Philippe Torreton, maestro con cariño
El actor de "Todo comienza hoy" dialogó con La Nación sobre su nueva colaboración con Tavernier.
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PARIS.- "Me gusta probar personajes diferentes porque, ante todo, soy una persona curiosa", dice Philippe Torreton, que actualmente rueda en París bajo las órdenes de Patrice Leconte, el director de "El marido de la peluquera", un film que lleva por título provisional "Felix y Lola". Protagonista de "Todo comienza hoy", la película de Bertrand Tavernier estrenada recientemente en Buenos Aires, Torreton recibió a La Nación en su departamento parisiense de Montmartre, pocos días antes de meterse en los zapatos de Felix, un personaje que, según dice, le permitiría explotar una veta diferente de la que ha transitado hasta ahora.
Son las once de la mañana y en la casa de Torreton sus dos hijos, un niño y una niña, dan vueltas de un lado para el otro. Sin demasiadas formalidades, el actor que compuso al maestro Daniel -un docente atribulado por los problemas familiares y sociales que los niños traen cada día a la escuela- en "Todo comienza hoy", sugiere pasar a la cocina, donde el ambiente se le antoja más tranquilo para el diálogo. Mientras prepara café, cuenta que la nueva realización de Leconte, que protagonizará junto a Charlotte Gainsbourg, es una historia de amor y que se alegra de que finalmente le haya llegado la ocasión de componer a un hombre común y corriente. "En general me han tocado papeles de personajes que asumen, de un modo u otro, desafíos políticos -dice-. Acepté trabajar con Leconte por dos motivos: porque me interesaba trabajar con él y porque en un momento dado del guión mi personaje dice: "Soy exactamente lo opuesto a un aventurero". Es un tipo simple: ni rico ni pobre, ni lindo ni feo, sin nada de especial.
-Para "Todo comienza hoy", usted pasó una temporada previa a la filmación al frente de la clase de la verdadera escuela donde se realizó la película. ¿Qué impresión le quedó respecto de la tarea docente?
-Después de haber vivido esa situación personalmente, les aconsejaría a todos los ministros de Educación del mundo que pasaran al menos un mes al frente de un curso con treinta alumnos para saber exactamente de qué se trata. Para poder enseñar, hay que dedicarle tiempo a cada niño, y con esos cursos superpoblados, la dedicación personalizada es una tarea imposible para cualquier docente, aun para los más eficientes y mejores formados.
-¿Cómo fue para los niños la experiencia de que se rodara en la propia escuela?
-El gran acierto de las autoridades escolares consistió en aprovechar la invasión de la escuela por parte del equipo de filmación para que los niños conocieran algo diferente. En definitiva, de eso debería tratarse la escuela. De todo lo que me enseñaron en el colegio, sólo soy capaz de recordar un puñado de actividades que estaban fuera del programa. El desafío es despertar la atención de los niños, cautivar su atención. Eso era lo que más miedo me daba antes de empezar el rodaje. Creo que en ese sentido el trabajo del actor y el del docente se asemejan: hay que encontrar un modo de seducir al auditorio que uno tiene enfrente, hay que conquistar sus miradas. Un maestro es un actor.
-¿Cómo trabajó el personaje del maestro Daniel?
-No me importaba el personaje. Mi preocupación era cómo relacionarme con los niños. Esa era para mí la clave del film. Las preguntas que le hice al maestro real fueron concretas: cómo reaccionar ante un niño que le pega a un compañero, de qué modo hay que poner orden en la clase, qué tipo de ejercicios se les pueden plantear a niños de entre tres y cuatro años. Me ocupé más de preparar un cuaderno con una serie de actividades para realizar con los chicos que de meditar sobre el personaje porque, a decir verdad, no creo en los personajes. En el cine existe una escritura, existe una situación y después existe la gente que interpreta ese texto. Si se hicieran más remakes, nos daríamos cuenta de que los personajes funcionan bien con diferentes actores. El personaje es el resultado de la combinación entre una escritura, un director, un actor y aquel que detenta la clave de todo: el público. El espectador es el único que puede ver al personaje en su totalidad. En Francia se ha hablado mucho de la mitología del Actor´s Studio. Conozco muy bien esa propuesta y la he estudiado, pero creo que ha ido demasiado lejos en la idea de la introspección psicológica. El actor no es un loco. Sólo los locos pueden ser personajes. Sólo los locos son Napoleón. Para poder obedecer las indicaciones del realizador, necesito seguir siendo Philippe Torreton y evitar convertirme en el personaje.
-¿Por qué cree entonces que los actores insisten tanto en la necesidad de identificación con los personajes?
-Porque la gente se engolosina con esa idea. La gente desea escuchar que esa identificación existe. Alimentando ese deseo del público, el oficio del actor se vuelve misterioso y los actores aparecen como héroes. Cuando interpreté el papel protagónico de "Capitán Conan", la película de Tavernier, me daba cuenta de que mucha gente quería que yo le dijera que en algún rincón de mí mismo, yo era semejante al personaje. Lamento desilusionarlos, pero en verdad no lo era. Jamás en la vida me he peleado con nadie. Durante toda la infancia e incluso en la adolescencia, fui el chico bueno de la familia, el más pacífico. No soporto siquiera ver que dos personas se pelean en la calle. La violencia me da miedo, pero al mismo tiempo me fascina.
-¿Qué quiere decir que lo fascina?
-Que me obsesiona el interrogante sobre por qué los hombres seguimos peleando unos contra otros. ¿Por qué no se reunirán los líderes de todas las religiones algún día para decirle al mundo que al fin y al cabo todas las religiones se resumen en sólo dos principios: amor y tolerancia?
-Usted va a trabajar también en la próxima película de Tavernier. ¿No se corre el riesgo de terminar repitiéndose cuando se trabaja muchas veces con el mismo director?
-Si Bertrand (Tavernier) fuera un director que abordara siempre más o menos el mismo tema y en los mismos ambientes, como sucede, por ejemplo, con Claude Sautet, ese riesgo existiría. Es uno de los más grandes cineastas franceses, pero su estilo hace que el peligro de caer en la repetición sea grande. Pero, con Bertrand mis personajes son muy diferentes entre sí. Su próxima película tratará del desafío de filmar durante la ocupación de París durante la Segunda Guerra Mundial. Mi papel será el del primer asistente de dirección en un equipo de rodaje.
-Cuando decidió ser actor, ¿formar parte de la Comédie Française era para usted el gran sueño?
-Sí lo era, pero por razones que a lo mejor le parecerán excesivamente proletarias. Yo vengo de una familia de gente trabajadora. Me interesaba ser actor, pero había algo de ese oficio que me aterrorizaba: la inestabilidad. Me daba mucho miedo la idea de tener que estar pegado al teléfono a la espera de que alguien me necesitara para componer un personaje. Yo no estaba hecho para eso. Necesitaba tener la seguridad de un trabajo fijo. La Comédie Française me dio la tranquilidad de sentirme como el hijo de un obrero que va a la fábrica, que tiene allí su lugar en el mundo del trabajo.





