Grandes cuentos bellamente salvados del naufragio

Moira Soto
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30 de octubre de 2016  

Sucesos Literarios Argentinos / Libro, dirección e interpretación: Ana María Bovo / Escenografía: Lina Boselli / Iluminación: Pigu Gómez y Carolina Rolando / Asistencia y producción: Paula Broner y Bernardo Sabbioni / Sala: Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543 / Funciones: domingos a las 20.30 / Duración: 75 minutos.

Nuestra opinión: Muy buena

A la hora del auge de lo virtual y del afán de lucro, una mujer en traje de fajina, en el subsuelo de una librería de viejo, salva del posible naufragio algunas piezas literarias. Perlas más o menos escondidas que acaso no se vuelvan a editar, últimos ejemplares que ella ha decidido preservar con la ayuda de un grabadorcito. Cuentos de grandes escritores argentinos que la enamoraron y que esta empleada del lugar ensaya con unción antes de proceder a grabarlos. A esos ensayos asisten arrobados los espectadores de Sucesos?

Bastante más que una mera narradora, Ana María Bovo viene probando desde hace más de dos décadas distintos formatos para traducir la literatura de ficción (en ocasiones, con sello autobiográfico) a lenguajes escénicos, desde el puro relato oral hasta la conversión de una celebérrima novela - Madame Bovary- en obra de teatro. Con este reciente estreno, Bovo sigue subiendo la apuesta y, en el riesgo, gana. Porque sus hallazgos para teatralizar los notables textos elegidos son de una sutileza basada en la economía que sugiere, crea atmósferas, incita la imaginación. Como habitualmente en esta artista, se transparenta su amor por las letras, en la oportunidad homenajeando a las librerías de viejo. Sitios entrañables donde se suelen encontrar, como dice la rescatadora de la obra, "libros que han vivido, relajados porque han sido leídos y pueden esperar por otro lector".

La pequeña pero sustanciosa antología que Bovo lleva a escena -deconstruyendo y reconstruyendo, o solo editando los relatos- incluye cuentos perfectos: La felicidad, de Ángel Vargas, político y escritor riojano por adopción, que fue colaborador de LA NACION, nada famoso; La divina proporción, de Esther Cross, autora más reconocida; Unos duraznos blancos y muy dulces, del cuentista, novelista y músico Daniel Moyano; Verde y negro, de Juan José Saer, y A mí nunca me dejaban hablar, de Isidoro Blaistein.

En tanto que mueve paneles tapizados con libros abiertos que forma una suerte de collage con vida propia, Ana María Bovo va dando cuenta de la fatalidad que provoca un río que se sale de cauce y arrasa parte de un caserío; luego encarna a una tilinga pretenciosa que protagoniza una sorprendente versión de la fábula del regador regado; a continuación interpreta a un tipo simple al que le sucede una aventura complicada, con voyeurismo incluído; y finalmente, sin abandonar su enterito o mono de tela de jean, encarna a otro varón, este de relativas luces, habitante del conurbano fiel al asado dominical familiar arrastrado a devaneos impensados.

Como cada historia sufre interrupciones porque el dueño de la librería llama en momentos cruciales -alimentando el suspenso-, Bovo encara una serie de transiciones con suma destreza: entra y sale del rol de la empleada, se vuelve narradora al hacer el primer cuento, y a continuación hace sucesivamente a los demás personajes, sin incurrir ni en subrayados ni en manierismos. Siempre amparada por primores de iluminación que contribuyen a crear espacios y circunstancias bien diferentes. Desde la banda sonora, se funden con determinadas situaciones fragmentos de Amapola, en la versión instrumental de Morricone; "La vida breve", de Manuel de Falla y -acierto fantástico- "Triste y amargado", por Varela Varelita como transfondo sonoro de "Verde y negro". La rescatadora cumple su misión y también su deseo: ser el grano de la voz o, diría Roland Barthes, el cuerpo que se instala en la voz.

Por: Moira Soto
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