
Aquellos subidos chistes del balneario
Me llamó la atención, en el reciente estreno de "Pareja abierta", un comentario hecho al pasar por Daniel Fanego, a cuyo cargo está un chiste un tanto grueso que lo motivó a decir, en una media voz confidencial, evidentemente fuera del libreto y buscando la complicidad del público: "Este es un chiste de balneario". El recurso -aclaro- es legítimo, por cuanto el texto de Dario Fo y Franca Rame se juega en clave pirandelliana, con los actores saliendo a menudo de la ficción e ingresando en esa otra ficción (de segundo grado) que es dirigirse al espectador como si se despojaran de los personajes e hicieran confidencias personales.
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Lo que me resultó curioso no fue el recurso, sino la alusión al balneario. Palabra esta última que, de boca de Fanego, recibí escrita con mayúscula: Balneario. Más: Balneario Municipal. Porque hay que tener muchos años a cuestas para recordar los espectáculos que, más de medio siglo atrás, se prodigaban a lo largo de la avenida Tristán Achával Rodríguez. Cuando era la hermosa Costanera, inaugurada en los venturosos tiempos del presidente Alvear y el intendente Carlos Noel. Asomada al siempre barroso Río de la Plata, con sus pérgolas que en septiembre se cubrían de glicinas, la estatua conmemorativa de Luis Viale entregándole su salvavidas a una señora embarazada que, de no mediar ese gesto heroico, se hubiera ahogado en un naufragio, y en la punta del espigón la escultura alegórica del viaje de Ramón Franco y Ruiz de Alda, que en 1926 unieron España y la Argentina en vuelo sobre el Atlántico, por primera vez.
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Una alameda dividía la avenida. De lado opuesto a la Costanera propiamente dicha habían proliferado, a través de los años, parrilladas y restaurantes. El famoso Munich era el mejor, obra del arquitecto Andrés Kálnay, un precioso y raro edificio, milagrosamente conservado hasta hoy. Del resto no se puede decir lo mismo: locales improvisados, los más de ellos, sin ninguna preocupación estética ni gastronómica, procuraban atraer al numeroso público que en las noches de verano colmaba el paseo, con representaciones teatrales. Es decir, en un tablado precario, sin mejor iluminación que guirnaldas de bombitas de colores, monólogos o diálogos más que subidos de tono, acompañados de una gesticulación equivalente. Vulgaridad que, por supuesto, obtenía segura y generosa repercusión.
De ahí la expresión "chiste de balneario" para descalificar a un espectáculo grosero. Que hoy resultaría, seguramente, para jardín de infantes. Porque en realidad, y habida cuenta de los mitos y tabúes sexuales de la sociedad argentina en los decenios del veinte y treinta del siglo pasado, era el humor propio de una etapa adolescente (de adolescencia de entonces, se entiende), típico de colegio secundario, nada perverso y hasta inocente.
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Sería injusto olvidar que algunos de esos actores instintivos, que en su mayoría provenían del circo, enmascarados tras espeso maquillaje y envueltos en ropas chillonas, payasos, en síntesis, con mucha contorsión de pelvis y mucho ruido de trompetilla (alusión a cierto alivio fisiológico), subieron después a los escenarios legítimos y en ellos alcanzaron popularidad y fortuna. El gran Pepe Biondi y el notable Pepitito Marrone, entre otros, pasaron por esos tablados y ganaron allí, sin duda, experiencia y capacidad de comunicarse con el público. Y no pocos de ellos se habrán sometido a las exigencias de un género ínfimo, por simple -y perentoria- necesidad. La vida del actor siempre ha sido azarosa.
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