
En un álbum casi instrumental, el guitarrista y el baterista homenajean el legado psicodélico de la banda
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La letra era del bajista Roger Waters: "Esperar en tranquila desesperación es una costumbre inglesa". Pero el guitarrista David Gilmour y el tecladista Richard Wright cantaron ese verso en The Dark Side of the Moon, de 1973, y después lo demostraron en la relación creativa que sobrevivió a la renuncia forzada de Wright durante las sesiones para The Wall y la subsiguiente desintegración de Pink Floyd. The Endless River es el generoso adiós de Gilmour y el baterista Nick Mason a Wright, que murió en 2008, hecho con música inédita que los tres hicieron juntos para The Division Bell, de 1994.
The Endless River, una suite mayormente instrumental de estados de ánimo y fragmentos, es un réquiem a través de ecos familiares. "Skins" es un viaje a la secuencia de la jungla y el telégrafo de "A Saucerful of Secrets" de 1968; la figura de piano en "Anisina" es una variación majestuosa de la indeleble intro de Wright para "Us and Them", de Dark Side. El efecto es inevitablemente cinematográfico, una vuelta atrás fluida a las primeras bandas de sonido de Floyd. Una de las piezas, un suspenso de electrónica glacial y guitarra elegantemente penetrante, se titula, con razón, "It’s What We Do" [es lo que hacemos].
"Louder Than Words", el track con voces que cierra el disco, se debilita con la jerga de los primeros versos. Pero cuando Gilmour canta: "El latido de nuestros corazones/ es más fuerte que las palabras", la sensación es, otra vez, la de una espera… con gracia. Wright era el rey firme y vinculante de las exploraciones de Floyd. El álbum es su epitafio inesperado y bienvenido.
Por David Fricke





