Empecinado elogio a la ilusión

Osqui Guzmán le pone su sello a El centésimo mono, que combina magia y ficción
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31 de marzo de 2011  

Osqui Guzmán llega a la entrevista agotado. El fin de semana lo palmó una fiebre de 39 grados, esas que a un adulto dejan sin posibilidad de reacción. ¿Mucho trabajo? Debe ser así, ya que está por estrenar una obra que lleva su sello en el texto y la dirección; está ensayando con Omar Calicchio un infantil bajo las órdenes de Héctor Presa; comenzó con un proyecto que lo tiene a Mauricio Kartun como guía; vuelve con El bululú al Cervantes y sigue al frente de un programa de radio en FM UBA.

Con la cabeza llena de certezas entonces es fácil preguntarle "¿Mucho trabajo, mucho estrés?" Osqui quita absoluta relevancia a la pregunta y se queda en silencio unos segundos y manda: "Debe ser Midón". Golpe al corazón. En un segundo aparecen en la cabeza las imágenes de algunas de las obras en las que trabajaron juntos como Derechos torcidos o El grito pelado .

"Ya todos sabíamos, pero eso no amainó el golpe. Lo del sábado fue durísimo -dice y sorpresivamente una sonrisa le ilumina el rostro-. Pero fue tan él hasta último momento que era muy bueno verlo."

La sonrisa le contagia el ánimo y Osqui reconoce que sí, que también está con mucho trabajo; pero que eso lo tiene feliz, activo, despierto para seguir adelante. Entonces deja de lado la nostalgia, la pena, el dolor y arremete: "Va a ser un buen año. Estoy rodeado de proyectos teatrales, ¿qué más puedo desear?"

Dos mundos

Entonces sí es pertinente ampliar datos, ponerse prácticos y prender el grabador. Pero el hombre se le da por hablar de magia y cualquier intento serio de ser pragmático -afortunadamente- naufraga. Es que esta noche sube a escena El centésimo mono , una obra que nació a partir de la idea de tres magos actores (Marcelo Goober, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldúa) que necesitaban contar algo que les diera la oportunidad de unir ambos mundos: la magia y el teatro. Efectos mágicos entreverados en una la ficción que volviera orgánico un truco, un misterio, una prueba, un error. Y los dejó hacer. Osqui se dedicó a mirar a esos tres magos que, indefectiblemente, siempre le ocultaban algo. Hay algo inherente a la magia que es el ocultamiento, el no mostrar nunca todo, el empecinado elogio a la ilusión.

"Necesitaba que la situación dramática genere un efecto mágico y que el efecto mágico despierte la situación dramática. Por suerte además de grandes magos son muy buenos actores, y no fue difícil que los dos lenguajes se equipararan y dialogaran entre ellos", cuenta Osqui, a quien le empezó a cerrar la idea de qué sucede en la cabeza de un mago cuando se está por morir, qué de todos los rituales, los vicios, las obsesiones permanecen latentes.

Una cosa descubrió Osqui durante todo el tiempo de trabajo que les demandó este proyecto y es que los magos son magos todos el tiempo. "A los actores no nos sucede lo mismo; ellos no dejan de ser magos, de pensar trucos, efectos, imaginar maquinarias que los ayuden a lograr determinado final. Eso los hace especiales, los hace entrañables. Eso hace que hasta en el último minuto de conciencia, un mago sigue fiel a su esencia mágica", dice y encuentra paralelos y parecidos entre la magia, el teatro y la muerte.

Y una tragedia con final inapelable se fue nutriendo de poesía, de un humor que la pinta de comedia negra y de magia conmovedora. Al menos eso es lo que transmite Osqui Guzmán, un actor acostumbrado a meterle magia al teatro. Cualquiera que haya visto alguno de sus trabajos, lo sabe.

PARA AGENDAR

El centésimo mono , propuesta con texto y dirección de Osqui Guzmán. La Carpintería Teatro, Jean Jaures 858. Jueves, a las 21. Entradas: $ 50.

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