Riesgos en el país del Tamagotchi
La "epilepsia televisiva" que afectó severamente la salud de setecientos niños japoneses es un fenómeno de estudio para los científicos. El episodio promovió reflexiones de todo tipo entre especialistas en temas de comunicación, sociólogos y miembros de la industria del entretenimiento, pero, sin duda, cualquier hipótesis debe sustentarse en las respuestas que se brinden desde el campo de la ciencia.
El martes, la población infantil nipona se vio afectada por algunas imágenes del dibujo animado Pokemon -la serie líder en audiencia en su franja horaria-, inspirado en los personajes del popular videojuego Pocket Monsters, fabricada por la empresa Nintendo, cuyas acciones bajaron un 1,5 por ciento en las bolsas de Tokio y Osaka.
Los médicos japoneses atinaron a proporcionar una respuesta previsible, apenas los centros de salud comenzaron a recibir a chicos con dificultades respiratorias, vómitos y náuseas. Amparados en la singular e imprecisa descripción de "epilepsia televisiva", señalaron que se trataba de una reacción provocada por un estímulo excesivo de luz. Pero debajo de esa sencilla explicación debe haber un terreno fértil para la investigación científica.
En Buenos Aires se aclaró que los fenómenos de fotoestimulación -como este que acaba de desencadenar el dibujo animado- pueden producir desórdenes en el funcionamiento neurológico, especialmente si los destellos son de color rojo. "Tiene una longitud de onda más rápida que el celeste o el pastel y, si sumanos a esta variable la intensidad y la frecuencia del color, el estímulo visual puede impactar en determinadas zonas cerebrales y producir una convulsión", explicó en la edición de La Nación del jueves el Dr. Osvaldo Panza Doliani, neurobiólogo y presidente de la Fundación Crecer sin Violencia.
En su temprana explicación los médicos japoneses dejaron entrever un detalle al que conviene prestar atención: el brote de epilepsia fotosintética habría sido precedido por un virtual estado de hipnosis (es decir, en un estado en que se anula cualquier posibilidad de elección). Ese pequeño detalle alumbra sobre las condiciones en que hoy se ve televisión. Es un dato que debiera servir como advertencia a los padres, muchas veces confiados en que, cuando depositan a sus hijos frente a la pantalla titilante del televisor, los dejan en muy buenas manos.
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Cuando haya bajado la espuma informativa que envuelve a la noticia originada en Tokio, los especialistas deberían observar con especial atención ese borde que separa muy sutilmente el traumático episodio japonés de las cotidianas condiciones de percepción que produce el hecho televisivo. Es seguro que antes de llegar a esa peligrosa frontera, son muchos los estímulos visuales excesivos que se ofrecen desde la pantalla y también los mensajes de violencia que encubren argumentos presuntamente inofensivos.
No es un tema nuevo para quienes desde hace años vienen cuestionando los altos índices de violencia que incluyen los programas infantiles. Esos desbordes no sólo afectan los contenidos de distintos dibujos animados, sino también su concepción estética.
Japón es país líder en la materia. A comienzos de los años ochenta, la distribución de algunos cartoons nipones en el mercado internacional despertó las primeras controversias. Dibujos animados como el entonces popular Mazinger pasaron a ser la expresión más violenta del género gobernado por Disney, cuyos estudios durante décadas se encargaron de modelar el gusto de las audiencias infantiles.
El cambio tuvo consecuencias estéticas. Quizá con el propósito de vencer esa hegemonía en el mercado del entretenimiento, la industria japonesa imaginó una serie de dibujos de trazo violento, en los que la amabilidad curvilínea y las estilizadas redondeces de Disney eran reemplazadas de un plumazo por figuras punzantes y agresivas formas geométricas. Por suerte, los viejos estudios han logrado sobrevivir: el cine acoge anualmente a nuevas invenciones de esa fábrica de sueños (La bella y la bestia, El rey león), que siguen cosechando la misma adhesión entre la audiencia.
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El otro tema que debe ser examinado a la luz de este episodio es el de la paradoja tecnológica. Como sucede siempre, sus contradicciones aparecen con mayor nitidez en tiempos en que -como éste- se asiste a un fabuloso crecimiento de las ciencias y la tecnología.
La industria del entretenimiento se ha constituido en un escenario de debate. Desde los juegos de computadora hasta las más recientes mascotas virtuales (otro producto nacido en la afiebrada imaginación del país del Tamagotchi) muchos productos en principio llamados a constituirse en divertimiento de los chicos y los jóvenes terminan por exhibir aristas amenazantes para su salud psíquica y finalmente atentan contra su conducta social.
A poco de ahondar sinceramente en el tema, no es difícil toparse con términos tan rotundos e inquietantes como hipnosis y alienación. El episodio de Tokio vino a darles la razón a quienes creían descubrir efectos nocivos en productos que a simple vista parecen juguetes.
En el editorial publicado en su edición de ayer, La Nación quiso ir un poco más allá al observar los riesgos que a veces encierra -al menos de manera potencial- este tipo de fenómenos tecnológicos, incluida el peligro de la manipulación de grandes sectores sociales.
"Esa novedad -se decía- ha provocado justificado temor no sólo en el público sino, también, en las más altas esferas de la industria de la televisión y, asimismo, entre quienes se han dedicado a estudiar las consecuencias del fenómeno televisivo. No es para menos. Si ésas han sido las reacciones generadas por el que al parecer sólo era un inofensivo entretenimiento -los dibujos animados japoneses tienen distribución mundial-, ¿cuáles podrían llegar a ser los efectos de una emisión deliberadamente destinada a alterar o modificar las pautas de comportamiento de sus receptores?" Es un fantasma al que conviene mirar de frente






