Edgardo Millán: una historia entre la danza y el mejor teatro

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Epígrafe dsasjkdhaksjdhaksjdhkFeu feum Del ut Crédito: Mauro Alfieri
Se destaca por su dirección de Creo en un solo Dios, pero estuvo al frente de grandes musicales y en el circuito teatral independiente
Carlos Pacheco
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7 de abril de 2019  

Comenzó a estudiar teatro en la década del 70 en el Teatro IFT y desde entonces desarrolló una carrera muy importante que pocos conocen en profundidad. El actor, bailarín y director Edgardo Millán se desarrolló profesionalmente, sobre todo, en el campo de la asistencia de dirección. Detrás de la escena potenció su capacidad no solo artística, sino de relaciones personales con actores, bailarines y técnicos. Ha trabajado con los más importantes directores nacionales y en experiencias tanto de pequeño como gran formato, esto último en el teatro comercial.

Desde hace algunos años comenzó a dirigir y sus experiencias resultan más que atractivas. Algunos de sus proyectos en ese campo fueron ¿Qué fue de Betty Lemon?, de Arnold Wesker; Epicrisis, de Laura Coton, y el año pasado estrenó Creo en un solo Dios, un texto del italiano Stéfano Massini que recreó junto a Noemí Morelli, Estela Garelli y Antonia Bengoechea. Una experiencia que generó gran interés entre los espectadores y que la crítica avaló con muy buenos comentarios. Desde hoy se repondrá en Nün Teatro Bar.

La acción de la pieza se desarrolla en tiempos del conflicto entre palestinos e israelíes conocido como la Segunda Intifada. Tres mujeres son las encargadas de describir algunos de los hechos de violencia producidos en esa época: una joven estudiante de 20 años, una profesora universitaria y una militar norteamericana. En la propuesta, ellas no interrelacionan. Cada una va narrando desde su visión unos acontecimientos que conmueven notablemente al espectador.

"Cuando leí el texto -cuenta el director- me produjo una conmoción muy grande y sentí que debía llevarlo a escena. Lo montamos en tiempos en que Donald Trump decidió trasladar la embajada estadounidense a Palestina. De alguna manera buscaba incentivar un conflicto que ya lleva más de 70 años y que parece que no se resolverá nunca. Trump volvía a echar nafta al fuego y las voces de estas mujeres resultaban un llamado de atención importante".

¿Resulta llamativo que las mujeres sean las que abordan esta cuestión?

-Las mujeres son las que más sufren las consecuencias, son las que pierden a los hijos, a sus maridos, las que quedan solas para mantenerse. En un estado de guerra permanente es muy difícil sobrevivir o vivir en esas condiciones. Esa gente lo hace. Viven en ese lugar amenazado permanentemente. Saben que en cualquier momento todo puede volar por los aires.

Tus trabajos como director tienen poca continuidad. ¿A qué se debe?

-Yo produzco mis propios proyectos. En este país es difícil sobrevivir. Mientras no pueda juntar un poco de dinero para armar una producción no puedo hacerla. Desde Epicrisis hasta este proyecto pasaron cuatro años. Cada vez es más tiempo porque cada vez me cuesta más encontrar un texto que realmente me conmueva y me guste, y alcanzar las condiciones económicas para poder afrontarlo. Tengo que sobrevivir como asistente de dirección en los musicales y ahora la verdad es que hay menos trabajo y entonces me cuesta más juntar dinero.

¿Cómo elegís los textos que vas a montar?

-Varío en cuanto a los materiales que trabajo. Necesito algo que me conmueva y estar seguro de que lo mismo le sucederá al espectador. Aunque sea a partir del humor. Nunca elegiría nada pasatista. En el caso de Epicrisis era fuerte la situación entre dos mujeres que estaban al cuidado de un enfermo en un hospital, aunque ciertas situaciones dispararan la risa. Trabajé varios años en Barcelona junto a Lluis Pasqual y sigo mucho su trabajo. Leí que había montado la pieza de Massini. Y se la pedí. Me envió el texto en catalán, lo leí. Luego pedí el original, que tradujo Patricia Zangaro, y la propuesta se fue armando.

¿Cómo te insertaste en el medio como asistente de dirección?

-Trabajo como asistente de dirección desde 1983. Empecé con Cecilia Rossetto en un espectáculo que se llamó In Concerto, en el Regina. Y desde entonces no paré. Participé de experiencias maravillosas como Los miserables, donde estaba a cargo de cien personas. Mi último trabajo en la escena comercial fue Priscilla, la reina del desierto. En 1992 hice la carrera de dirección con Agustín Alezzo en el Conservatorio. Un día leí que estaba esa posibilidad de postularme, pero el problema que apareció es que yo ya era grande. Estaba pasado en edad. Hablé con Agustín, hice una serie de presentaciones formales pidiendo que me aceptaran, presenté mi currículum y finalmente me dejaron hacer la carrera. Después apareció otro problema. Comenzamos con Rossetto a hacer giras y hasta una temporada de dos meses en Barcelona. Cecilia presentaba notas pidiendo autorización para ausentarme y me lo permitían. Fue un proceso maravilloso. Y recién el año pasado pude hacer una asistencia con Agustín en El regreso. Historia de una traición, de Brian Friel, en el Teatro 25 de Mayo. Terminé completando una etapa. Agustín es como una luz que me guía.

Tu paso por Barcelona ha sido muy intenso.

-Trabajé muy bien en Barcelona. Con Lluis Pasqual en cuatro espectáculos, haciendo giras por toda España. El primero fue con Alfredo Alcón como protagonista, Edipo XXI. Estuvimos cinco meses girando por todos los teatros al aire libre. Adquirí una experiencia muy grande. Era el encargado de decidir cómo se montaba en cada espacio, todos los escenarios eran muy diferentes. Fue bárbaro. También trabajé mucho con Ramón Oller, un coreógrafo que tenía una compañía que se llamaba Metrodanza, con quien hice seis obras. Ramón montó una creación sobre Carmen, que fue un gran suceso, primero en Barcelona y luego en toda España. Lo presentamos en Londres, Nueva York, París y Ámsterdan.

¿Por qué volviste a Buenos Aires?

-Extrañaba Buenos Aires, mi madre estaba cumpliendo 90 años y en Europa estaba comenzando la crisis económica. Me había ido de la Argentina en 2002, también en tiempos de crisis. En 2009, cuando regresé, aquí la situación estaba muy bien y sucedió algo muy atractivo. Elena Roger estaba haciendo en Londres Piaf. Fui a verla y me pareció que ese trabajo debía verse acá. Se lo comenté a Elena. Al poco tiempo ella me llamó para preguntarme si estaba dispuesto a volver. Piaf se iba hacer en el Liceo. Acepté de inmediato y fui el director residente. No pude tener mejor regreso a la Argentina.

La danza ocupó en tu carrera un lugar muy importante. ¿Por qué te alejaste de ella?

-Cuando estaba en el IFT recordé que cuando era chico quería bailar. Me fui a estudiar con Patricia Stokoe y Alfredo Gurquel. En ese momento lo que quería era bailar, no actuar. Estudié mucha danza y bailé durante diez años con mucha gente como Ana Kamien y luego con Nucleodanza. Dejé la actividad después de hacer El exilio de Gardel, con Susana Tambutti y Margarita Bali. Decidí dejar la danza antes de que la danza me dejara a mí. Fui muy feliz bailando.

En la familia de Edgardo Millán no hay antecedentes artísticos. Él recuerda que su único contacto con el mundo del espectáculo, cuando era chico y vivía en Paso del Rey, era a través de la revista Radiolandia que su madre compraba los viernes. Poco a poco fue sintiéndose atraído por la revista porteña y ni bien comenzó a trabajar venía al centro, los fines de semana, a ver esos espectáculos. Con mucho honor cuenta que vio la última revista de Nélida Roca, a las hermanas Ethel y Gogó Rojo, a Nélida Lobato y descubrió el talento de actores maravillosos.

"Me encanta estar en el teatro. Es el mejor lugar donde uno puede pasar su vida. Desde hace cuatro años no tengo trabajo en el teatro comercial, pero logro vivir de lo que me gusta (actualmente es el asistente de dirección de Un judío común y corriente, que protagoniza Gerardo Romano). En tiempos difíciles no es poca cosa. Y estoy muy agradecido".

Creo en un solo Dios

Nün Teatro Bar, Juan Ramírez de Velasco 419

Domingos, a las 21

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