La reseña más esperada
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Lo primero que quiero aclarar es que Manowar no brilla. Digo: en la oscuridad no sé, no descarto la posibilidad de que sean fosforescentes, pero no me pareció y por suerte no revisé. Lo que sí les puedo firmar es que el refulgir de sus músculos untados en Dánica Dorada o sustancia oleaginosa similar es tan solo un truco publicitario aplicado a tapas de discos, fotos promocionales y -tal vez- momentos de intimidad. Sobre las tablas son bastante opacos, sin emitir con esto un juicio de valor sobre su performance.
Emitiendo un juicio de valor sobre su performance, son bastante opacos. O quizás uno se cargó de expectativas desmedidas, teniendo en cuenta que -como todos sabemos- se trata de cuatro señores capaces de cazar un brontosaurio con un tenedor mientras tocan el metal más true de la galaxia. Esa era la esperanza que me inundaba cuando me calcé mis jeans negros rotos of steel, me puse (sin nada abajo) mi chaleco de cuero negro of steel y -por las dudas si se armaba goma y me daba miedo- cargué en la mochila mi osito de felpa of steel y salí de casa.
Caminata de dos horas mediante llegué al Teatro Flores, donde una horda de metaleros jugaba a chocarse la cabeza entre sí al grito de "¡vamos Manowar!", lo cual redundó en sendos traumatismos de cráneo atendidos allí mismo por un grupo de paramédicos al grito de "¡vamos Pirovano!". Allí me encontré con el inolvidable Roberto, quien sigue sin poder salir de la difícil temporada por la que atraviesa desde hace ya un año, más o menos.
M: Hola Roberto, soy Mancusi, vengo a ver a Manowar.
R: Qnsdgngasaqwerty.
M: Ta. Correte.
Así como pasé yo, pasó la barrabrava de Tigre, el secretario general del gremio de los pizzeros y empanaderos, Luis Majul y su miedo, Dady Brieva y tu vieja. Y entonces entré, justo para el comienzo del set.
Lo primero que me llamó la atención fue el porte del guitarrista Karl Logan, la cruza exacta entre Grecia Colmenares y un bife de costilla después de haber sido roído por un mandril (otra comparación certera: el hijo de Nicole Kidman y Skeletor). El cantante Eric Adams, en tanto, lucía como un almacenero en esteroides, mientras el bajista Joey De Maio desplegaba en escena toda su flema británica, la cual debe venir de un resfrío que se pegó en Londres, porque el tipo nació en Nueva York. Al batero sólo le vi la cabecita pero era copado.
La primera emoción de la noche fue cuando tocaron "Warriors of the World". La segunda emoción de la noche fue cuando un headbanger de unos 67 años y 265 kilos se aproximó a la barra y regó el suelo con su bilis, posicionando el tsunami de jugo gástrico y alconafta a escasos centímetros de la Topper izquierda de este cronista. La tercera emoción de la noche fue cuando me fui, pero no nos adelantemos.
Luego de un solo de 38 minutos de Logan, siguió un solo de 43 minutos de De Maio (¡flamenco! ¡en el bajo!) y luego uno de dos horas y media de Adams. Este último hizo el truco de subir los equipos a 11 (les juro por el Fantasma de Pappo que es verdad) y puso a los metaleros a repetir sus "uoooo" y "aaaah", una acción por demás madura y digna del heavy más jodido, aún cuando el animador del cumpleaños de mi sobrinita haya hecho exactamente lo mismo hace dos semanas (mera coincidencia).
Acto seguido procedí a comprarme una cerveza, que venía de galón, y todo cambió rotundamente. Sumido en una nebulosa etílica me sorprendí a mi mismo coreando "¡hail and kill, hail and kill!" y me autometí un correctivo por pelotudo. A esa altura el concierto parecía estar naufragando por falta de hits, o al menos eso deduje tras escuchar a un muchacho igualito a Godzilla gritando a mi lado "los clásicos, la puta que te parió, ¡LOS CLASICOS!". Se ve que no estaban tocando suficientes clásicos.
Tras pasar por la traumatizante experiencia de conocer el baño, decidí que esa panacea de la muzzarella llamada La Continental me tiraba más que el rock pesado, con lo cual emprendí la retirada. Atrás quedaron los hermanos manowarianos, frotándose el sudor entre sí, pidiendo clásicos que nunca llegaron, gozando de esa canilla libre de masculinidad exacerbada y deseándole la muerte al falso metal, por ser falso y quizás también un poco maricón. Yo, mientras, clavaba una muzza con una stout escuchando a Louis Armstrong y delineaba este texto. Porque otros blogs postean, pero Pop Life mata.
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