
Peter Ustinov: adiós a un gran artista del siglo XX
Su talento actoral le valió la popularidad internacional, pero también se destacó como dramaturgo y director teatral, y fue novelista, historiador y dibujante
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GINEBRA (DPA).- El actor británico Peter Ustinov falleció en la madrugada de ayer, a los 82 años, en una clínica de la ciudad suiza de Ginebra, donde estaba internado desde hacía dos meses, como consecuencia de una serie de complicaciones cardíacas derivadas de su diabetes.
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A Peter Ustinov siempre le pareció extraño vivir en un mundo de especialistas empeñados en dividir y desmenuzar los trabajos que él sentía integrados en una misma y única profesión. Aunque jamás renunció a ser hombre de su tiempo, le gustaba definirse como alguien que respondía cabalmente al espíritu del Renacimiento.
Por eso, siempre se resistió a ser reconocido sólo por alguna de las facetas que, agrupadas, construyeron una vida y una carrera que será muy difícil de igualar en su extraordinaria diversidad. Fue comediógrafo, dramaturgo, guionista, escenógrafo, actor, director teatral y cinematográfico, novelista, historiador, mimo, dibujante, imitador, filántropo y embajador de buena voluntad, sin olvidar sus dotes de políglota, gran conversador y fino observador de la realidad social y política. Y lo más notable de todo es que, a despecho de algunas apariciones menores o poco relevantes, siempre supo ingeniárselas para destacarse en cada una de esas facetas.
Puede decirse que Ustinov era el último sobreviviente de ese selecto y privilegiado grupo de actores (como Anthony Quinn, Alec Guinness o Peter Sellers) naturalmente dotados para multiplicarse en la piel de mil y un personajes, a cual más diverso. Basta decir que a los 71 años, en un festival de teatro, hizo un recordado unipersonal sin el mínimo respaldo técnico o escenográfico durante el cual imitó sucesivamente a Hitler, a John Gielgud, a Charles Laughton y a todos los personajes de una ópera de Mozart con sus voces y músicos incluidos.
En la vida de Ustinov asomó muy temprano el perfil de una figura de tan sorprendente carácter multifacético. En su árbol genealógico se entrelazan varios continentes y un entramado tan vasto de raíces étnicas que el actor pareció tener condiciones innatas para expresarse con soltura en media docena de idiomas.
Peter Alexander Ustinov había nacido el 16 de abril de 1921 en Londres, pero decía que había sido concebido en San Petersburgo. Su padre, Iona Ustinov, de origen alemán, ganó reputación como periodista y diplomático y lucía un título de barón; su madre, la pintora Nadia Benois, era la hija del autor de los primeros grandes ballets de Diaghilev.
Entre los antepasados de Ustinov había un rico terrateniente de las márgenes del Volga, un organista veneciano, un maestro de escuela en París y un pastor protestante en Basilea. El actor fue bautizado en una aldea cercana a Stuttgart (Alemania) y criado por una seguidilla de nodrizas camerunesas, irlandesas y germanas; estudió en Inglaterra y vivió muchos años entre Francia y Suiza. También confesó haber tenido parientes en la Argentina: un tío sacerdote y un primo que vivía en Rosario, empleado en una compañía de electricidad.
Con tamaña identidad cosmopolita, Ustinov no podía sino desdeñar cualquier manifestación favorable al nacionalismo. "Tengo la sangre tan mezclada que mi fidelidad automática es hacia las organizaciones internacionales. Allí me siento como en casa", dijo, al referirse a su extensa actividad como embajador honorario de Unicef -tarea que inició en 1960 y nunca abandonó- , que lo llevó a recorrer el mundo auspiciando iniciativas benéficas para la niñez.
Esa condición se correspondía con las notables dotes camaleónicas que Ustinov lucía en escena. Entre muchos otros celebrados papeles, encarnó en el cine personajes tan diversos que iban del presentador de circo de "Lola Montez" al príncipe de Gales de "El hermoso Brummel" y del emperador Nerón de "Quo vadis?" al investigador chino Charlie Chan. Hizo en la pantalla de taxista, cantante de ópera, califa, militar (en distintas épocas y con múltiples acentos) y dandy, y vistió a sus personajes, aun los más bondadosos, de alguna carga de intriga y petulancia. También corrió en algún momento riesgos de quedar estereotipado.
De esa larga galería se recordarán sobre todo tres memorables retratos: el comprador de esclavos y entrenador de gladiadores Batiatus en "Espartaco", el traficante inglés de poca monta de "Topkapi" y, sobre todo, aquel detective belga ceremonioso, regordete y capaz de descifrar cualquier enigma llamado Hercule Poirot. Con los dos primeros ganó sendos Oscar a mejor actor de reparto en 1961 y 1965; con el tercero le dio perfiles definitivos al personaje creado por Agatha Christie en tres películas ("Muerte en el Nilo", "El diablo bajo el sol" y "Cita con la muerte") y varios telefilms.
Aunque no eludió el compromiso con ningún género (y allí está para certificarlo su logrado trabajo como actor y director en la versión cinematográfica de "Billy Budd", la novela de Melville), el lenguaje preferido de Ustinov siempre fue el humor de tintes burlones, aunque a la hora de la sátira siempre se frenaba antes de pecar por exceso.
Tuvo arrestos de rebeldía de los que llegó a enorgullecerse. "Desobedecer -le dijo en una ocasión a Oriana Fallaci- es esencial para la condición humana. A mis hijos siempre les dije que los derechos de la desobediencia son casi sagrados." A los 16 años aplicó esa consigna por primera vez, al entrar clandestinamente en los ámbitos nocturnos de la vida artística londinense y desafiar así la disciplina que quería imponerle su padre.
Pero con el tiempo supo armonizar su inconformismo con los disfrutes de una vida holgada, comenzando por la buena mesa. Seguramente por eso llegó a decir que el mejor público que conoció era el francés "porque tiene una cualidad particularmente estimable para mí: la gastronomía".
Para muchos, fue esta inclinación a los pasatiempos mundanos y livianos lo que impidió a Ustinov alcanzar en el siglo XX el vuelo de creadores como Mark Twain y Bernard Shaw, con los que el actor desaparecido estaba emparentado en más de un sentido. Pero Ustinov jamás tuvo complejos en viajar sin escalas de los papeles más comprometidos a otros francamente livianos e intrascendentes. Aunque a ninguno de ellos jamás les faltó la marca de la vitalidad.
El legado de Ustinov es casi inabarcable. Deja 18 obras de teatro escritas ("Romanoff y Julieta", "El amor de los cuatro coroneles" y "Descienda del árbol, mi general" están entre las más conocidas), novelas, libros de cuentos y de caricaturas y un muy comentado ensayo personal sobre la historia rusa. A la vez, sus preocupaciones sobre temas de actualidad se plasmaban en artículos publicados por Life, Atlantic Monthly o el Sunday Times: en ellos podía hablar desde la perestroika, del control armamentista y hasta del tenis como espejo de la sociedad de su tiempo.
También deja un anecdotario inagotable, desde sus andanzas en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial como soldado raso y ayudante de su colega (y coronel) David Niven hasta el haber sido testigo involuntario de la trágica muerte de Indira Gandhi, debido a que en ese momento estaba a punto de reunirse con ella en el jardín de la residencia de Nueva Delhi donde fue asesinada.
Elegía pasar su tiempo libre viajando por rutas conocidas o lugares por descubrir. Tanta era su debilidad por los automóviles que llegó a poseer una decena de fabulosos ejemplares de colección, entre ellos un Mercedes- Benz blindado, que perteneció a Goebbels.
También disfrutó de innumerables homenajes en vida, como el que le tributó la Academia de Bellas Artes de Francia -a la que accedió ocupando el sillón que dejó vacante Orson Welles- y el título de sir concedido por la reina Isabel de Inglaterra en 1990.
Por su vida pasaron tres esposas: Isolde Denham (hermana de la actriz Angela Lansbury), que le dio un hijo; Suzanne Cloutier, con quien tuvo otros dos, y la escritora Helene Du Lau d´Allemans. "Cualquier juego con dos participantes -señaló acerca de sus experiencias en el matrimonio- puede transformarse rápidamente en una competencia. O en una batalla."
Ustinov escapaba a las lides domésticas, pero estaba dispuesto a afrontar cualquier desafío artístico. Y aun con la movilidad limitada en los últimos años a causa de la diabetes, obligado a trasladarse en una silla de ruedas, siguió hasta hace muy poco tiempo presentándose en encuentros literarios y charlas con el propósito de seguir alentando el arte de la risa, a la que definía como "la música más civilizada del mundo".
Lo hizo luciendo el mismo talento para la mímica que exhibió por primera vez a los dos años. O jugando con esas notables dotes de imitador con las que consiguió, en la grabación de una sola ópera, ponerle voz a Churchill, a un campesino inglés, a un violín desafinado, al emperador Hirohito, a un misionero conversando en swahili con un nativo africano y a Enrico Caruso cantando "La forza del destino".
En ese registro se resumen las mil voces de una figura impar, que eligió "vivir a la inglesa, pensar a la francesa y escribir a la rusa". Y que procuraba por todos los medios disimular su costado más amargo. "Hacer reír a la gente -confesó en su autobiografía- es una forma de ser serio. Pero la comedia es la forma por la cual impido que una fracción de mi tristeza se comunique a los demás."






