En alabanza del costumbrismo
"Pinta tu aldea y pintarás el mundo", reflexionó León Tolstoi. Olvidó añadir (quizá por su humildad evangélica) que eso ocurre cuando uno es Tolstoi. De lo contrario, se correría el riesgo de incurrir en el costumbrismo. Acerca de este último vocablo, usado en general con ánimo peyorativo por los críticos, informa el diccionario de la Real Academia: "En las obras literarias, atención especial que se presta a la pintura de las costumbres típicas de un país o región".
Sin duda, el teatro argentino se valió del costumbrismo para ganar su público, desde el "Juan Moreira" inicial, de 1884. Abarrotaríamos páginas enteras con los títulos de esa tendencia a comienzos del siglo XX -"La piedra de escándalo", "¡Al campo!", "La chacra de don Lorenzo", "Los mirasoles", "La novia de los forasteros"- y hasta bien entrada la centuria: "Joven, viuda y estanciera" se estrena hacia 1940. Esto, en la rama campestre, que poco a poco deja de cultivarse ante la poderosa corriente del sainete, que es costumbrismo urbano y suburbano. Reflejo evidente de los cambios sociales, políticos y económicos producidos en nuestro país poco después de la fastuosa fiesta del Centenario, sobre todo por el aporte inmigratorio. El traslado al teatro de la vida cotidiana de una imaginaria familia argentina "tipo" (¡esas comilonas dominicales atravesadas por tempestades de agravios mutuos!), demostró ser un filón de oro en la boletería y sigue siendo el atractivo mayor de las exageraciones llamadas "Los Campanelli" o "Los Roldán", en la televisión.
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Aclaremos que el costumbrismo no es un género, sino una tendencia que se amolda a cualquier género y cambia de ropaje según lo requieran las circunstancias (como el colesterol, que puede ser bueno o malo: ambos coexisten en un organismo). "La hija de Iorio", de D´Annunzio, es una tragedia costumbrista, como lo es también "Fuenteovejuna", de Lope; "Filomena Marturano" es una comedia dramática costumbrista. Entre nosotros, "Las de Barranco" muestra una superficie de colorido pintoresco que no disfraza del todo el fondo sombrío de una decadencia social y moral.
En los cuatro ejemplos, tomados al azar, de épocas y estilos distintos, se advierte el intento de superar, precisamente, la simple transcripción de costumbres y modismos, para ahondar un poco más en la condición humana. Hasta en nuestra tremebunda María Barranco, creada (o, más bien, reflejada) por Laferrère, se advierte la pretensión de oponerse a la ceguera del destino, de luchar con él hasta la muerte.
Es en esta rama del costumbrismo donde se inscriben muchas de las obras recientes de nuestros dramaturgos más o menos jóvenes (calificación que en la Argentina adquiere una longevidad sorprendente). Citaremos algunas de las más representativas de esta inesperada resurrección de una tendencia: "La escala humana", de Daulte, Spregelburd y Tantanian; "Nunca estuviste más adorable", de Javier Daulte; "La omisión de la familia Coleman", de Claudio Tolcachir, y "De mal en peor", de Ricardo Bartís (inspirado, precisamente, en "En familia", de Florencio Sánchez, 1905). Todas ellas (y muchas más, también "Harina", "No me dejes así", "Los hijos de los hijos"), ya sea a través del absurdo, del disparate, o del sarcasmo, exponen sin piedad el paisaje de nuestra sociedad, luchando por sobrevivir en los finales del siglo XX (con seis golpes de Estado a cuestas) y comienzos del XXI.
¿Reivindicaríamos entonces al costumbrismo, despojándolo de su connotación peyorativa y saludándolo, en esta, su nueva etapa, como el vehículo adecuado para expresar la originalidad y la potencia poética de una generación renovadora? Los aplausos y la permanencia en cartel, de una temporada a otra (el caso de los ejemplos locales que hemos dado), parecerían aconsejarlo.





