
La diversión, según la mirada cazurra
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"Diversión." De Los Cazurros: Pablo Herrero y Ernesto Sánchez. Dirección de arte: Juanito Jaureguiberry. Escenografía: Matilde Lila Grillo. Música: Sebastián Escofet. Vestuario: Mercedes Colombo. Títeres y objetos: Marcelo Fernández y Julieta Estévez. Diseño de luces: Julián Mujica. Teatro Premier, Corrientes 1565 (4374-2113). Sábados y domingos, a las 17. En vacaciones: de lunes a miércoles, a las 17; jueves a domingos, a las 15 y 17. Desde $ 20.
Nuestra opinión: bueno
Pablo Herrero y Ernesto Sánchez se suben al escenario decididos a jugar un juego que les sienta. En "Diversión", su nuevo espectáculo, vuelven a meterse con el espíritu lúdico de la infancia, exploran su memoria en busca de entretenimientos de antaño que, con algunas modificaciones, no deben de ser muy diferentes de esos a los que recurren los chicos de hoy para pasarla bien, y eso se nota en la respuesta del público.
Una caja repleta de juguetes imaginarios aparece como primera y tentadora invitación a que la diversión comience. Pero, como en casi todas las historias, a poco de empezar aparecen los problemas. Acá, el grado de maldad lo pone Maléfico, un todopoderoso que quiere eliminar del universo el juego y el placer que produce. Por eso, roba la caja del dúo cazurro, y le pone trabas y condiciones casi insalvables para que la rescaten del parque de diversiones en el que la escondió.
Allí comienza una sucesión de aventuras y pruebas que los héroes -al fin y al cabo, eso son Los Cazurros- deberán pasar, y que indefectiblemente transponen, para alcanzar su fin.
"Diversión" es, en principio, una propuesta dinámica y entretenida que resulta bien, pero que de a poco va perdiendo ritmo, se va deteniendo la acción, a tal punto que se llega a ver a sus dos protagonistas un poco desorientados sobre el escenario. Quizá con el correr de las funciones este detalle pueda ser salvado o quizá necesite cierta síntesis argumental para fortalecer los puntos fuertes.
Es cierto que el dúo cazurro echa mano de un arsenal enorme de recursos para retener la atención de los chicos y de los grandes. El primero, su carisma, frescura y desparpajo sobre el escenario. Tanto Herrero como Sánchez se mueven con total naturalidad y soltura dentro de sus personajes, que, se adivina, no deben ser muy diferentes de lo que son ellos en su vida cotidiana. Atrás van las canciones, una invitación a pasar al escenario para ser un cazurro más, la atractiva y colorida escenografía, los simpáticos muñecos (aliados y enemigos), cierta complicidad con la palabra mágica y salvadora ("¡asauó!"), que de verdad repercute en la platea. Esos son sólo algunas de las apuestas dirigidas a los chicos.
También tienen otras para los grandes, y acá se abre un punto para destacar. En general, los padres que llevan a sus hijos al teatro esperan ser tenidos en cuenta para pasarla ellos también lo mejor posible. Los Cazurros lo saben y no paran de bombardear a los grandes con una cantidad inusitada de esos guiños que pasan por alto, muy por alto, a los más chicos, que lo notan.
De todas maneras, la propuesta cazurra cumple con las expectativas de una megaproducción que tiene detrás a Mario Pergolini y a su Cuatro Cabezas.


