Un tiro cada uno: fuerte y desgarrador relato sobre la violencia machista

Semana del 12 al 18 de julio
Leni González
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12 de julio de 2019  

Un tiro cada uno / Actuación, dramaturgia y dirección: Mariana de la Mata, Consuelo Iturraspe y Laura Sbdar / Luces: Fernando Chacoma / Producción ejecutiva: Sofía Boué / Sala: Centro Cultural Ricardo Rojas, Corrientes 2038 / Funciones: sábados, a las 21 / Duración: 50 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Sin reproducir la estructura que intenta denunciarse, sin revictimizar a las víctimas, sin discursos de correcta indignación, sin obviedad ni naturalismo: ¿cómo contar en un escenario el/los femicidios de cada día? ¿De qué manera desenmascarar al machismo? ¿Y cómo, lo más importante, se traslada la violencia de lo real a la violencia poética?

Sin miedo, las jóvenes autoras, actrices y directoras Mariana de la Mata, Consuelo Iturraspe y Laura Sbdar se lo preguntaron. Y de esa búsqueda nació Cabeza, el grupo de escritura feminista cuya primera obra es Un tiro cada uno, surgida a partir de la beca a la creación 2016 del Fondo Nacional de las Artes y que ahora, después de anteriores presentaciones en otros espacios, puede verse en el Centro Cultural Rojas.

En un extremo, el aro, el tablero y las marcas blancas en el piso del largo rectángulo; en el otro, el próximo a la entrada, los espectadores se ubican en ele. Nunca la sala Cancha llevó mejor su nombre. En ese club de básquet de Bahía Blanca, Ale, Nacho y P juegan el deporte estrella de su ciudad. Rocío, la hija de la lavandera, trabaja en el mismo lugar. Antes de la final del campeonato, los tres organizan un festejo al que invitan a la adolescente a su última noche con vida.

Después de investigar múltiples casos de femicidios e indagar las voces de la escritura colectiva, las Cabeza supieron que eran ellas quienes tenían que poner el cuerpo en escena. Ellas son Ale, Nacho y P, con sus camisetas y pelotas de básquet, dribleando en toda la cancha, lanzando pases, convirtiendo triples. Actrices que interpretan varones, extrañamiento que probó su eficacia en desbaratar estereotipos en Petróleo, de las chicas Piel de Lava, operación de distancia que en Un tiro cada uno no tiene nunca el alivio del humor. Ni bigotes ni barbas, nada donde refugiarse, ni una pirueta grotesca, ni un átomo de complicidad. Cuando se cambian las remeras, tampoco hay simulacro porque el género -que quede claro- no depende de los atributos sexuales. La acumulación de frases machistas, la violencia verbal abyecta contra las mujeres, pero también entre ellos mismos, impide el acercamiento y, por lo tanto, desactiva cualquier atisbo de explicación del orden ¿y por qué la mataron? ¿Qué les pasó? ¿Habrá sido por algo? No es cuestión de errores ni de excesos, sino de una matriz de poder que engendra femicidios.

La voz de Rocío aparece a través del cuaderno o diario íntimo que recupera su humanidad negada. Cada una de las actrices, en distintos momentos, se acerca al micrófono a leer estos relatos -con fechas inmediatamente anteriores a la violación y asesinato- que dejan entrever a la chica de 16 años que intenta desentrañar el interior de los vínculos, dónde se guardan los sueños, el nido secreto de la esperanza. El desgarrador contraste entre ambos mundos también es narrado por la iluminación: impúdicas luces blancas, recortes íntimos, penumbras que anticipan lo peor. Aunque el final no tiene sorpresas, se siente la angustia. Aunque Rocío no esté encarnada, su ausencia es un grito. Cuando aparece en escena, sus respuestas se escuchan a través de las tres actrices que al unísono contestan por ella. Y por todas.

Porque las que ya no están no pueden explicar cómo fue. De la Mata, Iturraspe y Sbdar se hacen cargo de ese vacío con el demoledor artificio de poner por delante el lenguaje del victimario para dejarlo desnudo, visible, irrespirable. El cuerpo de Rocío habla desde donde fue desechado. "Soy un peso en una bolsa, no tengo palabras, no tengo referencia... Me comió la bolsa, me comió la noche", dice, como tantas otras mujeres y niñas tiradas a la basura, arrojadas al olvido, envueltas en silencio. Ellas, las actrices autoras, enumeran los lugares adonde los cuerpos de innumerables femicidios de los que tenemos noticias fueron encontrados. Ya era tarde. El último gesto es hacia el público, al que le reparten una hoja con el texto de la escena final, la que se hace o se destruye entre todos.

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