
Juan Pablo Geretto: dejó el secundario, encontró refugio en el teatro, pero fue una ruptura amorosa la que cambió su vida
Geretto protagoniza Berlín Berlín en el Teatro Apolo, y en septiembre vuelve con Solo como una perra, en el Dumont.
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Actor, autor y director teatral, Juan Pablo Geretto intuyó desde muy chico que le gustaba el teatro. No jugaba a la pelota con sus amigos y le huía al deporte, pero encontró su lugar de pertenencia en un grupo de teatro de Gálvez (Santa Fe), donde se crio. En su adolescencia abandonó la escuela secundaria y se mudó a Rosario, siguiendo a su mejor amiga. Siguió estudiando teatro, aunque ganándose la vida como podía. Una casualidad también lo trajo a Buenos Aires hace más de veinte años, donde fue uno de los ganadores del concurso “Comic 2002″ de VideoMatch. Luego, paso a paso, fue haciendo crecer su carrera tanto sobre el escenario como en la televisión, donde se lució con sus personajes en el programa de Marcelo Tinelli y en Mañanas informales. Y también formó parte de las ficciones El puntero, Vecinos en guerra, Edha. Hoy protagoniza la comedia Berlín Berlín en el Teatro Apolo.
—¿Se disfruta más el unipersonal o una obra con colegas?
—Lo que más hice son unipersonales y me siento cómodo, pero tenía muchas ganas de hacer comedias y tuve la suerte de que la directora Corina Fiorillo me llamara hace un par de años para hacer Exit y ahora Berlin Berlin. Me encanta esta comedia francesa, un vodevil que tiene ritmo de relojería y los personajes entran y salen y hay confusiones. Es precioso hacerla; nos divertimos un montón. Generalmente llegamos antes y tomamos mate y charlamos en camarines.
—Llevan unos meses en cartelera y siguen, ¿cuál es el atractivo de la obra?
—El tema del muro de Berlín es una excusa para contar esta comedia en la que todos los tiempos conviven, el pasado, el presente, el futuro, y hay algunas cosas muy argentas también, aunque está situada en Alemania. No tiene rigurosidad histórica, sino que es una guía. Es la historia de una pareja que quiere atravesar el muro y escaparse a Alemania Occidental. Para eso, ella empieza a trabajar cuidando a la mamá de un miembro de la Stasi, que era la policía secreta de Alemania Oriental. Y pasa de todo. Básicamente, venimos a divertirnos.
—¿Te ha pasado que tu trabajo no sea divertido?
—Trabajé mucho solo y me ha pasado que, por momentos, me aburría. Llevarte bien con los compañeros es todo lo que espero en el trabajo. En este y en cualquiera. Porque te dan ganas de ir a trabajar y pasarla bien. Si abajo del escenario tenés buena onda, es muy difícil que la pases mal arriba. Cuando ocurre lo contrario, es muy feo... Porque tenés que dar un salto de fe hacia el otro y tenés que querer y respetar a los compañeros. Ponés el cuerpo y necesitás que el otro lo sostenga, entonces juega la confianza, el amor, darte abrazos.
—Ganaste muchos premios y el último fue el Pinti, y compartías terna con Luis Brandoni y Adrián Suar. ¿Cómo viviste ese momento?
—También estaban ternados Maxi de la Cruz y Diego Reinhold. Me encanta recibir premios. Me siento muy mimado por la crítica... Hay muchos actores buenos que no están ni nominados , pero yo me sentí apoyado siempre porque casi todos mis trabajos fueron nominados por lo menos. Con Exit gané el Premio ACE y estuve nominado al Martín Fierro de teatro. Si me nominan, lo quiero ganar, pero si no me lo gano, está todo bien. No me angustia.
“En el teatro encontré mi lugar”
—Naciste en Junín, creciste en Gálvez, viviste en Rosario y elegiste Buenos Aires. ¿Cómo fue ese recorrido?
—Nací en Junín de casualidad porque mi papá trabajaba para el ferrocarril y en ese tiempo estaba en esa ciudad. Nací y enseguida nos fuimos a Gálvez, donde viví hasta mis 17 años. Dejé la escuela secundaria, que nunca terminé, y me fui a Rosario siguiendo a una amiga.
—¿Nunca terminaste el secundario?
—No. La verdad es que esa escuela no atendía ninguna particularidad. No es que estoy orgulloso, pero tampoco me pesa no haber terminado esa secundaria. Me fui a trabajar a Rosario... En el medio siempre hice teatro. Había mucha actividad cultural en Gálvez, varios grupos de teatro. De hecho, es la capital nacional del canto coral. A los 8 años entré a un grupo de teatro; no me atraía el fútbol ni la gimnasia, pero en el teatro encontré mi lugar entre gente adulta porque por mucho tiempo fui el único chico. Con los años fui cambiando de grupos; experimentábamos mucho.
—Pero te fuiste a Rosario, ¿sentías que el pueblo te quedaba chico?
-No. Me fui por esas cosas de adolescente... De gay en pueblo chico. En ese momento me fui siguiendo a mi mejor amiga que se fue a vivir a Rosario y allí integramos un grupo de transformismo rápidamente; vivíamos y trabajábamos juntos. Era una comunidad, una familia extendida. La mayoría de ellos tenía otro trabajo y ese era su hobby.
—¿Y para vos cómo era?
—Yo necesitaba que no fuera solamente un hobby y decidí profundizar y me trasladé a otros espacios donde no tenía que cambiar de personajes a cada rato. Las cosas se fueron dando. En ese momento, en Rosario, no había un productor que te convocara y no te quedaba otra que gestionar tu propio trabajo, por lo cual aprendí a maquillarme, a poner las luces, a escribir mis obras. Durante muchos años hice café concert en bares.
—¿Sentís que te reprimías en Gálvez?
—No exactamente... Yo hacía teatro y la verdad que me iba bastante bien… No tengo mucho arraigo, más que en los afectos. Y mi mejor amiga se iba y la seguí. Ya hacía transformismo en mi pueblo, incluso para un canal de cable. Fue todo muy orgánico y me dejé llevar por esa correntada amorosa y contenedora. Se me abrió otro mundo también… Como si hubieran estallado fuegos artificiales. Hacía teatro, pero no vivía de eso.
—¿Y cómo te mantenías?
—Fui peluquero, sin haber estudiado tampoco sino por necesidad. Trabajé en una imprenta; limpié. Y hacía teatro por el gusto de hacerlo.
“Si tuviera que elegir...”
—¿Ya escribías tus obras en ese momento?
—Primero fue cuerpo y después fue texto. Teníamos un entrenamiento porque necesitábamos cambiar el espectáculo muy seguido porque iba más o menos la misma gente al bar en el que trabajábamos. No se podía profundizar. Entonces nos fuimos a otros lugares donde cambiaba más el público y podíamos establecer un espectáculo y que los personajes crecieran. Se fue formando el texto a medida que se fue haciendo. La verdad es que nunca me gustó particularmente escribir. O no sé si todavía me siento tan identificado con la actuación...
—¿Cómo es eso?
—Lo hago porque me sale, porque me gusta, qué sé yo... Si tuviera que elegir, no elegiría ninguna de las dos cosas, pero tampoco elegiría otras. Soy muy Cristian Castro... Si no hago nada, genial [risas]. No me aburro haciendo nada.
—¿Y qué hacés en tus ratos de ocio?
—Leo, miro televisión, camino, tomo café. Me interesa la ciudad, mirar a la gente, sentarme en un bar, viajar. Pero hay que pagar las cuentas y todas estas cosas.
—Muchos de tus personajes son femeninos, ¿cuál es tu fuente de inspiración?
—Sin duda, el pueblo en el que crecí. Y creo que el transformismo vino de la mano de una inseguridad, de una forma de buscar algunos disfraces para verme mejor, para sentirme más cerca de mí mismo. Son procesos... Son máscaras que uno se va poniendo y hace unos años que me las fui sacando. Todavía no sé si me siento tan cómodo sin máscara arriba del escenario.
—¿En qué espectáculo empezaste a sacarte esas máscaras?
—Creo que cuando hice Rainman (en 2005, con Fabián Vena). Igual, sobre el escenario uno siempre tiene una máscara. Para mí el escenario es un lugar seguro porque nadie sabe si es verdad o si es mentira lo que está pasando. Y aparte, cuando tuve que pensar un personaje me salía desde el punto de vista femenino... Hablaba desde ese lugar. La verdad es que los hombres tampoco hablan mucho en mi pueblo [risas]. No son los oradores ni los dueños de la palabra. Siempre la palabra se transmite a través de las mujeres... Tengo la particularidad de haber crecido en una casita de Fonavi (Fondo Nacional de la Vivienda), bastante apartado del centro del pueblo. Tengo dos hermanos más grandes, así que de alguna manera soy hijo único también. La crianza era comunitaria en esa época y en esos barrios. Vivía en la calle. Me iba en la bici y volvía a la noche. Había mucha libertad, también de la mirada del otro. Ni mis padres se preocupaban tanto, calculo. Aprendí a divertirme con dos palitos.
—¿Hoy encontraste un lugar cómodo?
—Hoy ya no me importa nada, la verdad. Supongo que tiene que ver con la edad, con la experiencia, con las pérdidas. Entender que la felicidad no es mañana es ahora... Porque mañana andá a saber. A mis 52 años tengo una mirada piadosa sobre mi recorrido y sobre mí mismo también.
Entre casualidades y una ruptura amorosa
—¿Cuándo decidiste quedarte en Buenos Aires?
—Fue todo muy casual también. En Rosario empezamos a hacer bastantes giras con el espectáculo Solo como una perra, que duró 11 años y que vamos a volver a hacer a partir del 28 de septiembre… Y decía que cuando vine a Buenos Aires me ofrecieron hacer cámaras ocultas para Tinelli y dije que no. Unos años después, me ofrecieron hacer el cómic y también dije que no, pero un día, en Rosario, me peleé con un novio y decidí irme...
—O sea, una ruptura amorosa te trajo acá...
—Sí, fue eso. Vine, concursé y me pidieron que volviera la semana próxima porque había ganado esa primera ronda y se fue dando. Y me fui quedando [risas].
-¿Tenés algún hobby?
—No sé si es un hobby, pero hace veinte años que practico biomecánica aplicada al movimiento. Es una técnica que creó una médica argentina que se llama Teresa Salazar. Es una pedagogía corporal con unos movimientos en un sentido para flexibilizar las tensiones de la vida. Lo hago dos veces por semana durante una hora y media. Y también lo estudié para darlo, pero en este momento estoy muy ocupado y solo practico.
—¿Estás en pareja?
—Estoy solo. Estuve casado muchos años, nos divorciamos y hoy estoy solo. La paso bien solo, también. No me aburro y me encanta mi casa, tengo una red de amigos, una vida muy nutritiva en ese sentido. Así que por lo demás, ya vendrá. O no.



