Actuaciones muy efectivas para una comedia liviana
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LA CALMA MÁGICA. Autor: Alfredo Sanzol. Intérpretes: Tamara Kiper, Inda Lavalle, Gerardo Otero, Claudio Tolcachir. Escenografía y vestuario: Cecilia Zuvialde. Luces: Ricardo Sica. Sonido: Joaquín Segade. Asistencia de dirección: Cristian Scotton. Dirección: Ciro Zorzoli.
Sala: Timbre 4, México 3554. Funciones: viernes, a las 23; sábados, a las 20,30. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: buena
Es el autor de moda en España. Está considerado no solo uno de los dramaturgos más destacados de su generación sino que, además, se lo reconoce como un comediógrafo magnífico. Alfredo Sanzol ha recibido en los últimos años algunos de los premios más importantes de su país, como el Max y el Valle Inclán. A eso se suman una serie de estrenos anuales en los que ha demostrado un progresivo e interesante avance en sus procesos creativos.
La calma mágica es una pieza que dio a conocer, bajo su dirección, en 2014. Un texto de temática y estructura dispar. Una obra cargada de tintes absurdistas, que en algún momento ingresa en un campo onírico y que termina anclando en un realismo patético que, de golpe, despierta al espectador, lo saca de cierto desconcierto y lo instala en la realidad más inesperada del protagonista.
Osvaldo es un actor que ha decidido alejarse de su profesión y busca un trabajo que lo coloque en un ámbito más terrenal, lejos de la fantasía. Presenta su currículum en una empresa y la mujer que lo recibe -cansada de la rutina- lo acepta, a la vez que lo convida con ciertos hongos alucinógenos a los que es afecta. Esa parecería ser su manera de escapar de la cotidianidad.
El muchacho se queda dormido frente a su computadora y esa situación es aprovechada por un visitante quien lo filma con su celular y hace que esa imagen se viralice. Cuando se entera, Osvaldo decide ir contra su supuesto enemigo. Quiere que él elimine el video y no importa lo que tenga que hacer para lograrlo. En ese intento las cosas parecerían correrse de lugar. Allí entonces la obra entra en un mundo sorpresivo. La acción se traslada a África: un safari, un elefante muerto y otras cuestiones desatinadas. Los personajes modifican su identidad. Viven una realidad paralela.
En definitiva, los hongos han provocado que el derrotero de los hombres y mujeres que guían esta trama se transformen en criaturas sacadas de contexto, pero con personalidades que irán sosteniendo la comedia mientras el público no tiene más opciones que aligerar su atención, modificar su enfoque e ingresar, caprichosamente, en otras circunstancias. El final cambia el rumbo de todo.
La calma mágica es una pieza cargada de efectos, donde no importa demasiado la historia o las historias que se expongan sino cómo el equipo que la represente se anime a jugar las distintas situaciones tratando de extraer de ellas la máxima teatralidad posible.
Este grupo que conduce con rigor Ciro Zorzoli logra aportarle una opinión sincera, muy profesional, a ese texto. Van a fondo construyendo ese sistema de ecuaciones pequeñas que propone el autor. Con buen ritmo logran moldear personajes, hacerlos creíbles, y el cruce entre ellos es muy efectivo. Llevan las acciones al límite. Dan forma a este pastiche dramático con mucha severidad. Y el público, en varios momentos, disfruta de sus salidas alocadas.
Zorzoli y sus actores hasta se animan a hacer guiños al teatro infantil más bastardo (Claudio Tolcachir se ata en su cabeza un paño rosa que le permite simular unas grandes orejas de elefante o la manipulación de armas de madera que realiza Gerardo Otero). Y salen airosos, provocan la risa. Los espectadores parecerían aceptar gustosos esa convención que ellos establecen.



