Historia de un amor trágico y absurdo
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"La parte pendiente", de Bea Odoriz. Intérpretes: Carla Baglivo, Gustavo Kamenetzky y Ariel Hagman (músico). Diseño de iluminación: Fabricio Ballarati. Escenografía: Cecilia Zuvialde y Agustín Shang. Asistencia de dirección: Alejandro Ruaise. Dirección: Bea Odoriz. Viernes, a las 21, en el Camarín de las Musas, Mario Bravo 960. Duración: 60 minutos.
Elena es boxeadora y Horacio, techista. Se conocieron por casualidad, quizá por la atracción casi enfermiza que él siente por los agujeros en los techos. Y ella tiene uno, al que ha decidido combatir con un tímido nylon. El empeño de Horacio por convencerla de realizar un arreglo de mayor envergadura los enamora, de la misma manera que el empeño que pone él en ese amor los separa.
"La parte pendiente" es una obra sobre los excesos, como se deja adivinar desde el programa de mano. Todo lo que se ve, se escucha o se siente, empieza con cierta timidez y termina cercano a la desmesura. Así son de potentes las imágenes que crea Bea Odoriz en esta obra que de exquisitos detalles de simple ternura termina en furiosas diapositivas que muestran relaciones sexuales de todo tipo en primer plano y sin ahorrarse detalles (imágenes que pueden herir la sensibilidad de algún espectador).
Elena y Horacio viven una historia de amor, muy particular, con ribetes absurdos, pero también obsesivos y hasta trágicos. Ese devenir de los hechos, que se rompe y se vuelve entrecortado y absolutamente extrañado, hace que la historia pueda aparecer dividida en dos.
Las texturas y los colores que crean los personajes en un momento cambian por completo (cuando entra el músico) y entonces empieza otra obra, con el riesgo que implica que el espectador y sus sensaciones pasen de largo y no retomen el camino.
Así y todo, la propuesta de Bea Odoriz no sólo es interesante, sino que, mucho mejor, es inquietante y desconcertante. El gesto del espectador puede mutar de una simplona sonrisa inicial en un rictus indescifrable, acompañado por movimientos insistentes en la butaca. Es una provocación, y ahí está el guante.
Gustavo Kamenetzky y Carla Baglivo llevan a sus personajes con comodidad, sobre todo él, que puede pasar con soltura de darle duro a la bolsa de arena a bailar un tango o cantar una jota.
Ella tiene sus mejores momentos cuando la exigencia física es mayor: la primera escena en la que salta a la cuerda mientras monologa sobre una vieja obsesión es brillante. Lástima que después, en el diálogo cotidiano, ese brillo se desvanece.
Tanto exceso logra cierto equilibrio en el ámbito creado por Cecilia Zuvialde y Agustín Shang, donde aparece poco más que una gran bolsa de arena y una estructura que sostiene el famoso agujero del techo, que en esta historia parece haber sido olvidado y quizá sea la parte pendiente.
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