
Beckett no tiene suerte en Londres
En la edición de esta columna del pasado 13 de junio, comentamos el éxito de dos puestas simultáneas, a ambos lados del Atlántico, de Esperando a Godot . Una en el Studio 54, de Nueva York, con Nathan Lane, Bill Irwin y John Goodman, como Vladimiro, Estragón y Pozzo, respectivamente, dirigidos por Anthony Page; la otra, en el Royal Haymarket de Londres, con Ian McKellen, Patrick Stewart y Simon Callow en esos mismos papeles, guiados por Sean Mathias. En tanto la versión neoyorquina recibió unánimes elogios, la londinense (aun reconociendo la calidad excepcional de los actores, calificados de "tesoros nacionales") fue recibida con reservas, en cuanto a que la puesta carecía de sorpresas. Cabe destacar que casi al mismo tiempo se estaba haciendo un muy original Godot aquí, en Buenos Aires, en el teatro Anfitrión, dirigida por Berta Goldenberg, con un arsenal de sorpresas.
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Ahora, nuestros viejos conocidos del Théâtre de la Complicité -pese al nombre francés, es el grupo británico que visitó el San Martín en 1996, con una inolvidable adaptación de Las tres vidas de Lucie Chabrol, de John Berger-, representan Final de partida , de Beckett, en el Duchess Theatre de Londres. El vivaz director del grupo, Simon McBurney, es Clov, el criado todoterreno, y Mark Rylance (considerado por un sector de la crítica inglesa como el mejor actor del momento) es Hamm, el amo prepotente. Y otra vez surge el problema de la versión. Oigamos a Joshua Billings, el crítico del Times Literary Supplement , en la edición del pasado 23 de octubre: "Esta es la segunda gran puesta de un Beckett en Londres, este año, y la segunda que parece desprovista de sangre, demasiado cuidadosa de su público para resultar perturbadora. El Esperando a Godot del West End diluyó la desesperanza de esa obra, con una dirección elegante y las geniales interpretaciones de McKellen y Stewart. La displicente seguridad de la producción, hizo que Godot fuese digerida sin problemas, cuando debería atragantarse en la garganta. En este Final de partida las cosas son técnicamente mucho mejores, pero, una vez más, la austeridad de la obra se pierde en las convenciones del teatro comercial".
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Poca suerte tiene Beckett este año en Londres, por lo visto. Es inevitable que la obra que fue vanguardia en los años 50, sea hoy un clásico. Pero que puede (y debe) ser representada de modo que no pierda su mordiente. De lo que fue ejemplo la versión porteña de Goldenberg en Anfitrión.
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