Humor dulce y compasivo que invita a reír y a pensar

En esta amarga comedia se luce Mireia Gubianas
Ernesto Schoo
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16 de enero de 2008  

Gorda (Fat Pig), de Neil Labute, versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Director: Daniel Veronese. Con: Gabriel Goity, Jorge Suárez, María Socas y Mireia Gubianas. Escenografía: Alberto Negrín. Diseño de luces: Gonzalo Córdova. Vestuario: Laura Singh. En el Paseo La Plaza, sala Pablo Picasso. Estrenada el lunes 14 de enero de 2008.

Nuestra opinión: muy buena

La cáscara es brillante y colorida, la pulpa es sabrosa, el carozo es amargo. Muy amargo. Porque esta deliciosa comedia dramática cumple cabalmente la reflexión de Oscar Wilde recogida por Jean Cocteau: "El arte es una mentira que dice una verdad". Y esta verdad no nos halaga, sino que muestra hasta qué punto la humanidad es cruel y destructiva. Frágil y vulnerable, también.

En apariencia, es una divertida, corrosiva pintura de costumbres, que hoy puede ubicarse en cualquier gran ciudad de estos tiempos: Nueva York, Buenos Aires, Barcelona o Tokio, tanto da. Los personajes son los mismos en cualquier parte, y las mismas su intolerancia y su agresividad. El habla porteña (en la acertada versión de Masllorens y González del Pino) tan sólo los vuelve más reconocibles aun por si hiciera falta. Un encuentro casual en un fast food enciende el amor -la loca pasión, al comienzo- entre Tommy, un ejecutivo de mediana jerarquía en una gran empresa, y Helena, una "licenciada en letra impresa", catalana ella, que ha venido a seguir un curso de postgrado en la Argentina. Helena es encantadora, inteligente, graciosa, pero hay un detalle no desdeñable. Es gorda. Muy gorda, sin ser obesa. Para el canon de belleza imperante en Occidente, es casi un monstruo obsceno, un personaje ridículo, destinado a ser el hazmerreír de quienes se consideran normales.

Pero el caso es que Tommy se ha enamorado de veras. De cada milímetro cuadrado de ese cuerpo rollizo, y de la ternura, la sagacidad y el sentido del humor de quien lo ostenta sin culpa. Cuando los demás -los amigos y compañeros de trabajo de Tommy- se enteran de que su novia es gorda, la malicia (acaso la envidia, también) pone en marcha su engranaje perverso. ¿Cómo es posible que un hombre aún joven, exitoso en su profesión, no mal parecido, con perspectivas de constante ascenso, se enamore de "una chancha"? Hay que impedir, de cualquier modo, que esta indignidad, esta falta de respeto a la norma, prospere. Dos serán los agentes de esa campaña sin cuartel: Nacho y Juana.

A Nacho lo conocemos muy bien: es el adolescente eterno, el imparable autor de bromas pesadas, el que siempre pone en ridículo al prójimo, pero no tolera que lo ridiculicen a él. Esquiva el trabajo, cultiva el chisme y la intriga, es destructor de todo lo que no encaja en su código machista y, por lo tanto, muy popular y admirado en su ambiente. Juana, encargada de controlar las cuentas de la empresa -bella, delgadísima, elegante y glacial-, salió en un tiempo con Tommy y, si bien esa ya es historia antigua, no puede tolerar que una gorda la reemplace. Nacho, que es inteligente, resume la situación: "Rechazamos -dice- a los gordos, los lisiados, los viejos, los enanos, los homosexuales, porque nos dan miedo". ¿Podrá el amor de Tommy por Helena, que es recíproco, superar ese miedo -que es, en realidad, miedo a la muerte- y triunfar del código derrotista de la manada? Neil Labute (Detroit, 1961), reconocido en su país por su intensa y calificada labor como dramaturgo y guionista de cine y de televisión, plantea la cuestión casi con distancia científica (si bien confiesa ser él también un gordo culposo), pero, a la vez, con un humor tierno y compasivo, que invita a reír y, sobre todo, a pensar. No es poco, en estos tiempos.

Sabiduría

Daniel Veronese arma con sabiduría esta compleja estructura en la que tantos planos distintos, de todo orden -sensuales, intelectuales, sociológicos, psicológicos-, se entrecruzan y a menudo se encabalgan. La línea narrativa es pura, limpia, con seguridad en la medida de los tiempos (las réplicas ingeniosas parecen crepitar en el aire) y eficaz el uso del espacio. En este aspecto lo acompaña la magnífica escenografía de Alberto Negrín, un prodigio de funcionalidad, belleza y sugestión. El elenco, impecable. Ya conocemos los quilates de los nuestros, pero cabe saludar con entusiasmo la aparición, con Helena, de una admirable actriz (y cantante de ópera) catalana, Mireia Gubianas, una hermosa, rozagante gorda auténtica de gracia y ternura irresistibles.

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