
El niño con los pies pintados
Una propuesta que aborda un tema álgido, con originalidad y magníficas actuaciones
1 minuto de lectura'
Autores: Diego Brienza, Laura Fernandez / Dirección: Diego Brienza / Intérpretes: Marcelino Bonilla, Mar Cabrera, Lucrecia Gelardi, Laura Lina, Horacio Marassi, Pamela Marmissolle, Mauro Tellechea, Daniela Donschik, Meli Kuperman, Maia Menajovsky, Gabriela Perisson, Vanina Salomon / Coreografías: Maia Menajovsky, Federico Borensztejn / Diseño de escenografía: Cecilia Zuvialde / Diseño y realización de objetos : Victor Salvatore / Iluminación: Sandra Grossi / Asistente de dirección: Yasmin Sapollñik / Sala: Abasto Social Club, Yatay 666 / Funciones: Viernes, a las 23 / Duración: 50 Minutos / Nuestra opinión : Muy buena
El niño con los pies pintados es una obra digna de ser vista, oída, sentida, transitada. La nueva propuesta de Diego Brienza, que sube a escena los viernes a las 23, logra tal potencia que hasta nos olvidamos del frío invernal que soportamos para llegar hasta el teatro y, sobre todo, nos hace olvidar y minimizar el horario. Vale la pena.
Un hombre sentado en el centro de la escena. Nos mira, su aspecto es raro, llama la atención. Dos médicos aparecen, una mujer y un hombre, completamente robotizados. Ellos nos interpelan y dejan claro que nuestro rol de espectadores teatrales por esta noche tomará otro color. Somos testigos de lo que ellos hacen, una especie de platea de científicos, alumnos, o no sabemos bien qué pero nos hablan, nos cuentan, nos piden que pensemos, que miremos. Ese hombre sentado y observado es en verdad un niño. No sabemos ni cómo se llama ni cuántos años tiene. Eso debemos inventarlo o pensarlo, nos proponen que juguemos y que completemos esos datos en nuestras mentes. Entonces, para cada espectador, ese niño tendrá una edad y un nombre diferente. Y, junto con eso, es probable que cada uno lo cargue de muchas otras cosas más. A lo largo de la obra, los médicos –no doctores, nos aclaran una y otra vez, ya que doctores también pueden ser los abogados y ellos se sienten infinitamente lejos de esa profesión– nos irán relatando los "avances", los cambios que han notado en la patología de este muchacho. Patología tampoco explicitada pero que con pocos datos es seguro que todos se darán cuenta de qué se trata.
Una escenografía escasa pero de una potencia que llama la atención: pocos objetos completan la escena pero cada uno de ellos elegido a la perfección para crear el clima deseado. Una luz fría que emula la sensación de laboratorio. En otros momentos se hace cálida y nos ubica en una especie de otro mundo, esos fantásticos que vienen de la mente de este niño que, aturdido por la vida que le toca, encuentra en sus pensamientos el refugio necesario para poder seguir viviendo, al menos con un dolor soportable. A los primeros tres actores se les suman muchos más y sus roles serán ir narrando diferentes momentos de la vida de este ser traumatizado. Entonces aparecen los padres, la asistente social, las practicantes que estuvieron con él estudiándolo. Todas las actuaciones son magníficas.
Lo que tiene de interesante esta obra es que puede indagar acerca de un tema álgido, difícil de tratar con una originalidad que sorprende. Nos deja pensando, con ganas de más, es corta, su tiempo y su ritmo son tan exactos que llegan al punto justo para arrojarnos a la calle con una sonrisa pero con miles de interrogantes dignos de ser pensados.



