dirigís. ¿Hay algún espacio en el que te sientas más cómoda?
—Todos tienen algo que me gusta. El streaming es el que más miedo me da, porque es un caudal enorme de horas hablando y tiene riesgos bastante chotos. Es el lugar donde no termino de ser cien por ciento feliz.
—Pero en Qué olor (Gelatina), con Noelia Custodio, se las ve disfrutar mucho.
—En Qué olor soy feliz. Me río y hacemos cualquier cosa. También cuando hago cosas en Olga me divierto mucho. Lo que no me termina de dar felicidad es el después: los recortes, los reels, un comentario, otro comentario, una bajada explicando qué quisiste decir… Todo ese análisis permanente me agota.
—¿El teatro te protege más de eso?
—Sí. En el teatro estás ahí, pasó y estuvo bueno. Son otros tiempos. Los programas que trabajan leyendo el chat todo el tiempo, por ejemplo, me parecen un infierno. Estás elaborando algo y aparece alguien comentándote cualquier cosa, incluso cuestiones muy crueles. Esa dinámica no me gusta.
—¿Leés lo que te escriben en las redes?
—A veces sí. A veces me enrosco y contesto. Incluso por privado.
—¿Por qué?
—Porque no estoy de acuerdo con la idea de que la violencia en internet es pasajera o no merece una respuesta. No creo en esa virtualidad. Es: “Che, pará, ¿qué te pasa? Soy real. Me escribiste a mí y te puedo responder”. Muchas veces pasa que después te dicen: “Ay, pensé que nunca me ibas a leer”. Es muy loco. Trato de no creerme nada. Ni el “te amo” ni el “te odio”.
La vida puertas adentro
—¿Cómo es Charo en su casa?
—Cada vez me gusta más estar en mi casa. Estoy mucho con mi hija que tiene nueve años. Dibujamos, hacemos cosas juntas, ahora estamos en la era de los títeres porque ella está fanatizada con un streaming de perros. Charlamos mucho. Se armó entre nosotras una convivencia que para mí es muy interesante. Soy muy consciente de que todo eso es pasajero. Trato de concentrarme mucho en lo que está pasando con ella ahora.
—¿Cómo se organizan con el papá?
— Me divorcié cuando ella tenía cuatro. Por ahora está un poquito más conmigo.
—¿Qué parte de Charo López sentís que todavía no conocemos?
—A mí me gustaría que nunca conozcan todo de mí. Está bueno conservar intimidad. ¿Para qué saber tanto? Basta. Me da vértigo. No me gusta saber tantas cosas de otras personas tampoco. ¿Por qué tenemos que enterarnos de todo? Yo no quiero que sepan todo de mí.
“Un lugar de resistencia”
—¿Te preocupa la situación actual de la cultura y de la ficción argentina?
—Muchísimo. Me preocupa que no haya nuevas generaciones que crean que se puede. Nosotros, los que somos apasionados por el oficio, podemos estar haciendo algo en un bar para 30 personas y después pasar a un teatro de 700. Tenemos esa flexibilidad. Pero me preocupa cómo explicarle a alguien que hoy tiene 15 años que se puede, que existen herramientas, que uno puede producir sus propias cosas y que lo importante es hacer y hacer.
López cuestiona además el discurso público del presidente Javier Milei, especialmente por el ejemplo que, según considera, transmite a los más jóvenes. “¿Cómo le decís a un chico ‘tratá bien a los demás, es importante vivir en comunidad’ cuando ves otra cosa? Sueño con que esto sea pasajero”, sostiene.
—Aun así, decís que hay algo de la cultura argentina que te da esperanza. ¿Qué es?
—Creo que hay algo de la cultura argentina que es a prueba de balas. En Buenos Aires había una sala de teatro abajo de un locutorio, cerca del Obelisco. Entrabas por el locutorio y bajabas. Para mí ese es el máximo ejemplo de la pulsión por la cultura que existe en la Argentina.
—Con todo lo que ya hiciste, ¿sentís que todavía te queda mucho por explorar?
—Sí. Tengo una especie de desfasaje porque siento que recién estoy arrancando, que me falta un montón de cosas por hacer y por aprender. Quiero poder trabajar 40 años más. Ahora tenemos un montón de giras y estoy haciendo mi karaoke, que es mi lugar de resistencia y de felicidad extrema. Tengo 46 años y a las tres de la mañana estoy ahí saltando y cantando, pero soy feliz. No quiero abandonar esos proyectos porque me hacen acordar por qué quiero comunicar o estar arriba de un escenario.
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