
Sergio Castellitto, intensidad y sutileza
Para muchos de los que disfrutaron de La familia , aquella entrañable historia de Ettore Scola sobre varias generaciones de un clan romano, Sergio Castellitto seguirá siendo siempre Carletto, el muchacho que se hacía cómplice del nonno Gassman condenado a dieta y le servía a escondidas un plato de la pasta prohibida que el anciano miraba con avidez.
Han pasado veinticuatro años y más de cuarenta films en la carrera de este actor multipremiado, pero es casi inevitable que su imagen remita a aquel personaje, a aquella escena, a aquella emoción. Aunque ahora ya no muestre el gesto enternecido del nieto de Scola, sino la sonrisa irónica y desconcertada del pintor agnóstico en conflicto con las instituciones que Marco Bellocchio puso en el centro de La hora de la religión . La riqueza de matices con que Castellitto traduce un personaje tan complejo vuelve a probar que es uno de los actores más versátiles con que cuenta el cine italiano. No es casual que se lo venga señalando como heredero de aquella gloriosa generación de actores que, como Gassman, Tognazzi o Mastroianni, podían abordar con igual autoridad el drama y el humor.
Bellocchio mismo lo ha comparado con el inolvidable Marcello al referirse a su labor en los dos films en que lo dirigió: Il regista di matrimoni (2006), no estrenado aquí, y el que, con ocho años de demora, se conoció hace un par de semanas. (Si se quiere ser más preciso, habrá que añadir que ya en 1982 el cineasta piacentino le había confiado el doblaje de la voz de Lou Castel en Gli occhi, la bocca. )
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Nacido en Roma en 1953, Castellitto se formó en la Academia Nacional de Arte Dramático y perfeccionó su oficio en el teatro, casi al mismo tiempo en que ganaba unas liras con breves apariciones en cine, muchas veces a las órdenes de directores debutantes. La familia afirmó una fama que ya había alcanzado con Magic moments (Luciano Odorisio, 1984), donde encarnaba a un aspirante a cineasta al lado de Stefania Sandrelli, su nonna en el film de Scola. Con Sembra morto... ma è solo svenuto (Felice Farina, 1987), mezcla de commedia all'italiana y drama de costumbres en cuyo guión intervino, no tuvo suerte en Italia, pero sí en Francia. Por eso actuó en Miedo y amor (Margarethe von Trotta, sobre Tres hermanas de Chejov, 1988), Azul profundo (Luc Besson, 1988) y más tarde en un par de films de Jacques Rivette ( Va savoir, 36 vues du Pic Saint Loup ). También fue Miraz, el falso rey de Narnia en el segundo capítulo de Las crónicas...
Desde entonces, fue requerido por algunos de los grandes directores europeos, de Scola (que volvió a convocarlo para Competencia desleal , 2001) a Marco Ferreri ( La carne , 1991), y de Gianni Amelio ( La stella che non c'è , 2006) a Gabriele Muccino ( El último beso , 2001) o Giuseppe Tornatore ( Fabricante de estrellas , 1995). El mismo ha dirigido tres films, el más destacado de los cuales (y el único que se estrenó aquí) es Un loco amor, retrato febril de una pasión en el que supo revelar el temperamento dramático de Penélope Cruz. La intensidad y la sutileza con que la administra es, precisamente, uno de los rasgos que lo distinguen en su trabajo como actor.
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