
El costado monstruoso que todos escondemos
Sólo brumas, asfixiante propuesta de Briski-Pavlovsky
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Sólo brumas. Texto: Eduardo Pavlovsky. Dirección: Norman Briski. Intérpretes: Eduardo Pavlovsky, Susana Evans, Mirta Bogdasarian y Eduardo Misch. Escenografía: Bea Blackhall. Vestuario: María Claudia Curetti. Diseño de iluminación: Norman Briski. Banda sonora: Martín Pavlovsky. Asistente de dirección: Silvana Correa. Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543. Viernes, a las 21. Duración: 75 minutos.
Nuestra opinión: buena
Casi a regañadientes, ellos tres se transforman en el foco de vida que hace que el depósito olvidado que habitan resplandezca al menos un poco. La luz que emana de Eusebio, Pepi y Pipi es cálida y está cargada de un humor apenas esbozado, ésto ayuda a que sea más tolerable escuchar eso de lo que hablan. No habría otra manera de que ellos permanezcan en ese lugar, ni que los espectadores se queden en sus butacas. Es que Sólo brumas pone en primer plano la idea de muerte, agonía y niñez. Elementos de una ecuación que se la mire por donde se la mire da escalofríos. Sensación que domina la escena desde el mismísimo comienzo cuando, apenas se apaga la luz de sala, un ruido sorpresivo, ensordecedor, exasperante, coloca el nervio del que mira justo ahí donde la dupla Briski-Pavlovsky quieren que esté (esta idea de puesta es de lo más logrado de la obra).
No es otra cosa que la ampliación del sonido que provocan las cunas, al avanzar por una suerte de riel, que transporta los cuerpos todavía con vida de pequeñísimos bebés que nacieron condenados. Ese lugar perdido no es otra cosa que un depósito de cuerpitos calientes en su tránsito a la frialdad total. Allí es donde viven estos tres seres -también escondidos, olvidados, atrapados- que asumen su tarea a veces con fría naturalidad y otras con desesperación, como cuando el querible Eusebio, que compone Eduardo Pavlovsky, troca en el monstruo que ve en los habitantes de un afuera que, aunque difuso, se distingue egoísta, indiferente, malintencionado. Quizás ahí esté uno de los únicos puntos cuestionables de la puesta que pone en blanco sobre negro a un fortísimo monólogo en el que Eusebio interpela, alecciona al público que pasa a ser ese afuera sádico. Ese corrimiento de la mirada descoloca y corta el clima, aunque momentos después vuelve a poner la piel de gallina.
Es difícil quedarse indiferente frente a una propuesta que parece desbocada pero que tiene todos los hilos controlados. Briski y Pavlovsky desde la puesta y la dramaturgia, respectivamente, ajustan este espectáculo casi al punto de convertirlo en una denuncia, pero no se abandonan a la tentación. Los sutiles trabajos de Susana Evans y Mirta Bogdasarian dan cuenta de ello.



