La ferocidad del absurdo
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"El juego del bebé" , de Edward Albee. Intérpretes: Norma Aleandro, Jorge Marrale, Verónica Pelaccini y Claudio Tolcachir. Escenografía y vestuario: Oria Puppo. Música original: Oscar Edelstein. Asistente de dirección: Roberto Gispert. Dirección: Roberto Villanueva. En el teatro Maipo.
Nuestra opinión: muy bueno.
Cuando en la década de 1960 Edward Albee dio a conocer "¿Quién le teme a Virginia Woolf?" inauguró una etapa dramática en su país.
El absurdo se imponía en el teatro norteamericano, quebraba la férrea tradición realista impuesta por O´Neil y proclamaba, como en Francia lo habían hecho Samuel Beckett y Eugenio Ionesco o, a su modo, Harold Pinter en Inglaterra, que los individuos -parafraseando a Ionesco- comenzaban a separarse de sus raíces religiosas y metafísicas y adquirían una existencia que los tornaba absurdos, los llevaba a campos en los que la incomunicación y el desamor parecían inevitables.
La sinrazón de los actos cotidianos era una constante. Con desprecio algunos, con desesperación otros, los espectadores no tuvieron más que aceptar este discurso que planteaba el teatro y que, sin duda, resultaba tan feroz como la misma cancioncita que se cantaba en "...Virginia Woolf" ("quién le teme al lobo feroz... lobo feroz... lobo feroz...").
Al cabo de estas décadas esa ferocidad se ha transformado en moneda corriente. Nadie se acuerda ya del absurdo y todos aquellos temas que lo definían parecen haber estallado, tanto que van y vienen en los textos dramáticos (en la vida están definitivamente instalados) y el público llora o se ríe con ellos, muchas veces sin terminar de darse cuenta de lo que ese acto produce en su conciencia. Como si las zonas sensibles estuvieran tan saturadas que no hay capacidad para recibir más impactos.
Después de aquella pieza, Albee trabajó más directamente sobre las conductas y en obras tan destacadas como "Delicado equilibrio" o "Tres mujeres altas" (vistas en Buenos Aires en las dos últimas décadas) dejó en claro que para hacerlo necesitaba cruzar los tiempos históricos. Volver al ayer una y otra vez define quién se es hoy y para transmitir eso la palabra es un vehículo ideal, pero también maldito.
Una vez más lo feroz ocupa su lugar. Decir que con una palabra se puede acariciar y dañar, no es novedad. Edward Albee lo viene haciendo desde hace tiempo, pero en "El juego del bebé" mata, con desparpajo, a traición. Destruye, con calma, y sin violencia (es extrañísimo). En dos actos, cuatro personajes -dos mayores y dos jóvenes- cuyas historias personales y sus relaciones son difusas (y, en verdad, poco importa que lo sean), están sobre un escenario exponiendo dos realidades del mundo contemporáneo. La de los mayores (Mujer y Hombre) es juguetona, nostálgica; hay sapiencia en lo que cuentan.
Los jóvenes por su parte (Chico y Chica) no tienen pasado, ni siquiera una tradición los contiene. A tientas crecen y la experiencia del presente los hace fuertes, pero sólo un poco, y eso los vuelve terriblemente vulnerables. Entre tanto las palabras se cruzan, los deseos se contienen una y otra vez. Se dice mucho, nada se actúa en el nivel de las relaciones personales. Como si el mundo se hubiera detenido y el hombre, en ese ámbito en el que se desarrolla, y que no tiene ningún valor, ni siquiera pudiera generar un hijo. ¿Para qué?
Espectáculo inquietante
Roberto Villanueva y sus actores han construido un espectáculo verdaderamente inquietante. Un fuerte desapasionamiento representa el mundo de los más grandes, Norma Aleandro y Jorge Marrale. Y una fuerza que no termina de desarrollarse establece que los chicos, Verónica Pelaccini y Claudio Tolcachir, resulten dos seres sin marcas, que intentan dejarse dominar por una pasión que es inventada.
El director potencia al máximo el juego que propone el autor, aprovecha a fondo el histrionismo de cada uno de sus intérpretes y cierra un trabajo ingenioso y sumamente vital.
Aleandro y Marrale se dejan guiar y explotan su oficio al máximo. Por momentos asoman recursos de una elocuencia conmovedora. Dominan a fondo la tensión del espectáculo. Entran, salen, se cruza, relatan, son duros, agresivos, graciosos, tiernos y odiosos. Y todo eso en una sesión, casi ritual, cargada de expectativa.
Pelaccini y Tolcachir demuestran una muy buena adaptación a ese entramado estructural complejo que arma el autor y que es guiado por el Hombre y la Mujer. Ambos resultan dos referentes perfectos de esa generación que muestran, tan enteros por fuera pero devastados por dentro.
"El juego del bebé" es una de las experiencias más intensas que ofrece la cartelera teatral actual. Verdaderamente es gratificante tomar contacto con este texto y estos actores. Porque logran mostrar un tiempo feroz e implacable, que allí dentro es ficción, pero que a la salida es demoledor.




