
Existencialismo en escena
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Pelícano , de August Strindberg. Dirección: Luis Cano. Con Ximena Banús, Federico González Bethencourt, Lautaro Vilo, Ivana Carapezza, Felicitas Luna y Ana Foutel. Escenografía y vestuario: Gabriela Aurora Fernández. Diseño de iluminación: Alejandro Le Roux. En Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034. Los sábados, a las 18. Duración: 75 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Luis Cano es uno de los dramaturgos argentinos más prolíficos y, tal vez, controversiales. Sus obras Los murmullos y Hamlet de William Shakespeare provocaron en su momento fuertes polémicas estéticas e ideológicas, dividiendo a la crítica, a la comunidad teatral y a los espectadores. Y ya en aquellos años, y en paralelo a su carrera como dramaturgo, fue dirigiendo sus propios textos y experimentando lo escénico con ellos. Este año, por primera vez, estrena como director un texto ajeno, y lo hace con un interesantísimo Pelícano , de August Strindberg.
Si bien los psicoanalistas han hecho de la obra de Strindberg una especie de cobayo para estudiar la relación entre creación artística y esquizofrenia, lo que más ha atraído con relación a este autor fue lo que pudo ser visto como misoginia, ya que hay a lo largo de casi toda su obra una relación muy particular con el universo femenino. Con relación a esto, el propio Strindberg mostró gran claridad en Hijo de una sirvienta acerca de su oscilación biográfica entre lo que denominó "servilidad campesina" (la madre) y "arrogancia aristocrática" (el padre). De hecho, nunca negó su relación edípica, a la que bautizó "incesto del alma", y que le significó una de sus primeras derrotas en la guerra de los sexos.
Con el correr de los años, Strindberg fue descreyendo cada vez más de un modo de ser único del mundo, para pensarlo más como una construcción que un determinado sujeto produce desde un lugar específico. Y así fue abriéndole paso a una corriente expresionista que en las primeras dos décadas del siglo XX iba finalmente a salir a la luz.
Cano parece poner el acento en este último punto cuando dibuja su puesta en escena. En lo que respecta al uso del espacio, es interesante ver cómo el texto va entrando en relación con él de forma intencionalmente confusa. Mientras un grupo de personajes en primer plano lleva adelante la acción, fuera de la habitación, tras la puerta, los otros dialogan -en un murmullo prácticamente inaudible- sobre la escena. Esa decisión obliga al espectador a estar oscilante entre un frente que se le impone visualmente y un "fuera de cuadro" que lo atrapa sugestivamente. Y luego de haber sido llevado a este lugar en el que lo presente es tan importante como lo ausente, hacia el final -no sería bueno adelantar demasiado sobre el tema- el director nos va a enseñar que no todo lo que se ve es lo que parece.
Intensidad
Esa puesta en jaque a la visión esencialista del mundo está muy bien trabajada con el sonido más que con cualquier otro lenguaje escénico. El desempeño de Ana Foutel en este sentido es fundamental. El desdoblamiento del piano les permite poner en evidencia el desdoblamiento que los personajes y las situaciones ocultan. Y jugar con lo que se denomina "espacialización sonora" (hacer que el sonido no signifique únicamente por lo que es sino también por el lugar del que proviene) es una forma de subrayar estas cuestiones.
En cuanto a lo actoral, el director hace que sus actores compongan muy carnalmente a sus criaturas, para luego llevarlos a hacer determinadas acciones físicas que produzcan en el espectador el distanciamiento necesario como para que la confianza y la credulidad en la escena nunca terminen de producirse. Y quien sobresale en toda su intensidad es Felicitas Luna, a cargo de una criada que de no ser parte de una puesta argentina podría pasar a formar parte de la historia de representación de Pelícano . Su Marga, cubierta de frazadas y vendajes, siempre apoyada en la pared, mira de costado la escena, la juzga y la encubre en el mismo momento en el que la nombra.



