
Retrato en carne viva
Llega la nueva realización de Pedro Almodóvar
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"Carne tremula" * * * (España, 1997), presentada por Fox Film de la Argentina -El Deseo SA (Madrid)-. Fotografía: Alfonso Beato. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Liberto Rabal, Javier Bardem, Angela Molina, Francesca Neri, Pepe Sancho, Pilar Bardem, Penélope Cruz. Guión y dirección: Pedro Almodóvar. 110 minutos.
Hay una rutina en las películas de Pedro Almodóvar: la mezcla entre algo salvaje y la experiencia de lo cotidiano. El lobo feroz en las calles (esta vez soleadas) de Madrid. Es cierto, el demiurgo manchego de las fiestas visuales elige la luz del sol para activar sus crímenes del corazón, que aquí abundan.
La casualidad -predestinación se dice en términos de melodrama- abre un paraguas de colores debajo del cual se cobijan sangrientos amantes, maridos celosos y mujeres sedientas del sexo por la fuerza (la del engaño, no la violencia). Las certezas se desacomodan y todos terminan pasando por el mismo lecho, sin saberlo. El humor habitual en Almodóvar está esta vez menguado debajo de una línea narrativa tan nítida, pero tan enredada que uno imagina que la escribió de atrás para adelante, así la mixtura de vidas y tragedias acaba donde debe: entre charcos de sangre.
El misterio del policial no es el único estímulo para la acción. Hay principalmente una aventura de cuerpos que se prenuncia desde el afiche de la película. Es lo más corporal del realizador de "Tacones lejanos": los personajes son la piel de ellos mismos y el calor del amor que los sofoca sin términos medios, con un estallido de sensualidad urgente, imperiosa. La fiesta llega acompañada por la voz de Chavela Vargas, que se queja con endechas sentimentales de miedo, triunfo y congoja.
Almodóvar regala la vitalidad de un texto que evoca sus mejores realizaciones. Enmascara el melodrama clásico con folletín de esquina y se lanza con un parto en el comienzo y otro en el final, justo cuando una voz, en 1970, priva a los españoles de las libertades individuales, y otra, en 1996, destaca que los españoles hace mucho perdieron el miedo. ¿Responsabilidad moral? ¿Un desafío a las fuerzas contradictorias que en España, desde arriba y desde abajo, ciñen de miedos al hombre común? Almodóvar impone sus espolones.
Entre un parto y el otro, se suceden tiros que no matan, pero hieren para siempre; se abren heridas que sólo se restañan con besos o con pólvora; se produce el encuentro de los vivos entre los muertos del cementerio que bendicen con ironía los recuerdos que estaban por volverse olvido. Y todo hubiera sido mejor si a la prensa se le hubiera proyectado una copia en buenas condiciones, sin rayaduras, y en una sala -el microcine de siempre de la distribuidora- donde el proyector no "leyera" la pista de voces por debajo de la de ruidos y las canciones, perdidas en el horizonte de la pared de atrás. En años debe ser la primera vez que se pasa allí un film sin subtítulos: es una tragedia auditiva no prevista por Almodóvar, justo cuando la espontánea adoración contenida del espectador no quiere estallar de cuerpo entero.
Más que de "Carne trémula" se trata de "en carne viva": el despojamiento y la fragmentación están connotados en las referencias visuales a "La vida criminal de Archibaldo de la Cruz" (o "Ensayo de un crimen"), de 1955, un muestrario de los retazos físicos de una muñeca íntima de tamaño humano a la que Luis Buñuel puso engranajes en esa producción mexicana que, en este film de Pedro Almodóvar, funciona de intertexto para ayudar a la comprensión desde el sarcasmo y la sátira más cruel.
Despojamientos
Hay dos estupendas actuaciones, la de Angela Molina, aunque de dicción imposible, como la mujer golpeada que halló la horma de su zapato, por así decir; y la de Javier Bardem, puro cuerpo y víctima de una bala perdida, pero con un alma... Liberto Rabal es el objeto de deseo desatado y no le falta nada para serlo; hasta tiene talento. Hay un momento, una escena mínima, para no olvidar: cuando se miran por primera vez dos víctimas del cruel destino: Bardem, un policía de ronda en patrullero, y Francesca Neri, drogada sin remedio, conjugados en una cámara lenta por atrás y un gesto normal en el frente, similar a aquella habitación que gira, en "Vértigo", aquel prodigio de Hitchcock.
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