
El mago de Oz: un gran acierto del teatro oficial para toda la familia
El musical de Marisé Monteiro, que remite al famoso clásico de Hollywood con Judy Garland, tiene todo para ganar: una gran producción, una protagonista soñada, excelentes rubros técnicos, canciones pegadizas y orquesta en vivo
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Autora: Marisé Monteiro. Música original: Ángel Mahler y Martín Bianchedi. Dirección general: Sebastián Irigo. Dirección musical: Damián Mahler. Elenco: Albana Fuentes, Leo Trento, Emiliano Larrea, Claudio Martínez Bel, Vanesa Butera, Luis Longhi, Azul Cabrera, Delfina García Escudero, Agustín Morcillo, Agustín Pérez Costa y otros. Coreografías: Vanesa García Millán. Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Iluminación: Gonzalo Córdova. Sala: Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815). Funciones: de miércoles a domingos, a las 14.30. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
Otra gran producción teatral destinada a los niños. Esta vez en el marco del circuito oficial y a precios muy accesibles. La iniciativa, realmente plausible, está acompañada además por calidad y sumo respeto por la platea más menuda. El musical de la prolífica Marisé Monteiro parte del libro de L. Frank Baum, El maravilloso mago de Oz, publicado en 1900; pero mantiene elementos propios del clásico de Hollywood estelarizado por Judy Garland, que se estrenó en 1939. Se trata de una obra que ya conoció dos versiones: una en 1989 protagonizada por Soledad Silveyra, y otra en el 2008, con Ivanna Rossi y Fabián Gianola al frente del elenco. En esta tercera puesta –la más robusta, sin dudas- el icónico rol de Dorothy lo interpreta Albana Fuentes, la joven actriz que el año pasado deslumbró a todos en el personaje central de La sirenita.
El derrotero de la rebelde y justiciera niña de Kansas es bien conocido: un día es atrapada por un tornado y transportada a la tierra de Oz. En ese paraje remoto, donde se siente perdida y desconsolada, se hace amiga de tres seres tan encantadores como vulnerables: un espantapájaros sin cerebro, un hombre de lata sin corazón y un león sin valor. Juntos recorrerán hasta el final un camino de ladrillos amarillos que los conducirá a la ciudad Esmeralda y al castillo del mago de Oz, donde esperan encontrar todas las soluciones a sus males. Antes, durante y después pasará de todo. Dorothy tomará contacto con los diminutos y alegres Munchines y La Bruja Buena del Norte, quien le brindará un beso protector y le regalará unos zapatos mágicos. Luego, deberá vérselas con La Bruja Mala del Oeste, quien intentará por todos los medios hacerse de ese calzado poderoso para dominar toda la tierra de Oz. Un detalle de color: en la versión local los famosos zapatos son plateados (como en el libro original) y no rojos rubí, como fueron inmortalizados en el film de Víctor Fleming.

Entre los puntos a destacar de la versión de Marisé Monteiro, debe puntualizarse que imaginó un final distinto y menos engañoso al contemplado en el libro base y en la película. También el recurso de la repetición del leit motiv musical (en los distintos tramos del camino hacia Oz), una demanda del público más pequeño que no siempre es contemplada por los autores de espectáculos infantiles. La música del recordado Ángel Mahler y de Martín Bianchedi es rica en melodías y contiene varios temas pegadizos. Y permite que la mayoría de los actores se luzcan cantando. Mención aparte para Damián Mahler, quien, a un año del fallecimiento de su padre, hace honor a su música ejecutándola de maravillas al mando de una orquesta de ocho músicos (sin dudas, otro de los esfuerzos de producción que debe reconocerse).
Otro gran punto a favor de la propuesta son las coreografías de Vanesa García Millán: creativas, dinámicas y vigorosas. El cuadro de tap, diseñado con la colaboración de Agustín Almirón, es espectacular y se encuentra entre lo mejor de lo que se puede ver hoy en un escenario porteño. El nivel del vestuario de Sofía Di Nunzio no le va en zaga: es atractivo, con detalles artesanales y de muy buen gusto. Al escenógrafo Gonzalo Córdoba Estévez hay que agradecerle que no haya abusado de las proyecciones ni de los efectos especiales (dos males de estos tiempos…) y haya hecho hincapié en los elementos corpóreos (que el mecanismo giratorio del escenario de la sala María Guerrero del Cervantes ayuda a lucir en toda su magnitud).

El alma y el corazón de esta versión de El mago de Oz son los actores. Todos le sacan partido a sus personajes y se destacan. El trabajo de composición de cada uno es serio y riguroso, demostrando que, cuando se quiere, el teatro infantil puede elevar la vara. La labor de Albana Fuentes como Dorothy es realmente elogiable. Lo suyo es un capo laboro que supera ampliamente lo demostrado en su debut en La sirenita (y en sus posteriores incursiones teatrales: Una mágica Navidad y Papá por siempre). Está casi todo el tiempo en escena (y cuando no, recorre cantando y brincando los pasillos del recinto), canta la mayoría de las canciones (¡y cómo lo hace!) y participa del citado cuadro de tap, muy complejo, probando que, además, puede y sabe bailar. Con este espectáculo reafirma que su carrera no tiene techo.
A falta de uno, la talentosísima Vanesa Butera compone dos personajes, bien antagónicos: La Bruja Buena del Norte y La Bruja Mala del Oeste. En ambos sobresale (actuando y cantando), pero obviamente la segunda hechicera (que de tan mala resulta ridícula) le permite dar rienda suelta a su vis cómica y generar una respuesta más contundente entre los niños. Otras labores a señalar son las de Emiliano Larea como el Hombre de lata (por su preciso y milimétrico trabajo corporal), y Azul Cabrera como Dady, la obsecuente y a la vez graciosísima asistente de La Bruja Mala del Oeste. Por último, pero no menos importante, debe distinguirse la dirección general de Sebastián Irigo, porque supo armonizar para el destaque y disfrute todos los rubros técnicos e interpretativos que componen el complejo y maravilloso mundo de Oz.
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