
Racine, el de la traducción imposible
El tercer centenario de la muerte de Jean Racine (1639-1699) pasó inadvertido entre nosotros.
No es un autor conocido, ni representado con frecuencia, por una razón fundamental: la dificultad, o, más bien, la imposibilidad de trasladar a nuestra lengua la crispada perfección de sus alejandrinos franceses (de doce sílabas, en vez de las catorce españolas).
George Steiner, a menudo citado en esta columna, y según deja traslucir raciniano de alma, informa que esa imposibilidad se da en todos los idiomas.
Hay una buena traducción de "Fedra"en prosa, por Nydia Lamarque, en la antigua colección "Las cien obras maestras", de editorial Losada, dirigida por Pedro Henríquez Ureña, en 1939. Y muchos años después, una excelente, en verso, de Manuel Mujica Lainez, representada en el Teatro Nacional Cervantes en el decenio del setenta, con dirección de Rodolfo Graziano y la actuación en los papeles protagónicos (Fedra e Hipólito) de María Rosa Gallo y Adrián Ghío.
Con motivo del tricentenario de la muerte del trágico francés, la editora Gallimard acaba de publicar en París el primer tomo de sus obras completas, editadas por Georges Forestier, en reemplazo de la edición de 1950, a cargo de Raymond Picard.
A primera vista, nada sería más ajeno al público actual que estas tragedias, derivadas casi todas del acervo clásico griego -hay unas pocas de temas bíblicos, y una "turquería", muy de la época, "Bayaceto"-, obedientes a la preceptiva aristotélica de las tres unidades: de tiempo, de acción y de lugar.
El esquema es casi invariable: los personajes, de elevada y aristocrática cuna, se enfrentan con la despiadada lucha entre las exigencias de su rango y los vendavales de una pasión que los sacuden. El lenguaje es deliberadamente artificial y restringido. Según Steiner, Racine usa no más de dos mil palabras, contra veintitantas mil de Shakespeare.
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¿Qué apreciaríamos, entonces, hoy en Racine, al margen de la belleza formal? La suprema concentración de significado, de expresión, en el mínimo de palabras, y el gozoso sometimiento a esa disciplina, en contraste con estos tiempos, empeñados en abolir hasta las mínimas restricciones que son la civilización.
Dentro de esas cápsulas, de apariencia tan pulida y homogénea, bullen tempestades que desgarran el alma y conducen a los personajes a la perdición.
No por decreto de los dioses, como sucedía entre los griegos (y aquí se halla una de las claves de la vitalidad racianiana, que lo vuelve tan actual), sino por el impulso desatado de las propias pasiones.
Y es un placer descubrir la sutileza de detalles mediante la cual se va desarrollando una acción que parece casi inexistente: cuando, en "Andrómaca", Hermione cambia el tratamiento de su traidor amante, el rey Pirro, del "vous" al "tu". Es el primer indicio del frenesí que la arrastrará al crimen y al suicidio.
Racine, ese "minimalista de la inmensidad" (Steiner dixit), tuvo tiempo de escribir una comedia muy divertida, "Los litigantes".





