
Despues de la tormenta, vuelve a rugir A.N.I.M.A..L. sin embargo las heridas todavia estan a flor de Piel. y ahora se sabe los Metaleros tambien lloran
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El techo del Roxy también suda, como si la energía de ochocientos fans de a.n.i.m.a.l.se hubiera condensado en esas vigas de ferrocarril pintadas de verde. "Acá no hay rencores con nadie", dice el cantante, guitarrista de la banda, cerca del final del show. "Hubo gente que se fue porque no compartía la idea de trabajo de a.n.i.m.a.l., y otra que llegó, que sí está de acuerdo; eso es todo." Gimenez se refiere, claro, al cisma que partió a su banda durante el segundo semestre del año pasado. Entonces, el bajista y letrista Marcelo Corvata Corvalán y el baterista Andrés El Niño Vilanova decidieron abandonar el trío que había logrado exportar el rock pesado made in Argentina y se había convertido en un referente inequívoco de este estilo en la historia local y latinoamericana. Poco después del conflicto, Corvata y El Niño volvieron a juntarse para armar un nuevo grupo –su nombre es Carajo–, mientras que Gimenez y el manager Alejandro Taranto (verdadero cuarto miembro de la banda) siguieron adelante con a.n.i.m.a.l., ahora con Cristian Titi Lapolla en bajo y Marcelo Castro en batería.
Todos los que esta noche habitan el Roxy saben que éste es un show especial para a.n.i.m.a.l. Es apenas el cuarto con la nueva formación, y el primero en Buenos Aires después de la edición del flamante a.n.i.m.a.l. 6 (véase RS 41). Los apretujados fans –muchos buzos negros con inscripciones y jeans; las remeras y bermudas esperarán al verano– enfrentan sensaciones diferentes: están quienes ya escucharon el nuevo álbum y notan una suerte de continuación lógica en el sonido demoledor del grupo, pero también quienes sienten que el lugar del histórico Corvata no podrá ser ocupado por otro bajista.
Un rato antes, en el estrecho y gélido camarín del Roxy, Titi soltaba un chiste tras otro. No estaba disimulando los nervios previos al show: el tipo es así todo el tiempo. "Cuando venía para acá, los pibes me decían algo de una corbata o algo así. Y yo pensé: ¿estaré muy desprolijo?", bromeaba y se acomodaba una y otra vez su proyecto de dreadlocks rubios. En un sofá, Marcelo entraba en calor golpeando sus palillos sobre una tabla recubierta de goma. Y Andrés insistía en que estaba ansioso por tocar "de una buena vez". De repente, me preguntó si había traído lapicera y papel. Respondí que no, y me toreó: "¿Cómo, no nos vas a tomar examen? Sé bien que van a estar todos mirando hasta el mínimo detalle. Les preocupa saber si somos o no somos a.n.i.m.a.l.".
"No dejaremos de ser lo que somos/ por mas que nos quieran sacar del camino/ La libertad y la pureza es el sello/ que marco en el alma este pacto de amigos." ("a.n.i.m.a.l.")
"No va a ser fácil remontar la partida de Corvata y El Niño, porque eran muy queridos por nuestros fans", reconoce Andrés, sentado en uno de los cómodos sillones de su nuevo hogar. El cantante dejó este año la casita de los viejos en Ituzaingó, aquella donde el trío ensayó hasta que el techo de la sala empezó a pedir a gritos que se fueran. A los 34, pudo comprarse su propio ph en Caballito, gracias a que el dueño se lo dejó muy por debajo de su verdadero valor. Lo primero con lo que uno se topa al entrar es la Honda 100 de Andrés. La motito aún conserva un par de rayones, recuerdo de la encerrona de un colectivero que ni siquiera se detuvo para ver si estaba vivo el tipo que había quedado tirado en el piso. Eso ocurrió hace un mes; el tipo era el cantante de a.n.i.m.a.l. y dice que todavía le duelen las piernas. El living no parece el de un músico de heavy metal sino el de una tradicional familia argentina: dos ventiladores de techo, una estufa, mesa de caños y vidrio, sillones, una mesita ratona, un modesto equipo de audio y algunos compactos (en este caso, Radiohead, Iggy Pop, Slayer, Sepultura). Las paredes están como las dejó el dueño anterior: una quedó cubierta por un empapelado que pretende pasar por ladrillo a la vista y que ya empieza a despegarse. Todo está limpio y prolijo. Mamá Gimenez hizo su paso por allí, dice su hijo.
–En el nuevo disco hay una canción que se llama "a.n.i.m.a.l.". ¿Sentiste la necesidad de reafirmar la identidad de la banda tras el cambio de formación?
–Sí, necesitaba escribir algo que fuera como la Biblia de lo que para mí es a.n.i.m.a.l. Pero no va contra nadie, es una cuestión de necesidad mía. Como "Buscando llegar hasta el sol", que habla de lo que me dolió todo lo que pasó, pero no dice: "Ah, te fuiste, maldito". De hecho, Carajo figura entre los agradecimientos del disco, porque ahí hay gente que tocó conmigo y que me dio cosas positivas. Ahora, después de todas estas idas y vueltas, con a.n.i.m.a.l. tenemos que recuperar la credibilidad, porque lo que dijeron Corvata y El Niño hizo que todo se bastardeara. Me duele que mis ex compañeros hayan hablado tan mal de mí.
Repaso. En octubre de 2000, El Niño y Corvata formalizaron ante la prensa su decisión de abandonar a.n.i.m.a.l. Enterado de esto, Andrés, que estaba en Los Angeles tocando como invitado con los mexicanos El Tri, envió un comunicado en el que aclaraba que seguiría adelante con el grupo. Cuando el baterista y el bajista tuvieron listo Carajo, dieron su versión sobre su salida de a.n.i.m.a.l.: en resumen, Andrés los había decepcionado; él y el manager habían decidido que El Niño cobrara menos, pero no se lo habían anunciado, y no había espacio para que nadie que no se apellidara Gimenez tomara decisiones.
Andrés se revuelve en su asiento cuando se le recuerdan los dichos de sus ex colegas. Como un perro antes de echarse, da decenas de vueltas. Afirma que no es una persona de entrar en polémicas y que prefiere comerse el garrón de que los fans lo vean "como el hijo de puta que desarmó la banda". Confiesa que tiene permanentes dolores de cabeza, que toma pastillas para dormir y que retomó sus sesiones de terapia (las había empezado cuando Martín Carrizo, el batero anterior a El Niño, abandonó el trío). Pero no quiere que piensen que la va de víctima. El hecho es que no tiene ganas de aclarar en público cómo fue la partida de sus compañeros, y asegura que hasta ahora no lo ha hecho. Hasta ahora.
–El año pasado, después de tocar en Colombia, El Niño planteó que no se sentía parte de la banda y que no iba a seguir tocando cuando terminara el Watcha Tour. Durante esa gira, Corvata me dijo que él también abandonaba a.n.i.m.a.l. No me cayó como un balde de agua fría: me cayó como un balde de mierda. Reconozco que fui muy egoísta, porque Corvata planteaba que no hiciéramos giras tan grandes para estar más tiempo con su esposa y tener un hijo. Y como mi único compromiso es a.n.i.m.a.l., le respondí: "No podemos dejar de hacer giras, es nuestra vida, es la meta". Ahí se dio un primer desequilibrio, porque él tenía metas distintas. Puede ser que él se haya sentido defraudado por eso. Quizá yo tendría que haber actuado de otra forma. Debería haberle tendido mi mano a Corvata para que todos estuviéramos felices; hoy estoy arrepentido. Pero no me arrepiento de mi carrera: mi bandera es a.n.i.m.a.l., siempre quiero ir al frente y demostrarle al mundo que desde la Argentina una banda puede hacer eso, como hizo Sepultura con el Brasil. Todo lo que hice, mi vorágine de trabajo, ser un tipo que por ahí no mide consecuencias y va para adelante, siempre fue por el bien de la banda. No se trata de ganar plata o no, sino de poder decir: "Loco, salí de una familia muy humilde, que alquiló toda su vida, y hoy puedo ser un representante del rock argentino en el mundo". Es una cuestión de orgullo.
–¿Cuándo hablaron Corvata y vos por última vez?
–La última charla fue arriba de un avión, de vuelta hacia Buenos Aires. Lloré mucho, le pedí por favor que siguiera en la banda y él me dijo que no se sentía cómodo, que no compartía lo mismo que yo. Cuando le anuncié que iba a seguir adelante con a.n.i.m.a.l., me contestó: "Bueno, pero que quien entre ponga los huevos como los puse yo". Sé que, con el tiempo, Corvata y yo vamos a tener una buena relación. Hoy no se puede, porque está todo en caliente. Me muero por llamarlo por teléfono, compartir unos mates. Me enteré de que su esposa está embarazada y me puso superfeliz, porque él quería tener una familia. Me encantaría poder conocer a su hijo o hija, disfrutar eso con él. Las cosas no se dieron así. Y sólo digo que me duele cuando se abre la boca de más, al pedo, porque somos gente grande y nos conocemos bien.
–¿Hubo problemas de dinero con El Niño?
–Nunca le quedé debiendo absolutamente nada. El ganaba menos, sí, pero eso era público. Eso lo decidimos Corvata, Taranto y yo. Si hoy, como están tocando juntos, Corvata dice que no se acuerda, es su problema. El Niño dice que le mentí porque se enteró por Corvata. Tiene razón, se lo tendría que haber dicho yo, y por eso le pedí perdón, porque no quise ocultar nada ni perjudicar a nadie. Si es necesario, me hago cargo, pido perdón públicamente a toda la gente a la que le pude haber hecho mal. Sobre todo a los fans, si creen que fui culpable de algo. Aunque yo estoy absolutamente convencido de lo contrario.
"Quiero ser mi juez en este cruel destino/ y nuevamente ver./ El fuego de la pasion/ renace y siento que/ mi cuerpo se enciende otra vez/ buscando llegar hasta el sol./ La llama de nuestra ilusion/ ¡no dejare que se apague jamas..!" ("Buscando llegar hasta el sol")
El set de filmación está desierto, aunque supuestamente a.n.i.m.a.l. está registrando el video de un derroche de energía metalera llamado "Usa toda tu fuerza", corte de difusión a.n.i.m.a.l. 6. Pero desde un cuarto contiguo sale un aroma invitador que obra como explicación: más de veinte personas –los músicos incluidos– están deleitándose con un goulash casero. Es apenas un alto para reponer energías en un día de trabajo arduo. Andrés me presenta formalmente a los nuevos dos tercios de a.n.i.m.a.l. y sólo necesito unos minutos para descubrir que no podrían ser más distintos entre sí.
Titi Lapolla es, según su propia definición, "un petardo". Según la de sus compañeros, "un hinchapelotas" y "una máquina de decir pelotudeces". El tipo, como ya se ha dicho más arriba, contagia risa, aunque sus chistes a veces sean pésimos. Y tiene la persistencia del conejito que promovía pilas alcalinas. En la casa familiar de Lugano –"barrio heavy metal si los hay", aclara–, Titi comenzó a tocar el bajo. El mango estaba torcido y se hacía difícil sacarle un buen sonido, pero él había encontrado su vocación. Por eso abandonó los libros en tercer año de la secundaria, con la promesa a su madre de que se anotaría en un conservatorio. Nunca lo hizo, pero se pasó los siguientes siete años practicando en su cuarto. Su modelo en el instrumento era… ¡John Taylor, de Duran Duran! Trabajó en varias radios, dio clases después de aprender a leer música, y lustró relojes de madera. Pero la condición, siempre, era poder zafar cuando hubiera que tocar en vivo. En su currículum figuran el paso por Raptor y Simbiosis. El año pasado, como la música no le alcanzaba para vivir, Titi aprovechó su facilidad para dibujar y aprendió a hacer tatuajes; su plan era radicarse en Miami con su novia y vivir de la tinta y las agujas hasta encontrar alguna banda. Entonces Andrés Gimenez lo llamó por teléfono y lo invitó a formar parte de a.n.i.m.a.l. El bajista nunca sacó los pasajes: ahora es parte del trío pesado al que siempre iba a ver como público. El sueño del pibe, dice él, aunque con algunas complicaciones.
–Desde el primer momento supe que me tocaba bailar con la más fea, porque tenía que reemplazar a Corvata, que estuvo ocho años en la banda y al que quieren todos los fans. Con él siempre tuve muy buena onda y la última vez que me lo crucé, le dije: "Mirá, no te comas ninguna, estoy re-contento porque estoy tocando en a.n.i.m.a.l., pero no quiero llevarme mal con vos. El problema que tuviste con Andrés es de ustedes. Para mí es un honor reemplazarte". Y me tranquilicé después de hablarle, porque me entendió y me dijo que lo disfrutara. Es que a.n.i.m.a.l. es algo grosso de verdad. En Los Angeles, durante la grabación del disco, una tarde estábamos comiendo en un bar, el Rainbow, y por ahí andaban Slash, el violero de Deftones, el violero de Slayer, los Fear Factory, Fred Durst... En eso pasaron tres mexicanos y nos pidieron que les firmáramos las servilletas, porque reconocieron a Andrés. Todos esos músicos grossos nos miraban como diciendo: "¿Y éstos quiénes son?". Lo que pasa es que a ellos ya no les dan bola, porque los ven todos los días. Pero yo, cholulo, me saqué fotos con todos. Mirá si me la iba a perder...
La anécdota de los días en Los Angeles que recuerda Marcelo Castro es bien diferente. El baterista es católico practicante, y un domingo anunció que se iba a misa. Taranto le contestó que iba a acompañarlo y se convirtió en el blanco de las burlas de Gimenez, que vaticinó caídas de santos de sus pedestales. Al final, el batero, el manager ¡y el cantante! terminaron en la iglesia.
–Fue buenísimo, nos abrazamos en la parte del saludo de la paz. Nadie nos miró raro cuando entramos, los tres tatuados y con aros en las cejas. Acá, las viejas se desmayarían. Pero creo que la Iglesia está en las personas copadas, las que tiran para adelante. Las viejas chusmas y los curas que se voltean pendejos no tienen nada que ver con la Iglesia.
–¿Siempre fuiste religioso?
–No, pero en el 96 tuve una experiencia con los Cursillos de Cristiandad que me abrió el mate. Ahí empecé a entender para qué estaba en el mundo. Pensé que eso iba a chocar con la banda, pero los chicos me respetan mucho. Aunque también me gastan. Tengo un tatuaje de Cristo llevando la cruz y Titi me dice: "Eh, si ése es Vilas llevando la raqueta". Yo me cago de risa. Cuando hacés esos retiros, al principio salís con un pedo místico, pero después te das cuenta de que es algo personal y que si contagiás a alguien es por tu forma de vida. A mí la fe me cambió: medito, leo la Biblia, vivo la misa intensamente y tengo la guía de mi director espiritual.
–¿Y qué dice él acerca de que estés tocando en una banda de rock pesado? ¿O de que en la tapa del disco diga 666, el número de la Bestia en el Apocalipsis?
–Lo más rockero que mi director espiritual puede llegar a escuchar es un vals, pero es muy abierto y ve muy clara mi vocación. A veces le cuento cosas de la banda y se caga de risa. En todo esto hay mucho circo. Andrés, por ejemplo, sale con los cuernitos, pero los días 7 va a San Cayetano. Por eso, no creo que esto sea Satanás y me lo tomo con humor, igual que mi confesor. Además, el mensaje principal de esta banda es la música y la energía que te produce.
–Pero el nombre del grupo significa "Acosados Nuestros Indios Murieron Al Luchar", y muchas de sus letras hablan de la exterminación de los indígenas. Y la Iglesia Católica no fue a ajena a esa historia.
–Es verdad, pero hasta ahora no encontré nada que fuera contra mis creencias. Si alguna vez hay un mensaje directo contra mi religión, aclararé las cosas, porque la fe no es algo menor para mí. Pero estoy seguro de que uno puede seguir a Cristo dentro de un convento, siendo abogado, barrendero o baterista en una banda de heavy metal.
Marcelo Castro había llegado hasta las pruebas finales cuando a.n.i.m.a.l. debió reemplazar a Martín Carrizo. Como en aquel entonces la banda buscaba alguien con un estilo parecido al de Carrizo, El Niño ganó la pulseada. Ahora le llegó la revancha. Marcelo vive con su esposa en La Plata, su ciudad natal, aunque está pensando en mudarse para dejar de viajar tanto. Lleva quince años aporreando tambores, aunque se dedicó de lleno al instrumento después de terminar el bachillerato. Trabajó como vendedor en la casa de repuestos de auto de su abuelo y guardaba el sueldo para poder irse a estudiar batería a Los Angeles; a su regreso fundó la escuela Drums y fue parte de Ritual, entre otros grupos. Cuando Andrés lo llamó, Marcelo no dudó en delegar responsabilidades como profesor para tocar en la única banda de la que le interesaba formar parte. En los estudios Indigo Ranch, donde a.n.i.m.a.l. grabó sus tres últimos discos, hizo todas sus tomas en un solo día, en una mezcla de adrenalina y costumbre de lidiar con producciones más pobres. En el disco y en vivo, este treintañero le da la razón a Andrés cuando lo califica como "una bestia", porque arma a puro palazo y doble bombo una pared indestructible, en conjunción con el bajo de Titi. Un tipo familiero, sereno y amable, Marcelo. Salvo, claro, cuando se sienta ante la batería. Ahí, mejor no te le pongas enfrente.
"¡Defender nuestro lugar!/ No dejar de ser/ nunca lo que uno quiso./ Nos marginaran/ pero seremos dueños/ de toda verdad/ y todo sentimiento/ pleno de pasion/ y de emociones firmes." ("Nuestra eleccion")
Alejandro Taranto está tan consustanciado con a.n.i.m.a.l. que es muy fácil confundir su voz nasal con la de Andrés Gimenez. El cantante y el manager son "como hermanos", según dicen ambos. Y esta relación casi simbiótica, que causó no pocos celos en el seno del trío, se hizo más fuerte en la adversidad. Por supuesto, no son todas flores: reconocen que no pasa un día sin que choquen sus puntos de vista. Sin embargo, aseguran, las conclusiones siempre superan a las ideas originales. "Andrés siempre me pidió cosas que me parecían imposibles, pero insistió tanto que sacó lo mejor de mí y lo consiguió", afirma Taranto. "Desde el comienzo de la banda, aunque todos tenían participación, las decisiones importantes las tomamos Andrés y yo. Eso, en algún momento, hizo que Corvata dijera que yo quería ser mucho más que un manager. De hecho, soy mucho más que un manager. Me siento totalmente parte de a.n.i.m.a.l., porque siempre puse los huevos para que la banda saliera adelante".
La historia de Taranto en el ambiente del rock comenzó hace más de quince años. Un día, aquel joven emprendedor que siempre había trabajado como vendedor, llegó hasta las oficinas de La Corporación, la agencia de representación de artistas que entonces tenía Oscar López. Su idea era ofrecer las remeras con logos de bandas que fabricaba por su cuenta, pero dentro de esas oficinas se le hizo la luz: "Me di cuenta de que eso era lo mío. Y decidí combinar lo que mejor sabía hacer, que era vender, con el rock, que era la materia que más conocía". No le resultó fácil. Su primer trabajo rockero fue como plomo de git, pero enseguida ascendió a asistente de manager. Dio varias vueltas hasta que, como parte de una agencia, apostó por trabajar con un grupo novel: Los Fabulosos Cadillacs. La banda y el manager crecieron juntos, hasta que los Cadillacs lo echaron (y le dedicaron, de paso, la canción "El satánico Doctor Cadillac"). Entonces, Taranto armó su propia agencia, América Rock, responsable de la memorable visita de Jerry Lee Lewis y de los primeros pasos de Los Guarros y Jaf.
En un concierto de Testament, en Nueva York, el futuro manager de a.n.i.m.a.l. se deslumbró con el grupo soporte, White Zombie. Por eso, cuando le hablaron de un trío pesado, decidió contratarlo sin siquiera haber escuchado una canción. Para entonces, Taranto ya había fundado el sello Tommy Boy, a través del cual publicó los más variados artistas, desde Massacre hasta el Dinosaurio Bernardo. Con el tiempo, el productor ejecutivo se convirtió en manager y abandonó sus otras ocupaciones para concentrarse en el trío. O cuarteto, si se lo cuenta a él. "a.n.i.m.a.l. es la banda pesada en español más grande del mundo y creo haber sido un grano de arena importante en esta historia. Realmente, si no sueno modesto, me chupa un huevo".
"Mi decision es ser parte de esta familia que hasta hoy/ marco sus huellas dentro de mi corazon." ("Marcado a fuego")
En el camarín del set de filmación, les hago la misma pregunta al bajista y al baterista: ¿ a.n.i.m.a.l. es Andrés Gimenez?
titi: Totalmente. ¿Qué voy a decir, que soy yo? Si estoy hace ocho meses; sería un caradura... Siempre que iba a ver la banda me rompía las pelotas que Andrés agradeciera tanto, pero cuando lo conocí me di cuenta de que se peló el culo por a.n.i.m.a.l. Entonces, no es casualidad que haya llegado hasta donde llegó. De todos modos, a mí me hacen sentir parte de una banda; nadie me dice qué tengo que hacer ni me prohiben nada.
marcelo: Nos sentimos bastante parte del grupo, aunque el espíritu de a.n.i.m.a.l. es Andrés, por supuesto. En cierta manera, siento que estamos tocando en la banda de Andrés... Aunque nosotros también somos parte de a.n.i.m.a.l., porque los temas los terminamos entre todos, hicimos arreglos e incluso en el disco metí una letra [la de "Límites"].
En casa del cantante y guitarrista, vuelvo sobre la idea. Andrés se desmarca enseguida diciendo que a.n.i.m.a.l. volvió a ser una banda, aunque concede que es lógico que la gente piense que él es la imagen.
–Pero, ¿sos el dueño de a.n.i.m.a.l.?
–Si es por historia, sí. Y cuando hay que tomar una decisión pesa un poco más mi opinión, incluso por una cuestión de respeto de los chicos hacia mí. No soy un mandamás, pero es realista pensar que en un barco tiene que haber un capitán y marineros. De todos modos, nunca me interesó hacer mi carrera solista dentro del grupo: cuando hacía una nota no hablaba sólo de mí, les daba participación a los demás, dejaba que otro cantara...
–¿En ningún momento pensaste en armar una banda con otro nombre?
–Nunca. Siempre tuve muy claro que ésta era la banda con la que soñé toda mi vida. a.n.i.m.a.l. se va a morir el día que me muera yo.






