
La madurez que siente nostalgia de la adolescencia
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"El adolescente". Dramaturgia y dirección: Federico León. Actores: Miguel Olivera, Ignacio Rogers, Germán De Silva, Julián Tello y Emanuel Torres. Trabajo físico: Mayra Bonard. Música: Carmen Baliero. Iluminación: Alejandro Le Roux. Vestuario: Gabriela A. Fernández. Escenografía y objetos: Ariel Vaccaro. Asistentes: Libertad Alzugaray, Tatiana Saphir y Marianella Portillo. En el Teatro San Martín.
Nuestra opinión: muy bueno
Las creaciones de Federico León ("Cachetazo de campo", "Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack") tienen, entre otras, una característica singular: el artista trabaja a partir de las imágenes de ciertas personas y sus respectivas conductas. Parecería que el autor y director tiene un especial interés por recortar de la vida a seres particulares a los que carga además con sus fantasías personales, como si su mirada no sólo viera, sino que además pudiera comprender, contener y aislar. Así, de pronto, en un instante, ese ser pasó a ser suyo.
Tres historias
En su nueva experiencia toma a un adolescente, lo multiplica por tres y lo cruza con dos adultos que por momentos parecerían interesados en recuperar ese estado vital, aunque por otros no se puede menos que reconocer que esos chicos se continuarán en los otros dos hombres. Con el paso del tiempo, sus cuerpos adoptarán otras formas, sus juegos tendrán otras cualidades, sus formas de hablar, sus intereses, no serán los mismos. Terminarán transformándose en hombres que envidiarán la frescura de los jóvenes, las pasiones exaltadas, sus capacidades de fantasía y hasta esos mundos íntimos donde todo es aceptable, hasta la soledad.
El espectáculo no cuenta una historia, sólo expone a seres que pueden alimentar muchísimas historias, las que el espectador quiera.
"El adolescente" es un espectáculo en el que podría decirse que no pasa nada, pero a la vez, por momentos, está lleno de violencia, agresiones, enfrentamientos, juegos intensos; en otros, es sumamente plácido, tierno y hasta entrañable. Y aquí propone un desafío al público: ¿qué hacer con todo eso que se recibe? Alguien podrá levantarse e irse porque necesita de las formalidades de un teatro tal vez más acotado. Pero quien decide quedarse no tiene opciones, debe ubicar todos esos acontecimientos que suceden en la escena en su propia vida personal y terminará movilizado, porque ese que está ahí fue uno mismo o lo es hoy, porque ese que está ahí es el hijo, el nieto, el amigo, el vecino. Es alguien muy pequeño, quizá, pero al que necesitamos conocer porque en cualquier momento comenzará a construir su historia en el país.
En este trabajo, Federico León propone una dramaturgia de movimientos y acciones que van encadenándose y donde la palabra aparece por pura necesidad. Algunos textos pertenecen a Fedor Dostoievski ("Los hermanos Karamasov", "El adolescente", "El idiota", "Humillados y ofendidos", "El eterno marido" y "El doble") y otros expresan una fuerte cotidianidad. Pero quizá todas esas palabras no influyan demasiado. Lo que quedará en el recuerdo del público son imágenes, pequeños momentos, algunas expresiones, una música, "cosas" puramente sensibles.
Bien podría vincularse esta propuesta con algunas expresiones del teatro no ficcional y no estaría mal, porque en el centro de la escena hay tres historias de vida casi reales, elocuentes, muy significativas. Sólo hay que mirarlas, sentirlas cuando ellas lo permitan y dejarse estar -como un adolescente-, con todos los sentidos abiertos. Algo más de ese mundo vamos a comprender o quizás envidiar.
Actoralmente el espectáculo expone mucha intensidad y cada uno de los intérpretes, a su manera, tiene a su cargo un mundo privado por desarrollar que se proyecta sobre la platea con mucha fuerza. Es muy atractivo el trabajo físico que ha marcado la coreógrafa Mayra Bonard, y resulta muy inquietante también la iluminación de Alejandro Le Roux.



