
Maribel Verdú: “Me aterran la indiferencia ante el sufrimiento y la incertidumbre que rodea el futuro de los jóvenes”
La actriz española, que protagoniza Bajo tus pies, el film de terror dirigido por el argentino Cristian Ponce, habló de sus propios miedos y volvió a declarar su amor por Buenos Aires
8 minutos de lectura'

Cuando era chica, Maribel Verdú la aterraban la oscuridad, los ruidos extraños y la posibilidad de que le pasara algo malo a sus seres queridos. Los desafíos nunca formaron parte de ese listado. Debutó ante las cámaras a los 12, bajo las órdenes de Vicente Aranda, en el ciclo televisivo La huella del crimen y nunca dejó de trabajar. Se lució en comedias románticas, thrillers, dramas y producciones de ciencia ficción. Ahora, sumó un nuevo eslabón a su cadena de géneros desbloqueados: el cine de terror.
Dirigida por el argentino Cristian Ponce, Bajo tus pies [que se estrenó hoy en los cines] fue filmada en Bilbao y encuentra a Verdú en la piel de Isabel, un personaje construido a partir de recuerdos muy íntimos: el director le confió la historia real de su propia madre. La acompañan en el elenco Sofía Otero —la revelación de 20.000 especies de abejas— y Hugo Aguirre, con quienes compone una dinámica familiar que sostiene buena parte del peso dramático de la historia. No es la primera vez que la actriz trabaja con un argentino: su vínculo con el cine local, dice, “no es casualidad”, sino “una historia de amor recíproca”.
—Este fue tu debut en el género de terror. ¿Tuviste algún reparo a la hora de aceptar? ¿Te gusta el género?
—Cero reparos, al contrario: me apetecía una barbaridad. El terror psicológico me parece un terreno fascinante para explorar las emociones humanas al límite. Como espectadora, disfruto mucho del cine de suspense y terror cuando está bien construido, cuando no recurre solo al golpe de efecto o al sobresalto gratuito, sino que crea una atmósfera que te va asfixiando poco a poco. Haber transitado la fantasía oscura en El laberinto del fauno fue una experiencia maravillosa, pero sumergirme de lleno en este terror doméstico y claustrofóbico era un desafío pendiente.
—En varias entrevistas, Ponce señaló que estuviste muy comprometida con la historia y con la composición del personaje desde el momento en el que fuiste convocada. Isabel, tu personaje, no solo es la que carga con el peso dramático de la historia, sino que tiene una particularidad: está basada en su propia madre. ¿Eso te ayudó en el proceso o lo volvió aún más complejo?
—Fue una enorme responsabilidad y un privilegio a la vez. Cuando un director te confía la historia de su propia madre, te está entregando algo sumamente íntimo. Cristian tuvo una generosidad infinita conmigo: compartió recuerdos muy precisos, la atmósfera que vivió de niño y la angustia real de esa mujer, pero al mismo tiempo me dio libertad absoluta para crear a Isabel desde la ficción, sin caer en la imitación. Conocer esa verdad de base enriqueció muchísimo al personaje y me permitió anclar el miedo en una realidad muy tangible.

—Sofía Otero, la actriz que interpreta a tu hija, tiene apenas 13 años; la misma edad con la que vos debutaste ante las cámaras. ¿Eso te llevó a recordar a la Maribel de aquellos años?
—Fue inevitable mirarla y no verme reflejada en esa ilusión desbordante, en esos ojos abiertos a todo lo que pasa en el set. La gran diferencia es que Sofía tiene una madurez y un oficio asombrosos para su edad. Lo que hizo en 20.000 especies de abejas ya era una locura, pero verla trabajar en el día a día, con esa seriedad, intuición y frescura, te deja deslumbrada. Durante el rodaje sentí un poco la necesidad natural de arroparla y cuidarla.
—¿Cómo fue la experiencia de compartir casi todas las escenas con dos niños?
—Un disfrute absoluto. Trabajar con niños te obliga a estar en una verdad total: ellos no fingen, juegan en serio y si haces trampa, se nota enseguida. Te colocan en el presente absoluto. Los niños demostraron una entrega y una disciplina increíbles, pero sin perder la espontaneidad y la alegría en el set. Logramos una dinámica familiar muy estrecha y orgánica que traspasa la pantalla.
—Los habitantes del edificio no venden su alma al diablo para conseguir el éxito o la gloria; lo hacen por una simple escritura de su propiedad. ¿Creés que es una metáfora de cómo ha bajado la vara de los deseos de la humanidad?
—Totalmente. Me parece uno de los puntos más agudos y perturbadores del guion. Tradicionalmente, el pacto con el diablo se asociaba a ambiciones descomunales como el poder, la belleza eterna o la riqueza infinita; que hoy el límite moral se cruce simplemente por la titularidad de cuatro paredes habla de la precariedad y de la angustia habitacional que atraviesa nuestra sociedad. Cuando la supervivencia básica y la vivienda se vuelven un privilegio, los principios se vuelven tristemente vulnerables.

—Hay otra cuestión inquietante en la película: los malos se creen buenos. Eso resuena bastante en un mundo que cada vez tiende más a la polarización y a la falta de autocrítica...
—Esa es la faceta más aterradora de la historia. Los vecinos no se perciben como monstruos; actúan convencidos de que están protegiendo su bienestar, su comunidad y su derecho adquirido. Esa ausencia total de autocrítica es el reflejo exacto de lo que vivimos hoy: trincheras donde cada sector se autoproclama dueño de la razón moral y justifica cualquier desmán con tal de defender su posición frente a un tercero.
—El proyecto nació cuando literalmente los gritos de tres vecinas le quitaron el sueño al director. ¿Qué cosas te quitaban el sueño de niña?
—La oscuridad total, los ruidos desconocidos en la casa y la idea de que pudiera ocurrirle algo malo a la gente que quería. Siempre tuve una imaginación hiperactiva, así que cualquier sombra en la habitación o un crujido en el pasillo se transformaban automáticamente en una historia de misterio en mi cabeza.
—¿Y ahora?
—La falta de empatía, las noticias sobre conflictos bélicos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la incertidumbre que rodea el futuro de los jóvenes. En lo cotidiano descanso bien porque es algo que me preocupa e intento cuidar mi sueño, pero la crispación social y las injusticias globales me afectan y mucho.
“Me siento profundamente respetada” en Argentina
—Tenés una larga y profunda historia con el cine argentino. ¿Fue casual o hay algo que te llama especialmente la atención de nuestra manera de filmar?
—No hay nada de casualidad; es una historia de amor recíproca. El cine argentino tiene una pulsión narrativa, una calidad en los guiones y una profundidad en la dirección de actores que resultan extraordinarias. Rodar en Argentina siempre tiene una mística especial: los equipos trabajan con un compromiso, una pasión y un ingenio únicos. Me siento profundamente respetada y querida allá.
—¿Hay algún director argentino con el que te gustaría trabajar? ¿Y algún actor o actriz que admires especialmente?
—La lista es interminable. Me fascinaría ponerme bajo las órdenes de Lucrecia Martel, Damián Szifron o la dupla de Gastón Duprat y Mariano Cohn, cuyo tono me divierte y fascina. Y ha sido una suerte trabajar con Cristian en este proyecto. Y en cuanto a intérpretes, Argentina es una fábrica de talento descomunal: Ricardo Darín, Mercedes Morán, Guillermo Francella, Érica Rivas, Leo Sbaraglia... Compartir escena con cualquiera de ellos siempre es una clase magistral de actuación.

—En más de una oportunidad dijiste que Buenos Aires es una de tus ciudades favoritas. ¿Qué es lo que más te gusta?
—Su vitalidad nocturna, la pasión que late en cada esquina y esa vida cultural imparable. Caminar por la calle Corrientes, ver los teatros llenos, recorrer librerías abiertas de madrugada y sentarme a charlar sin prisa en un café durante horas. La calidez del porteño y esa capacidad inagotable para conversar y debatir sobre la vida son cosas que me enamoran cada vez que voy.
—Después de tantos rodajes en la Argentina, ¿hay algo que ya hayas incorporado de los argentinos?
—Sobre todo la sobremesa larga y apasionada. También se me pegan giros, expresiones y ese ritmo ágil de réplica que tienen allá. Tengo vínculos muy estrechos y amigos entrañables en Buenos Aires, así que siempre me queda un pedacito de la ciudad conmigo en Madrid.
—En este punto de tu carrera, ¿qué tiene que tener hoy un proyecto para que digas inmediatamente: “quiero hacer esta película”?
—Una historia potente que me atrape en la primera lectura y un personaje que suponga un reto real, que me saque de cualquier zona conocida. Pero, por encima de todo, valoro al director o directora: necesito sentir que hay una mirada autoral sólida, pasión por el proyecto y un cuidado genuino hacia los actores. Cuando hay entusiasmo y verdad en el equipo, el viaje siempre vale la pena.
—En el último tiempo le pusiste el cuerpo a esa madre complicadísima en un éxito comercial como Élite, una mujer independiente y poderosa en La casa de los espíritus y ahora te adentraste en el universo del terror. ¿Tenés alguna asignatura pendiente?
—No suelo pensar en asignaturas pendientes porque prefiero concentrarme en el presente y dejarme sorprender. Con el paso de los años van llegando papeles con matices muy distintos, miradas más complejas y otras formas de habitar las historias. Mi única aspiración es mantener intacta la curiosidad, el amor por este oficio y las ganas de seguir jugando con la misma ilusión del primer día.
1- 2
Hayden Christensen, protagonista de Star Wars, sorprendió en la alfombra roja con su hija de 11 años
3Muriel Santa Ana y el desafío de un personaje tan frágil como complejo en Catedrales: “Fue amor a primera vista”
4La muerte de Hayden Panettiere: revelan una internación previa y una pelea de sus padres por sus pertenencias
