Alan Madanes: sus inicios en un reality de talento, su trabajo con Elena Roger y el desafío de interpretar un personaje con una historia compleja
Luego de haber encarnado en teatro a Frank Sinatra y a Sandro, el joven actor estrenó la versión musical del bestseller Los ojos del perro siberiano, en la que se pone en la piel de un enfermo de sida en el marco de la pandemia de los 90
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En los últimos años, pocos actores han trabajado tanto y en proyectos tan disímiles como Alan Madanes. Tras formar parte del elenco de Querido Evan, protagonizó Cuando Frank conoció a Carlitos y Sandro, el gran show, todos musicales de peso por los que obtuvo nominaciones y premios. También experimentó el teatro de texto: en la remake de Yepeto, de Roberto “Tito” Cossa, asumió el rol que, 40 años atrás, había catapultado la carrera de Darío Grandinetti. Y hasta se animó a ponerle el cuerpo a un unipersonal: Souvenir de mar.
Eso en cuanto al teatro, que hoy es su medio habitual. Pero en 2015 conoció los primeros destellos de popularidad gracias al talent show de Telefé Elegidos, la música en sus manos. En la primera edición fue concursante (alcanzando la séptima posición como cantante); y en la segunda, host digital. Ese primer acercamiento a la televisión derivó en la convocatoria para participar en dos series juveniles de Disney: Bia (2019) y Freeks (2023). Y en la miniserie que lo posicionó como actor dramático: Cromañón (y que le deparó el Premio Cóndor de Plata como Revelación masculina).
Ahora, el sobrino nieto del recordado director teatral Cecilio Madanes participa de tres espectáculos teatrales a la vez, a cual más diferente: Invasiones I, con música de Charly García (que el domingo bajó de cartel pero volverá en 2027), en el Teatro San Martín; Animal (cruzá el límite), un ejemplo de teatro físico e inmersivo que estrenó hace dos semanas, en Dumont 4040; y Los ojos del perro siberiano, basado en el bestseller de Antonio Santa Ana, sobre los 90 y la epidemia del sida, que subió a escena el martes 1° de septiembre en el Teatro Politeama, y que tendrá todos los martes, a las 20.
-Hoy, visto con cierta perspectiva, ¿sentís que te revelaste para el público y la crítica con Cuando Frank conoció a Carlitos?
-Sin lugar a dudas. Fue como jugar en primera por primera vez. A partir de esa obra el cambio fue notorio. Algunos me conocían ya por Querido Evan o por otra obra más independiente (Te quiero hasta la luna), pero el gran público me descubrió allí. Cuando Frank conoció a Carlitos significó mi gran debut como coprotagonista y fue tremendo todo lo que pasó con el espectáculo: las críticas, la respuesta del público y los premios. Fue una experiencia artística verdaderamente transformadora. Nunca había hecho una temporada tan larga y con funciones agotadas. Fue un flash.
-¿Qué significó para vos interpretar allí a La Voz y luego al Gitano en Sandro, el gran show?
- Fue increíble dar vida a dos leyendas, una después de la otra. El desafío de hacer de Sinatra fue brutal porque debía cantar tangos en inglés. Eso, ya de base, fue muy difícil para mí porque no estudié en un colegio bilingüe. Así que tuve que laburar muchísimo la pronunciación con un coach. De todos modos, se me permitieron ciertas licencias, tanto de pronunciación como de interpretación, porque la directora Natalia del Castillo no buscaba el hiperrealismo. No estaba buscando hacer la biopic de Sinatra ni la de Gardel. Lo que se necesitaba, me explicó, es que la historia funcionara, la del hipotético encuentro entre los dos cantantes en los estudios de la NBC de Nueva York. Y funcionó, nomás. Y lo de Sandro fue una fiesta. Con él me obsesioné aún más, estudié incansablemente sus formas de cantar y de decir, y eso que a mí no me tocaba imitarlo. Me involucré tanto con lo que él es y representa que sentía que me acompañaba todo el tiempo, incluso cuando viajaba en subte o cuando dormía.
-Hoy estás involucrado en tres proyectos teatrales a la vez. ¿Qué te interesó de cada uno de ellos? De Invasiones I, de Animal (cruza el límite) y de Los ojos del perro siberiano?
- De Invasiones I me interesó lo colectivo, formar parte de un elenco tan enorme y de una historia tan potente (la de la primera invasión inglesa). Y obviamente trabajar junto a Elena (Roger) y en el Teatro San Martín. Y si a eso le agregamos que la música es de Charly García…Porque a Frank Sinatra lo escuchaba mi abuelo y a Sandro, mi mamá. Pero Charly… yo crecí con él y su música, me conozco de memoria las 55 canciones que integran el espectáculo porque las canté a todas desde chico. Por eso, cuando él finalmente vino a ver el musical y después pasó a saludar a todos, me quebré y me puse a llorar. Y eso que supe recibir elogios de monstruos de la actuación como Brandoni y Francella, pero lo de Charly fue diferente, me tocó una fibra muy íntima.
-¿Y en cuánto a los otros dos espectáculos?
- De Animal (cruzá el límite) me encanta la libertad de hacer algo disruptivo y alejado del teatro convencional. El teatro físico me atrajo desde siempre. De hecho soy un actor que trabaja mucho con el cuerpo, siempre mi búsqueda de los personajes empieza por lo corporal y recién después pasa por la palabra. Cuando Mati Napp me llamó para proponerme por primera vez algo tan físico, me dijo: “yo escribí esta obra pensando en vos”. ¿Cómo me iba a negar, entonces? Nunca me había pasado algo así. Él me tenía fe y se jugaba por mí. Hoy creo no haberlo defraudado, al menos yo la paso bárbaro. Los ojos del perro siberiano, en cambio, es un musical profundo al que accedí gracias a mi amigo Juan Pablo Schapira, el compositor de la música. Yo sabía de la existencia de la novela, pero no la había leído. En cuanto él me tocó los temas en guitarra, me reemocioné y no dudé en embarcarme juntos en este viaje. Está dirigido por Nico Sorrivas y Ceci Miserere, incluye una banda en vivo, y forman parte del elenco Felipe Bou Abdo, Fabio Di Tomasso, Adriana Rolla, Diego Bros, Dante Barbera y Maqui Figueroa.
-La obra transcurre a comienzos de los 90, en plena epidemia del sida. Por una cuestión de edad, obviamente no viviste aquella época. ¿A qué o a quienes recurriste para interiorizarte del tema y de aquel período aciago?
- Desde el lado más delicado del tema, que es el de la enfermedad, nos acompañó la Fundación Huésped. Tuvimos algunas charlas donde nos apoyaron en el entendimiento y en la comunicación de lo que vamos a contar. La ayuda de ellos fue clave, sobre todo porque en el elenco hay niños. De todos modos, el foco de la obra no está puesto en la enfermedad en sí misma sino en lo que le ocurre al hermano del que transita la enfermedad. A través de él se vislumbra la discriminación de la familia y de la sociedad. El libro original es más bien crudo; en nuestro musical, en cambio, se intentó todo el tiempo humanizar las emociones y buscar la empatía del espectador. Ojalá que lo hayamos logrado.
-¿Cuál es tu personaje?
-El del enfermo, Ezequiel, al que su hermano (que es más chico) recuerda a la distancia y trata de entender. La obra se centra en cómo impacta en ese niño y en su familia todo aquello que en los 90 tanto se temía porque era algo nuevo y había muy poca información. Era una época donde las propias familias podían llegar a ejercer la discriminación y provocar aún más dolor en sus hijos. Hoy, por suerte, el contexto social es bien otro y el tema se transita con mayor naturalidad. Pero en los 90 todo era muy bravo: la sociedad y las familias marginaban a los enfermos y estaba mal visto hablar del tema. En fin, la historia de Los ojos del perro siberiano es la de un niño que crece intentando entender qué sucedió con su hermano y con la familia que no lo contuvo.
-¿Te resulta difícil darle vida a un enfermo de sida?
- Este es el personaje más difícil y comprometido de mi carrera. El desafío es humanizarlo y trascender la tristeza. Todo el espectáculo va por ese camino, la idea es concientizar y generar empatía con el tema, pero no agobiar. Digamos que la música original de Juan Pablo Shapira también ayuda y mucho en ese sentido.
-A propósito, en la novela existen referencias a ciertos géneros y canciones. ¿Están en la traslación teatral?
-¡Sí! Están todas las referencias a la música clásica y eso me parece un gran logro de la adaptación, porque es indudable que ciertas partituras generan, al escucharlas, unas emociones inigualables. Eso está comprobado científicamente: producen un efecto químico en el cuerpo. La suite Número 1 de Bach, por ejemplo, que es la que aprende a tocar Ezequiel, mi personaje, genera melancolía y tristeza. Por algo es la música que lo acompaña durante todo su deterioro. Escuchar esa música en los ensayos me puso en un lugar muy vulnerable y me ayudó a entender y a querer aún más al personaje. También hay referencias a la banda inglesa Dire Straits.
- Además de actor de musicales y de teatro de texto, sos músico, cantante y escritor. ¿Te identificás con la figura renacentista del artista?
- ¿Sabés que sí? No le temo a eso de que “el que mucho abarca, poco aprieta”. A mí me gusta hacer de todo un poco. El año pasado publiqué mi primer libro (Solo hay espacio para lo inolvidable) que es un compendio de los relatos que durante años fui publicando en Instagram más algunas novedades. Y hace como 10 años que estoy grabando artesanalmente un disco con mis propios temas, que algún día voy a terminar. También aspiro a seguir haciendo teatro –tanto en el circuito comercial como en el independiente- y volver a incursionar en cine y televisión (N.de R: tiene por estrenar las películas Lunática y Agua negra y la segunda temporada de la serie Coppola, el representante, en las que participa). A veces abrir tantas ventanas complica el proceso creativo, pero sigo optando por expresarme a través de la diversidad de medios y géneros.
-¿Qué produjo en vos la serie Cromañón y tu personaje Tuca, un sobreviviente de aquella tragedia?
- Eso fue tremendo. Una experiencia artística y de vida únicas. En principio, significó trasladarme cuatro meses a Uruguay, donde se llevó a cabo el rodaje, y convivir día y noche con un grupo maravilloso de actores –todos de mi edad- con los que hoy somos grandes amigos. Eso hizo que la experiencia fuera realmente inmersiva. Si bien nadie representaba a una persona real, todos sabíamos que estábamos representando a todas las víctimas de la tragedia. Yo me involucré tanto con Tuca que después me costó mucho desprenderme de él. Incidió en que se trató de una tragedia muy reciente y de víctimas tan jóvenes. Pero la experiencia valió la pena, sobre todo porque sé que las familias de las víctimas y los sobrevivientes quedaron conformes con la serie y con nuestros trabajos.
-¿Cómo te llevás con tu hermana Valen, la cantante, influencer y modelo de Only Fans?
-Divinamente. Con Valen tenemos una relación hermosa. Aunque ella es cinco años más chica que yo, crecimos juntos escuchando la misma música en casa. Lo suyo en Only Fans me lo tomé con absoluta naturalidad. No la enjuicié ni me hice ningún drama. Siempre la banqué en todo y esta vez hice lo mismo. De todos modos, ya no genera contenidos para Only Fans y se dedica a cantar, que lo hace muy bien. Lo de ella en Only Fans fue una experiencia. Es que los Madanes somos así, muy de abalanzarnos, de ir y venir. Vamos por la vida sin tabúes y escapándole a las etiquetas.
-¿Tienen proyectado hacer algo juntos?
- Cuando compongo un tema, siempre pienso en ella para que venga a cantar o tocar un instrumento. Pero por el momento prefiero que eso suceda en la intimidad de nuestras casas. Me gusta que lo nuestro escape a la lógica de estos tiempos, de mostrarlo todo, de monetizar todo. Pero también reconozco que sacar un disco de hermanos estaría buenísimo. Y hasta me imagino a mi papá (el profesor de música y multiinstrumentista Lisandro Madanes) acompañándonos en el piano.
Agradecimiento: Novotel Buenos Aires
PARA AGENDAR:
Invasiones I. Libro y dirección: Ricardo Hornos. Nuevas funciones a partir de abril de 2027. En el Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530). Entradas: por www.complejoteatral.gob.ar .
Animal (cruzá el límite). Creado y dirigido por Mati Napp. En Santos Dumont 4040, Chacarita. Los viernes a las 22.30. Entradas: por Alternativa Teatral.
Los ojos del perro siberiano. Adaptación teatral de la novela de Antonio Santa Ana. En el Teatro Politeama (Paraná 353). Los martes a las 20. Entradas: por Plateanet.



