
Saraceni, diestro cineasta
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Julio Saraceni, que falleció el lunes último, a los 89 años, fue uno de los directores con mayor producción del cine argentino. El número de sus realizaciones supera holgadamente las cinco docenas. Fue hombre de industria, hábil en el manejo de los actores y diestro para descubrir el punto de contacto entre la estrella y el sitio donde el público deseaba verla. Alternó en su carrera el trabajo con los grandes y con los pequeños, a quienes llevó a alturas de popularidad.
Don Julio pasó sus últimos años casi en la indigencia, ayudado por un subsidio del Instituto de Cinematografía, olvidado por casi todos, triste por la muerte, hace dos años, de Argentina Mori, su mujer y asistente de dirección del noventa por ciento de su filmografía, sometido por una hemiplejía de diez años y víctima de la explosión de la AMIA, el 18 de julio de 1994, de donde vivía a sólo cincuenta metros, sobre la calle Viamonte.
Curiosamente, la carrera de Saraceni comienza como aviador, afición que quedó impresa en por lo menos dos oportunidades, en "Fórmula secreta" (1937), su mediometraje inicial, y en "La última escuadrilla" (1951). Por entonces, estudiaba ingeniería y por este motivo fue llamado para intervenir en el diseño de los viejos estudios de Rayton Film, en Pedro de Mendoza 427. Para inaugurarlos, allí rodó su primer largometraje, "Noches de carnaval" (1937), que intentó convertirse en vehículo para la popularidad de Florencio Parravicini. Vino luego "Intrusa", con dos estrellas de la radio, Olga Casares Pearson y Angel Walk.
Su orgullo fue el relanzamiento en el cine de algunos grandes, tales como Alberto Castillo, en su primer gigantesco suceso, "La barra de la esquina" (1950), y como Lolita Torres, en "La mejor del colegio" (1953), cantantes-actores que antes habían mostrado sus aptitudes con otros realizadores. Saraceni fue maestro en las boleterías y, por eso, hombre de confianza para los productores, para quienes trabajó sin distinción ni agotamiento.
Cuidadoso y sutil
En su labor fue cuidadoso y sutil, articulaba como los viejos artífices la narración directa y clara, mediante un montaje invisible y un manejo de los planos donde el actor ocupó siempre el mejor lugar.
Su carrera concluyó a mediados de la década del 80 ("Los superagentes contra los fantasmas", 1986), cuando se dedicó a producir programas para los canales 9 y 11 y a filmar documentales.
Muchos grandes del espectáculo le deben a Saraceni una porción interesante de su popularidad: Mirtha Legrand ("María Celeste", 1944), Fidel Pintos ("El hermoso Brummel", 1951), Los Cinco Grandes del Buen Humor ("Veraneo en Mar del Plata", 1954; "Los peores del barrio", 1955); "El satélite chiflado", 1956), Niní Marshall ("Catita es una dama", 1955; "Cleopatra era Cándida", 1964), José Marrone ("Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina", 1961; "Alias Flequillo", 1963), Carlos Balá ("Canuto Cañete, conscripto del Siete", 1963); Pepe Biondi ("Patapúfete", 1967), Sandro ("El deseo de vivir", 1972).
Semejante lista de títulos, incompleta por supuesto, da prueba acabada de cuánto estamos a diario y a través del televisor en contacto con la mano eficaz del cineasta Julio Saraceni.





