Copeau fue un maestro muy austero
Esta columna dedicó dos notas al notable director austríaco Max Reinhardt (1873-1943), quizás el más famoso del mundo entre las grandes guerras del siglo pasado. Frente a la estética opulenta, barroca y efectista de Reinhardt, en el extremo opuesto del espectro aparece su contemporáneo, el francés Jacques Copeau (1879-1949).
"No soy de los que siguen y obedecen: soy de los que preceden", escribió altivamente Copeau, en 1896. No era fanfarronería, sino simple comprobación de una realidad. Delgado, de porte aristocrático, rostro afilado y nariz de espolón, su fervor por el teatro aspiraba a devolverle no sólo el nivel de excelencia que había perdido "por las cobardías del teatro mercantil", sino también su resonancia popular. Este intelectual formado en la estricta disciplina de la Sorbona, donde se licenció en filosofía, fundador en 1908 -junto con André Gide, Jean Schlumberger, Henri Ghéon y otros- de la Nouvelle Revue Française, la célebre NRF, a la que dirigió entre 1912 y 1914, tenía la obsesión de recuperar para el pueblo francés la viva tradición de una lengua y de un archivo imaginario colmado de poesía.
Para lograrlo concibió el escenario como "un espacio desnudo y neutro, a fin de que toda delicadeza sea en él apreciada y todo error resulte evidente, para que la obra dramática conforme en ese ambiente su propio ropaje, con el que procura vestirse". Estas palabras, con las que funda en París, en 1913, el famoso Théâtre du Vieux-Colombier, ¿no dicen, acaso, lo mismo que medio siglo después reiteraría Peter Brook en su libro "El espacio vacío"? En ese tablado exento de toda pompa ornamental, donde -según el fundador- "me confío al gesto, la luz, los trajes, la composición del decorado", con piso de cemento y un mínimo de practicables, actuaron Louis Jouvet y Charles Dullin, entre muchos otros grandes nombres de la escena francesa.
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En el mismo edificio funcionaba la escuela del Vieux-Colombier, cuyo programa abarcaba cultura general, música, gimnasia, improvisación, máscaras, acrobacia: las disciplinas cultivadas hoy en todas las escuelas de teatro del mundo. Paralelamente a la actividad teatral se ofrecían recitales de poesía, conciertos de música antigua y contemporánea (de Vivaldi al jazz), charlas y conferencias de los intelectuales más valiosos.
En septiembre de 1924, la mala salud y los malos negocios obligan al cierre de la sala. Copeau y su gente se marchan a Borgoña, el país de los viñedos, donde adquieren el castillo de Morteuil. En esta nueva etapa, el Vieux-Colombier desarrolla una intensa actividad de difusión teatral en la comarca, lo que lleva a un episodio conmovedor: abrumado por las deudas, Copeau debe vender también el castillo, pero las gentes de la región, agradecidas a la labor de los Copians (así los llaman), toman el elenco a su cargo y lo mantienen, ofreciéndoles ocasión de actuar en las ferias y las grandes fiestas populares relacionadas con la vendimia.
Las giras tienen éxito (el primer ejemplo de la descentralización cultural luego propiciada por Malraux) y los borgoñones le regalan a Copeau una casa del siglo XVIII, en Pernaud-Vergelesses, donde su nieta, Catherine Dasté (hija de Marie-Héléne Copeau y Jean Dasté, visitantes de la Argentina con el elenco de Barrault), prosigue hasta hoy la tarea iniciada por su abuelo: "Fuera de los circuitos clásicos de producción, un lugar de intercambio que nos provoque, nos permita abrir caminos insospechados y profundizar algunos aspectos de la investigación teatral". El solo uso del verbo "provocar" retrata a un artista y su estética.







