Ansias descarnadas

Pablo Gorlero
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29 de mayo de 2006  

"Crave". De Sarah Kane. Dirección: Cristián Drut. Con Carolina Adamovsky, Javier Acuña, Gaby Ferrero y Javier Lorenzo. Traductor y dramaturgo: Jaime Arrambide. Diseño sonoro: Javier Cano. Ambientación digital: Fabricio Costa, Andrés Colubri y Esteban Ulrich. Vestuario: Mariela Berenbaum. Producción ejecutiva: Vanina Fabrica. Asistente de dirección: Emilse Díaz. En El Lavapiés, San José 546. Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: muy bueno

Muchos se toparon con el teatro descarnado de Sarah Kane por primera vez con "4.48 Psicosis", esa obra impresionante que puso en escena Luciano Cáceres. Pero en "Crave", la autora inglesa vuelve a demostrar esa habilidad que tiene para tomar al espectador de sus narices y sumergirlo de cabeza en su cabeza. Sabe refregar tanto con fiereza como con poesía los sentimientos más profundos, los dolores y las emociones del ser humano.

Según el diccionario, "Crave" viene del inglés antiguo y significa: "necesitar con urgencia, requerir, suplicar, implorar, pedir encarecidamente, apetecer, ansiar, desear vehementemente, tener antojo de, anhelar". Se trata de eso: de las ansias de ser amado o de amar. No es una obra; son textos para ser representados. Esta frase no es una genialidad, sino lo que dice la autora. Y está muy bien definido. No hay un argumento, no hay una historia, no hay correlación. Pero hay todo lo demás. Que es mucho.

"Crave" refleja esa artillería creativa y emocional de Kane. Su obra es un big bang de emociones que sacuden al espectador y lo hacen saltar de un estado al otro sin zozobra. No es fácil de seguir. No hay una trama y los textos parecen no tener relación entre sí. Hasta que uno se acostumbra y se deja arrasar por ellos como si se tratase de una corriente de agua. Allí se van uniendo, disgregando, se desintegran, confrontan y arman una partitura increíblemente feroz y bella que habla del amor en todas sus formas, pero sobre todo de la imposibilidad del amor, de la locura de amor y por amor. Estos cuatro seres con historias personales difusas dicen sus textos para unirse, contestarse y mostrar la fragilidad de las relaciones y, a la vez, la potencia de los sentimientos.

Experiencia impactante

"Con la depresión no alcanza. Para justificar la decepción que causo en los demás, lo mínimo que necesito es un completo colapso mental", dice uno de ellos con parsimonia. Es que en "Crave" se encuentran todas las facetas de Sarah Kane. De hecho, ella firmó la obra con otro nombre (como Marie Kelvedon), para que nadie la cuestionara. Está su faceta reflexiva, como cuando dice que "La realidad tiene muy poco que ver con la verdad. Y el objetivo (si es que lo hay) es el de registrar la verdad". O su costado mordaz e irónico, manifiesto en muchas situaciones. "Hay una diferencia entre la elocuencia y la inteligencia. No podría explicar con elocuencia la diferencia, pero... hay una." O ese tipo de poesía que logra emocionar por su belleza: "Que se muera el día en que nací, que la oscuridad de la noche lo espante, que las estrellas de su aurora sean negras, que no vea nunca los párpados de la mañana, por no cerrar la puerta del vientre de mi madre", dice uno de los personajes. Pero tampoco se escapa aquella faceta cruel y provocativa: "Un nenito tenía una amiga imaginaria. La llevó a la playa y jugaron juntos en el mar. Un hombre salió del agua y se la llevó. A la mañana siguiente, la marea arrojó a la playa el cuerpo de una niña". Una combinación que hace de "Crave" una experiencia impactante hasta por su concepción. Cristián Drut siguió los lineamientos sugeridos por la autora, pero en una puesta que recuerda a uno de sus primeros trabajos: "Señora, esposa, niña y joven desde lejos", allá por 2000. El director alineó a los cuatro intérpretes en sus respectivas sillas, limitando su motricidad, pero poniendo toda la potencia en la emoción. Ni siquiera hay una necesidad de forzar lo gestual. Drut dejó que los actores se embebieran del texto y que éste encontrara su armonía, su dramatismo en forma natural.

A su vez, contó con un apoyo visual interesante, con una ambientación digital que ilustra el fondo de la pequeña sala en el momento, sin una puesta previa. Del mismo modo, el diseño sonoro de Javier Cano es importante para acentuar climas y acompañar momentos.

Trabajo para actores

Esta partitura perfecta podría ser un fiasco en boca y piel de actores que no sean de primera línea. Tanto Carolina Adamovsky y Gaby Ferrero, como Javier Acuña y Javier Lorenzo son muy buenos intérpretes y no sólo consiguen una complicada sinfonía sin fisuras, sino que saborean los textos con la mayor expresividad.

Pero es justo destacar que Javier Lorenzo no sólo extrae sonrisas de esas que tuercen las comisuras de los labios, sino que hace emocionar de la forma más salvaje con un monólogo que, sin dudas, es uno de los más bellos textos teatrales que haya escuchado quien esto escribe.

Gaby Ferrero es una actriz exquisita, en tanto que Adamovsky y Acuña tienen también una fibra interesante de la que Drut saca partido.

Para los amantes del teatro alternativo y distinto: imperdible. Simplemente, "hay que dejarse llevar", diría alguno.

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